Comentarios acerca de las meditaciones kafkianas, primera parte

La obra póstuma de Franz Kafka, «Consideraciones acerca del pecado, el dolor, la esperanza y el camino verdadero», es una colección de 107 pensamientos, en las que el escritor reflexionó acerca de varias de las cuestiones más inquietantes para el ser humano, tales como: El bien, el mal, el sentido de la vida, la soledad, la compañía, la virtud, el vicio, la verdad y la mentira. Todo con la perspicacia y entendimiento propio de su genio.

Los 107 pensamientos tienen diversas connotaciones, son de carácter: Literario, filosófico, teológico, social y por supuesto, psicológico (entre otros). Si bien no son ningún dogma, ni aforismos irrefutables, pueden ser de gran provecho para quien los lea con prudencia y mirada crítica.

Me ocuparé de comentar 34 de estos pensamientos, los que considero más cercanos a la Psicología; agregaré su numeración original entre paréntesis y los dividiré en tres entregas debido a su extensión. Sin más que agregar, aquí están los primeros 12:

El camino verdadero va sobre una cuerda que no está tensada en la altura, sino muy cerca del suelo. Seguro que parece hacer tropezar más que ser andada (1):

  • En efecto, hablando en sentido figurado, el camino verdadero no puede estar en las alturas, siguiendo esa figura, vivir la vida sería una hazaña que sólo unos cuantos podrían lograr exitosamente, es por eso que Kafka propone la figura de que el camino está en una cuerda muy cerca del suelo; así el hombre, en medida de lo posible, podría vivir tranquilo. Pero irónicamente, de todos modos nos las arreglamos para complicar las cosas y terminamos tropezando con la cuerda en la que se supone debemos caminar. Afortunadamente siempre podemos levantarnos y subir nuevamente.

A partir de cierto punto ya no hay ningún retorno. Este punto ha de corregirse (5):

  • ¿Dónde está ese cierto punto? ¿Dentro de uno mismo, en el camino o en una intersección de ambos? Ciertamente ese punto es todo momento en la vida en donde uno cree que ya no puede cambiar. Kafka, consciente de la problemática, nos pide solucionar esos casos, y no ser derrotista ni indiferentes.
Hay que distinguir la naturaleza de las luchas

Uno de los métodos más eficaces de seducción del mal es la invitación a la lucha (7):

  • La lucha puede usarse para cosas buenas y malas, pero justamente por esa apertura a ambas opciones, y por la posibilidad de que la lucha se torne violenta y destructiva, es que puede ser un método tan seductor para caer en el mal obrar.

Es ésta como la lucha con las mujeres, que siempre termina en la cama (8):

  • Si bien el «siempre» es una sobregeneralización y el pensamiento es un tanto machista por adjudicarle esa característica, exclusivamente a la lucha con la mujer. Lo rescatable es que Kafka nos hace ver que, dar rienda suelta a los apetitos carnales para «resolver» las cosas, puede traer consecuencias muy negativas, de forma similar a como lo hace la lucha violenta y destructiva. Para constatarlo podría mencionar una obra maestra, que refleja con mucha certeza, los altos y bajos del ser humano. Hablo de “Los tres mosqueteros” de Alexandre Dumas, basta con revisar las páginas donde D’Artagnan busca redimirse y darle solución a los terribles problemas que consiguió por no controlar sus deseos libidinosos.

“A.” está muy henchido, cree haber avanzado mucho en el Bien, pues se encuentra, aparentemente, como un objeto siempre atrayente, expuesto a cada vez más tentaciones que proceden de direcciones hasta ahora desconocidas para él (9):

  • Es común ver que, mientras más recto sea el obrar, paradójicamente, más ocasiones de obrar el mal se presentan, porque la mente comienza a discernir con más lucidez las circunstancias y reconoce que las cosas que parecían no tener nada de malo, en verdad podrían tenerlo. En el ejemplo de Kafka vemos solo la apariencia de lo dicho anteriormente, no es un crecimiento en el Bien real, y cuando esto no es real, puede ocurrir un «pero» muy grave, que veremos inmediatamente en el siguiente pensamiento.

Pero la explicación correcta es que un gran demonio ha tomado sitio en él y que el sinnúmero de pequeños acude para servir al grande (10):

  • Esto obviamente es en sentido figurado, no se habla de una posesión paranormal. Ese «demonio grande» sería la soberbia, que atrae a toda clase de vicios. La soberbia enceguece, y la persona puede llegar a creer que hace bien cuando hace el mal.

Si fueras por una llanura, tuvieras el buen deseo de avanzar, pero sin embargo retrocedieras, sería entonces una cosa desesperada; pero como trepas una pronunciada pendiente, más o menos tan pronunciada como tú mismo, eres visto desde abajo; el retroceso sólo puede ser producido por la naturaleza del suelo, y no tienes que desesperarte (14):

  • Que terrible sería retroceder cuando quieres avanzar. Pero a veces hay problemas que solo son de nuestro mismo porte, y en el mejor de los casos tenemos todo a nuestro favor para superarlos, y si se falla, no es por una incapacidad propia, sino por razones ajenas, del exterior. No perdamos la calma y corrijamos los yerros, al igual que en el pensamiento número 5.

Como un camino en otoño; apenas ha sido barrido, vuelve a cubrirse con hojas secas (15):

  • A veces los problemas son seguidos de más problemas. Mientras se resuelven, mientras se sobrellevan, hay que recordar que es inevitable que se vayan; que el otoño también tiene bondades; y que aguardan el invierno, la primavera y el verano, cada uno con sus propios gozos y pruebas.

Una jaula fue a buscar un pájaro (16):

  • Si la prisión no tiene prisioneros, no es nada. El prisionero fuera de ella ya no es más prisionero, es libre. En el mundo, a veces tan contradictorio, en que vivimos parece que el mal busca quienes lo cometan, lo cual no es cierto por supuesto (eso sería librar de culpa al que obra mal). Pero cuando vemos como el mal se propaga tan rápido y aparenta tener control sobre el hombre, Kafka tiene un pensamiento al respecto (el número 32, el cual comentaré en la segunda parte) .

Leopardos irrumpen en el templo y se beben y vacían los jarros de los sacrificios, esto se repite siempre; finalmente, se puede prever y se convertirá en una parte de la ceremonia (20):

  • Imagen terrible, pero que simboliza con certeza hasta dónde puede llegar la capacidad del ser humano de acostumbrarse a todo, incluso al vicio y a la destrucción, y peor aún, a “normalizarlos”.

Del auténtico enemigo va un valor ilimitado hacia ti (23)

  • Ante adversidades realmente grandes, es cuando el valor del ser humano puede emerger en cantidades impresionantes. Pero no basta con valor, hay que saber manejarlo. Mucha valentía sin un plan de acción, puede ser derrotada de todas maneras. Kafka dice que el valor surge a causa “del auténtico enemigo”, de acuerdo pero ¿Qué vendrá de nosotros mismos? Sabiduría, calma, paciencia, mesura, y toda buena virtud que, junto con la valentía, nos ayudarán a librar una buena batalla.

Comprender la suerte, que el suelo sobre el que estás no puede ser más grande que lo que lo que lo cubren los dos pies (24):

  • Pero no todo es una batalla impresionante y gloriosa. No hay que temerle a la pequeñez que podemos tener en algunas situaciones de la vida; reconocer que no podemos abarcarlo todo por nuestra propia cuenta, nos pone en la situación legítima de recurrir a los demás, recibir su ayuda y dar la nuestra; entablar relaciones valiosas y crecer mutuamente como personas,  es toda una suerte, es toda una bendición para el ser humano. Así, muchos pies abarcarán todo ese espacio que no podemos cubrir con las plantas de nuestros pies.

Es todo por ahora ¡No se pierdan la segunda parte!

Referencia

  • Kafka, F. (2012). Obras Selectas: Franz Kafka. Madrid: Edimat.

El Yo y la conciencia de ser uno mismo

La cuestión del autoconocimiento es una carrera larguísima y sumamente exigente. Entender al ser humano como especie, y entendernos a nosotros mismos como individuos diferenciados, es una misión que nunca se ha dejado de lado, por supuesto que unas personas le dan más tiempo a ella que otras. Pero la inquietud es universal, está en todos nosotros y por más que se encuentre relegada u opacada por otros intereses (o preocupaciones); sabe hacerse presente durante nuestra vida y hay que estar preparados para esos momentos.

En este artículo abordaremos el pensamiento del filósofo y sociólogo Karl Popper y el psicólogo Wolfgang Kohler, que tuvieron ideas con una lucidez avasalladora que nos pueden ayudar en la empresa de conocernos a nosotros mismos.

Karl Popper
Wolfgang Kohler

Será obvio decirlo, pero es necesario hacerlo, el Yo existe (más adelante tocaremos esta afirmación). Todos tenemos un Yo, que nos da individualidad y tú eres quien mejor debería conocerlo. De igual manera, tu Yo debería ser el mejor conocedor de tus virtudes, sentimientos, temores, esperanzas, tristezas y alegrías.

La propiedad

Así como el Yo, hay muchas cosas que le son propias al ser humano, como su cuerpo y su mente que son parte definitoria de quién es. Pero también hay cosas como la personalidad y el carácter (que son igual de importantes en la definición de nuestro ser), que se presentan de forma bastante igual en muchísimas otras personas en todas partes del mundo (Popper, 2013, pp. 294, 295). Esto no significa que deje de ser algo propio, más bien es algo compartido que demuestra que nuestra individualidad no nos aísla o no tendría por qué aislarnos.

¿Cómo ser Yo?

Aprender, conocer, observar a tu alrededor nos ayuda mucho para saber de nosotros mismos, pero con ello no basta. Es la acción junto con el pensamiento lo que perfecciona este proceso (Popper, 2013, p. 295).

“La reproduction interdite” de Rene Magritte, el cuadro puede simbolizar como lo exterior puede reflejarse (reproducirse) sin mayor inconveniente, véase la caja en el cuadro, pero a la hora de ver el reflejo (el conocimiento) del hombre, es algo que a veces queda limitado o mal asimilado

La acción se basa en la interpretación de lo observado y Popper sugiere que esa interpretación dependerá de la formación intelectual que uno tenga (2013, p. 296) y razón no le falta, la inteligencia elevada ayuda mucho a entender las cosas. Pero la sabiduría, que no está necesariamente ligada a la inteligencia desarrollada académicamente; esa sabiduría que podemos encontrar tanto en almas cultas como en las almas más modestas, sin duda alguna contribuye con un aporte valioso e imprescindible.

La conciencia

Desde la más tierna infancia, el ser humano tiene el interés y una especie de comprensión del otro (Popper, 2013, p. 296). Dadas las circunstancias adecuadas la persona tomará conciencia de sí misma y de los otros. Y es interesante ver que iniciamos con los otros; un bebé empieza a conocer a sus padres (o apoderados) antes que a sí mismo.

El rostro juega un papel fundamental en ello: la mirada, la sonrisa y demás expresiones faciales, entran e influyen en el bebé y durante el resto de vida. Sólo es cuestión de ponerse a pensar en cuántos rostros han despertado en nosotros las más diversas sensaciones, e impresiones. El rostro (y los ojos en particular, diría yo) invita a entrar por la puerta del interior de las personas.

Volviendo al bebé, es curiosa la reacción que tienen cuando se ven por primera vez en el espejo. ¿Acaso verán el reflejo como si fuese alguien más?, de todos modos y sin duda alguna, con el tiempo sabrán que el reflejo es suyo. No digo más, para que ustedes mismos saquen sus conclusiones a partir de este ejemplo:

Ciertamente, verse en el espejo (o en un reflejo) es un ejercicio que vamos a repetir infinidad de veces y en bastantes de ellas, seguiremos sorprendiendonos de lo que veremos. Y no hablo solo de la apariencia, me atrevo a decir que en más de una ocasión hemos podido ver nuestro Yo, aún más, nuestra propia alma en el reflejo, y los resultados seguro que fueron de lo más variados, ¿Cuántas veces habremos salido alegres o tristes, satisfechos o frustrados, serenos o preocupados? La ocurrencia de esas impresiones depende de nosotros mismos y de nuestras acciones.

“Filósofo frente al espejo” de José de Ribera. Otro cuadro que representa el eterno deseo del conocimiento de uno mismo. En esta ocasión el conocimiento llega de forma correcta, y el pensador logra saber quién es.

Yo y el espacio-tiempo

Popper nos comenta que el filósofo Inmanuel Kant afirmaba la existencia del “Yo puro”, libre de la “contaminación” de la experiencia, y que el también filósofo, David Hume sostenía que el Yo no existe, que solo existían experiencias que en conjunto podían ser algo parecido a un Yo. Popper no estaba satisfecho con estas posturas y por su cuenta, dijo que el Yo es la combinación de lo innato con lo aprendido (2013, p. 298).

La historia de la humanidad y nuestra historia personal, está dentro del tiempo. El lenguaje es un facilitador a la hora de aprender y transmitir las ideas y creencias que le van dando forma a nuestro Yo. Pero el Yo, en el tiempo, está presente antes del lenguaje e incluso antes de enterarnos que somos y tenemos un Yo.

¿Dónde estoy? Es la pregunta que suele surgir cuando alguien se recupera de un ataque o desmayo. Esta pregunta no se debe subestimar, tiene un valor muy importante para la existencia. No podemos andar con coherencia sin saber dónde estamos, es propio de nuestras identidad. Esta pregunta se debe responder teniendo en cuenta el lugar donde estamos parados, los tiempos que vivimos y una correcta interpretación de ambos.

Observar nuestro pasado es útil para conocernos o por lo menos para conocer quiénes fuimos. Apuntar al futuro motiva nuestros objetivos, nuestras esperanzas y ayuda a vivir nuestro presente. Hay que estar en constante relación con nuestro pasado y futuro.

A la hora de actuar

A todo esto, hay un inconveniente muy a tener en cuenta, muchas de nuestras conductas suceden sin que participe la conciencia.

Si hablamos de nuestras actividades rutinarias, las más simples y básicas, pues el asunto no es tan grave. Pero cuando no pensamos en los momentos en los que se debe pensar; en los momentos en que debemos estar plenamente conscientes de nosotros y de nuestros actos, es cuando las cosas pueden complicarse.

El ideal sería ser plenamente consciente, estar en permanente atención, en todo momento, para así conseguir el dominio casi total de sí mismo, pero está tarea es sumamente difícil de cumplir. Y ciertamente ha sido lograda por sólo un grupo selecto de personas: los Santos místicos del cristianismo, los monjes budistas del Tíbet o los grandes maestros de las artes marciales, entre otros, son ejemplos notables.

Aunque no podamos alcanzar el nivel tan alto de estos hombres excepcionales (que dicho sea de paso, dedican casi toda la vida a ello) no significa que nosotros no podamos conseguir un gran control y conciencia de nosotros mismos, junto con una buena capacidad de atención. El potencial está en todo ser humano, hay que desatar ese potencial.

En sentido práctico y como fenómenos, la atención es muy similar a la conciencia (Popper, 2013, p. 302). Entonces, mientras más atentos estemos, más conscientes de las cosas y de nosotros mismos, seremos. El asunto es estar atento y pensar, para abstraer la información de nuestro alrededor y tener con qué actuar.

“Acaso estemos inconscientes del tictac de un reloj, pero oímos cuando ese tictac se ha detenido” dice Popper. Él también nos invita a estar conscientes del tictac de nuestros pensamientos, de nuestros actos, y no sólo cuando se detienen (2013, p. 300).

Insight

El insight es un acto mental repentino, relacionado con lo aprendido y el razonamiento que ocurre cuando solucionamos un problema determinado (Giardini et al. 2017, p. 96).

Wolfgang Kohler (quien propuso el término insight, que significa “mirar dentro”) sostuvo que a la hora de aprender, no sólo actuamos con lo aprendido y captado por nuestros sentidos, sensaciones y emociones, sino también con las imágenes y reflexiones que hacemos en nuestra mente, al percibir, sentir, etc. Miramos dentro de nosotros mismos para actuar tanto dentro como fuera de nosotros mismos.

En un mundo, que está en constante cambio, que es impredecible y está lleno de disparidades, el insight reorganiza las situaciones para darles armonía y equilibrio. Todos tenemos la capacidad de desarrollar nuestro insight, pues nosotros podemos (y debemos) ver las situaciones que vivimos en su totalidad, analizar y tener en cuenta todos los factores que estén involucrados.

Tenemos la facultad de encontrar conexiones donde aparentemente no las hay y llenar esos espacios que a primera vista no se pueden llenar. Pero esto requiere un crecimiento paulatino, hay que cultivar nuestra inteligencia y razonamiento, hay que pedir ayuda a los demás, hay que crecer espiritualmente y ser sabios en nuestro proceder.

Los actos de insight que hagamos no siempre serán una gran demostración de genialidad o innovación, e incluso está presente la posibilidad de fallar y no concretarlos debido a pensamientos que, más que facilitar su afloramiento, los obstruyan. A pensar de ello, el ser capaz de resolver un problema de nuestra vida cotidiana tiene un valor que no se debe menospreciar. El objetivo es saber enfrentar las contingencias, para ayudarte a ti mismo y a los demás.

La próxima vez que resuelvas un imprevisto de manera que ni tú mismo te hayas podido explicar cómo ocurrió, es muy probable que haya sido tu insight.

Todo lo dicho, no resuelve misterio alguno, no descifra ningún código oculto al entendimiento humano. Pero son ideas que, desde sus respectivas disciplinas, ayudan a que el Yo, la individualidad y la conciencia plena, no sean vistas de forma vaga y que su misterio se vaya entendiendo cada vez, un poco más.

Referencias

Giardini, A., Baiardini, I., Cacciola, B., Maffoni, M., Ranzini, L., Sicuro, F. (2017). Comprende la Psicología. Wolfgang Kohler: La formulación del insight. Barcelona: Editorial Salvat, S. L.

Miller, D. (comp.) (2013). Popper: escritos selectos. México DF: Fondo de Cultura Económica.

Apreciaciones sobre la vida, la felicidad y la alegría

El mundo es demasiado grande como para que los hombres puedan entenderlo. En especial cuando pareciera que el hombre, al tratar de entender, no sólo al mundo sino también a la vida misma, hace un esfuerzo “débil e inseguro”.

Pero no hay que ser indiferente ante tal situación.

Dos perspectivas

Gustavo Flaubert, aparentemente cayó en una apatía impresionante. El confesó en sus cartas que hace mucho tiempo había dejado de creer en la vida, en la belleza y en si mismo. Y que si seguía cultivando su arte solo lo hacía por diversión (1989, p. 23).

La carta en la que Flaubert hizo aquella confesión, fue dirigida a la poeta francesa Louise Colet.

¿Cómo alguien de su categoría llegó a esa conclusión, incluso cuando sólo se refería a si mismo? Hay que notar que el texto habla de su propia renuncia, no lo universaliza. Con una interpretación literal está claro entender que la soberbia, la indiferencia colosal se apoderó de él. Pero eso no fue suficiente para “dejarlo inmóvil”, pues Flaubert aún dedicaba su tiempo para el arte, tan vital para la humanidad como para él mismo (así solo fuese “por diversión”). Aun sin poder leer su corazón, no creo que eso sea un abandono total de parte suya.

Franz Kafka, tuvo una salud muy frágil durante toda su vida, a eso agreguemos su depresión y melancolía; la mala relación con su padre y una triste suerte con las mujeres. Podemos suponer que tenía todo para mandar al cuerno al mundo y a la vida, sin embargo no fue así. Es verdad que sí llegó a detestar su obra literaria, e incluso quiso que su mejor amigo la queme para que nunca fuese publicada (afortunadamente este último no le hizo caso) pero eso es otro asunto. El hombre siguió creyendo en el amor, a pesar de estar postrado en cama debido a una tuberculosis gravísima. Ya prácticamente desahuciado, Kafka aún tenía la esperanza de seguir viviendo aunque sea un poco más y casarse con la última mujer que llegó a amar.

Dora Diamant, la mujer que amó y acompañó a Kafka en sus últimos años de vida.

Al final el matrimonio fue negado por el padre de su amada y Franz murió por causa de la tuberculosis, poco después (2012, p. 26) No obstante, la enfermedad sólo se llevó su cuerpo, el que no haya visto cumplidos sus últimos deseos no fue motivo para que maldijera a la vida. El ejemplo que nos da Kafka no es el de conseguir los objetivos anhelados sino de buscarlos hasta el último aliento (incluso literalmente, como en su caso).

No busco hacer una comparación entre estos dos genios, y mucho menos un juicio de valor. Solo diré que los dos se aferraron a la vida con lo que sabían/creían y de la manera en que pudieron.

Sentido

El conocido psiquiatra Viktor Frankl sostuvo que el sentido de la vida es lo que te da esperanzas y motivación para seguir adelante y según sus postulados podrían ser varios motivos: Un trabajo de investigación, una vocación, un familiar, una pareja o Dios mismo.

¿Pero qué ocurre cuando tu fuente de esperanza tiene la debilidad de ser arrancada y deshecha sin la posibilidad de hacer nada al respecto? Pues Frankl tiene una respuesta, cuando uno se vea en esa situación o peor aún, cuando no tenga absolutamente nada, (casi paradójica mente) aún se posee algo, nuestra libertad individual, de la cual podemos hacer uso para buscar nuevas esperanzas dentro de lo posible y también dentro de lo ideal.

En el propio caso de Frankl, durante los inicios de su periodo como prisionero de los nazis, en los campos de concentración, llegó a estar desnudo y completamente rasurado; él ya no  era dueño, ni siquiera de un par de lentes, ni siquiera de un pelo en todo su cuerpo (1991, p. 24). Si vemos la efectividad de la propuesta de Frankl en su propia situación así de extrema, en circunstancias menos terribles como aquella, es muy probable que también pueda funcionar.

Con nuestra más íntima libertad siempre se puede elegir. Elegir amar, perdonar, saber estar solos, apreciar la compañía y mil cosas más dirigidas al bien. Para uno mismo, es cuestión de examinar nuestra situación personal (tarea no tan fácil), para hacer algo al respecto ya de manera más especifica.

Volviendo con Frankl, durante su aprisionamiento, puso sus esperanzas en las investigaciones que podría hacer si quedase en libertad; en su esposa (que tristemente ya había muerto cuando él quedó libre) y en Dios (1991, pp. 23, 47, 97). Frankl, el día después de quedar libre, mientras caminaba, de pronto cayó de rodillas y comenzó a rezar numerosas veces: “Desde mi estrecha prisión llamé a mi Señor y él me contestó desde el espacio en libertad” (Frankl, 1991, p. 94). Por otro lado, al enterarse de la muerte de su esposa, transformó aquella esperanza depositada en ella. Si bien ya no podía tenerla a su lado, eso no significaba que tuviera que dejar de amarla.

Vida y libertad.
Viktor Frankl, detrás suyo, un cerco de alambre como los que rodeaban a los campos de concentración.

A todo esto, ni Frankl, ni su teoría juzgan cuáles son los motivos esperanzadores que podría tener otro individuo. En apariencia, esto podría ser facilismo de parte suya ya que, siendo Dios su fuente de esperanza más grande, tendría lógica esperar que Frankl se hubiera comprometido a convertir a la fe, a toda persona que siguiese su método terapéutico, pero no fue así. Y no por ello vamos a desmerecer su postulado de siempre buscar algo de que aferrarse para seguir perseverando en el recto obrar.

A mi parecer, lo último demuestra que Frankl tenía una gran comprensión (y compasión) por las demás personas y  sus propias luchas internas. De ninguna manera pienso que el Señor en quien creía (por su fe judía) haya pasado por alto aquella cualidad tan valiosa del doctor.

Recordemos que la propuesta de Frankl es científica y tiene resultados comprobados. Pero justamente por ser de la ciencia, no es perfecta ni infalible; y está sujeta al cuestionamiento y la crítica. De ahí el hecho de que me haya permitido hacer una apreciación, sin temor de quedar como un necio o imprudente.

La alegría de vivir

Marco Aurelio Denegri en un artículo suyo, llamado «La pomada de la invisibilidad y la alegría de vivir», nos dice que la ciencia no es el único camino para explicar las cosas que encontramos en el mundo:

“De hecho, hay muchas cosas que la ciencia no ha explicado y que posiblemente nunca explique: La poesía, la religión, la creación artística, la vida misma” (2017, p. 142).

«El falso espejo» de René Magritte. Pintura usada para la portada de «Mixtifori» de Denegri, debido a que representa la temática abordada en el libro. El ojo ve, pero percibe según la profundidad del alma.

Sí no se puede explicar la vida científicamente (agregaría, en su plenitud), entonces el asunto es similar con la alegría y la felicidad. No desconozco ni niego los estudios desde las diversas disciplinas que buscan entenderlas, hay que perseverar en ello. Pero de haberlas comprendido definitivamente, ciertamente ya nos hubiéramos enterado y las investigaciones en pro de ello quizás ya hubieran cesado.

Luego de todo lo expuesto, lo que sí puedo compartirles ahora (y con bastante seguridad, pues me apoyo de la voz y ejemplo de hombres que fueron capaces de entender la realidad en un nivel superior), es que la alegría no es la felicidad, y tampoco es la esperanza más sólida para vivir la vida. Debemos buscar motivos más fuertes, que puedan ser nuestra roca y cimientos.

La alegría, ante un episodio trágico se puede apagar o mostrarse muy frágil, pero ello no es razón suficiente para renunciar a ella. Por supuesto que la alegría nos puede ayudar mucho en nuestro paso por este mundo, y para lograr ese propósito, debe ser una firme y constante, no explosiva, ni payasa, ni accesoria.

Denegri, al ver el ejemplo de vida de una familiar suya, que abrazó con sinceridad y madurez a la alegría de vivir; lo concientizó y plasmó de una manera sencillamente conmovedora:

“haz logrado convencerme de que, efectivamente, de vez en cuando, este mundo trueca sus lágrimas por risas y contento” (2017, p. 145).

Referencias

  • Denegri, M. A. (2017). Mixtifori. Lima: Fondo editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega.
  • Flaubert, G. (1989). Cartas a Louise Colet. Madrid: Editorial Siruela.
  • Frankl, V. (1991). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Editorial Herder.
  • Kafka, F. (2012). Obras Selectas: Franz Kafka. Madrid: Edimat.

Kohlberg y el Bushido: Enseñanzas morales del psicólogo y del código ético samurái

Moral y ética

Para empezar, establezcamos lo siguiente. Etimológicamente, moral viene del latín moralis, de mos moris (costumbre), que fue un calco hecho por Cicerón, del griego ethos que significa ética. Por lo tanto, desde esa perspectiva, es válido usarlos como términos equivalentes.

Psicología y moral

La psicología propone diversas aproximaciones al juicio y la conducta moral. Existen estudios acerca de los factores socioculturales involucrados y otros centrados principalmente en el hombre cuyo crecimiento moral va de la mano (en mayor o menor medida) con el paso de los años.

Kohlberg y la teoría del desarrollo moral

Lawrence Kohlberg

Fue el psicólogo Lawrence Kohlberg, quien se encargó de crear una teoría que va más allá de aquellos estudios enfocados y de las perspectivas de corrientes como  psicoanálisis o el conductismo. Y no solamente abarcando el ámbito académico, ya que su teoría está fundamentada por la teoría así como los propios dilemas morales que vivenció.

Kohlberg, cuando muchacho, fue problemático, le gustaba «romper las reglas». Fumar, beber y cortejar a muchas señoritas siendo menor de edad, era algo que hacía recurrentemente. Al crecer y madurar, dejó esa actitud pero aún se encontraría transgrediendo la ley. La ley británica en particular, pues luego de participar en la Segunda guerra mundial por el bando de Estados Unidos, se encontraba transportando ilegalmente a judíos sobrevivientes de campos de concentración, hacia Palestina. (Giardini et al.,2017, pp. 37,39). Es evidente la abismal diferencia de las motivaciones de Kohlberg en ambos casos. Así vivió más dilemas morales a lo largo de su vida, entorno a injusticias dadas debido a las mismas leyes establecidas. Es por ello que se preguntó si existía una moral que va más allá de lo jurídico, de lo sociocultural, de lo subjetivo y lo emocional. La respuesta parecía requerir una guía intelectual.

Sí bien Kohlberg recogió posturas del psicoanálisis, del conductismo y del cognitivismo. Construyó su teoría teniendo como piedra angular a la filosofía clásica occidental, a Sócrates y Platón en particular (Giardini, 2017, p. 55).

Platón, basado en el aspecto de Leonardo da Vinci. Detalle de «La escuela de Atenas» por Rafael Sanzio

Kohlberg (según Giardini, 2017, p. 56) nos menciona que los filósofos, entre sus conceptos fundamentales, están:

– La virtud es única y tiene una forma ideal, que se mantiene independientemente del contexto sociocultural.
– La forma ideal de la virtud está forjada por la justicia.
– El bien es uno solo, y la virtud constituye el conocimiento del bien.

La teoría del desarrollo moral propone siete momentos clave y tres niveles, en donde el hombre va dando forma y perfecciona su moralidad. Este es un proceso fascinante que merece su propio artículo en una próxima ocasión. Por el momento iremos directamente al hombre que ha llegado al tercer nivel, este es el «hombre de principios», que posee el juicio y razonamiento moral más elevado.

Kohlberg (según Giardini, 2017, p. 80) afirma que, el hombre de principios tiene la facultad de ejercer su derecho individual; se desenvuelve en sociedad, siempre observando los contratos sociales y su entorno cultural, con mirada crítica. A su vez reconoce los principios éticos universales: El derecho a la vida, a la dignidad y a la libertad, lo cuales se deben respetar siempre, prescindiendo de la situación o la opinión de la mayoría.

El Bushido, código del samurái

Kanji para Bushido

Bu-shi-do, literalmente significa Militar-caballero-camino. Entonces, es el camino; los preceptos del noble guerrero.

Este código de principios morales debía ser aprendido y observado por todo samurái. No es un código escrito, tampoco un dogma, son unas pocas máximas que se transmitían oralmente y tenían un desarrollo netamente práctico (Nitobe, 2017, p. 24).

El Bushido bebe del budismo zen, y del sintoísmo. Cree en la bondad innata del ser humano y su conexión con lo Absoluto que se eleva más allá de las cosas humanas (Nitobe, 2017, p. 32).

El Bushido era acción, el hombre culto y el artista, no podían quedarse dentro de cuatro paredes, de ser así «sus conocimientos comenzarían a desprender un olor fétido» sin que pudiesen servir para nada (Nitobe, 2017, p. 37).

Y sí bien se incentivaba la sabiduría y el arte (en especial la poesía) en el guerrero. También llegaba a sostener que el hombre recto -cualidad sumamente difícil de conseguir- podia prescindir de cualquier otra cualidad (Nitobe, 2017, p. 44).

Se inculcaba la tranquilidad del espíritu, clara influencia del budismo zen, el samurái debía ser, inmutable en su interior, su espíritu no podía perturbarse por alegrías, penas, dolores, sorpresas, por nada en lo absoluto (Nitobe, 2017, p. 54).

Eso no significa que el samurái fuese una piedra, pues el buen humor, la cortesía, la piedad y la benevolencia eran recursos a los que siempre debía recurrir en lo posible. Tanto en su vida cotidiana, en sus rituales y en el campo de batalla, ya sea con el pobre, el oprimido y aún con el enemigo.

Un samurái no debía hablar, a menos que estuviese dispuesto a comprometerse totalmente con lo que salga de su boca. Tanto mentir como equivocarse son igualmente viles para el samurái, la veracidad era una facultad sobrenatural. Cabe agregar que la veracidad como valor cuasidivino, no podía dar frutos mundanos. El samurái no ambicionaba la riqueza, solo servir a su señor, a su patria y a su honor.

Nitobe pregunta «¿Qué la recompensa de la virtud no es la virtud misma?» (2017, p. 97).

Inazo Nitobe, figura emblemática de Japón y descendiente de samuráis

La lealtad era entendida, como algo más allá de la individualidad, hablamos de una lealtad con el colectivo, con la nación y la patria.

El samurái defendía su honor ante todo, incluso por encima de su propia vida. Su juez (y a veces, verdugo) era su propia conciencia. Es por ello que, de ver su honor mancillado podían recurrir al seppuku (incorrectamente llamado hara-kiri) (Nitobe, 2017, p. 143). El suicidio samurai es muy conocido en occidente, pero poco se difundió el saber que no era el único camino y que hubo uno más noble, aferrarse a la vida a pesar de toda adversidad.

«Y, sin embargo para un verdadero samurái, apresurar la muerte o buscarla era equivalente a una cobardía» (Nitobe, 2017, p. 154).

Nitobe afirma: «Esta pues, fue la enseñanza del Bushido. Sufrir y hacer frente a todas las calamidades y adversidades con paciencia y con la conciencia pura» (2017, p. 155).

El pensamiento del Bushido, pervive en el Japón, ya no como código, sino como legado cultural e histórico, esto tuvo consecuencias tanto buenas como malas (Nitobe, 2017, p. 205). Podemos tomar de ejemplo, la ambición nacionalista que alimentó su participación en la Segunda guerra mundial o su patriotismo que los inspiró a levantarse de las catástrofes causadas por aquella guerra.

«Escarbad ligeramente en un japonés de las ideas más avanzadas, y encontrareis un samurái» (Nitobe, 2017, p. 221).

Musashi Miyamoto, el samurái más famoso de Japón

Puntos en común y contraste

Mientras Kohlberg considera a la libertad, al respeto y a la vida, como derechos innegociables en cualquier situación, el Bushido disminuía la libertad individual en favor del colectivo: El cuerpo podía ser sometido a su señor feudal, pero la libertad del alma era imposible de anular. La vida según el Bushido estaba en una categoría menor al honor y la reputación por ejemplo, pero eso no significba el desprecio de la misma. Si bien en situaciones específicas se permitía el seppuku; en todo momento se animaba a conservar la vida, decisión más virtuosa. Nitobe (2017, p. 155) nos comparte un poema al respecto:

¡Venid! ¡Llegad sin descanso,
tristezas y dolores crueles!
Amontonaos sobre mis hombros abrumados;
¡Que no me falte ni una sola prueba
de las fuerzas que aún me restan!
-Samurái anónimo

Mientras la moral planteada por Kohlberg, invita a la mirada crítica y recomienda transgredir la ley cuando esta es injusta. El Bushido anima a obedecer a la autoridad y a la patria por encima de todo, aún a sabiendas de las ambigüedades morales por parte de la autoridad.

En occidente, el hombre, en la práctica moral, tropieza muchísimas veces y otras tantas procura enmendarse. El samurái, como ser excepcional que era, no podía permitirse aquello, faltar a su palabra era faltar a su honor (y ya sabemos en que lugar ubicaba al honor). Cabe decir que estar en esa atención permanente de si mismo, de las cosas y de su entorno era sin duda una actividad muy exigente y requería un estado de conciencia elevado.

La moral de Kohlberg es universal, procurando que, en teoría y práctica sea verificable y aplicable en cualquier persona, de manera progresiva. Por ejemplo un niño va desarrollando su moral a medida que crece. Por otro lado el Bushido era un código militar, reservado para una élite que entregaba la vida para el combate y el servicio marcial. Cuando la tecnología avanzó, y a su vez la tecnología bélica, la espada del samurai quedó muy mermada (así como la del caballero) para el combate. De este modo, impedido de actuar en su campo de acción principal, su llama fue debilitándose. No es así con la moral occidental, viable en cualquier área y disciplina de la vida. No obstante el Bushido permanece como legado en el inconsciente colectivo del pueblo japonés.

El Bushido y el samurái ardieron con una llama viva e intensa, tan fuerte que la leña que la alimentaba se consumió rápidamente y ahora sólo queda una pequeña flama, que aún se resiste a apagarse. Si seguimos con la analogía, la llama de la moral occidental es mesurada y constante, no arde violentamente y eso le permite permanecer. Su leña es el dogma y la tradición, ya sea de los clásicos griegos o de las páginas del evangelio. Y por más que parezca que el utilitarismo y el materialismo del mundo moderno, le quite brillo, realmente no es así. Kohlberg hombre académico, la defendía y Nitobe, descendiente de estirpe samurái, la admiraba, y reconoció su fuerza (2017, p. 224). Nosotros también debemos apreciarla, es nuestra herencia y legado. Asimismo, es bueno aprender de la sabiduría de oriente, siempre, con juicio crítico.

Bibliografía

Giardini, A.; Baiardini, I.; Cacciola, B.; Maffoni, M.; Ranzini, L. y Sicuro, F. (2017). Comprende la Psicologí­a. Lawrence Kohlberg: El desarrollo moral. Barcelona: Editorial Salvat, S.L.

Nitobe, I. (2017). Bushido: El código ético del samurái. España: Biblok Book Export, s.l.

Leopoldo Chiappo y William Shakespeare: Sobre bondad y tempestad

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El doctor Leopoldo Chiappo

Leopoldo Chiappo fue un ilustre hombre de ideas, psicólogo peruano, profesor universitario, filósofo, escritor y portador del singular mérito de ser nuestro primer especialista en Dante Alighieri. En esta ocasión quiero compartirles mis reflexiones acerca de los postulados principales sobre su “Psicología de la bondad”, un estudio magnifico acerca del hombre bueno, visto en “La Tempestad” de William Shakespeare. Si en mi artículo anterior sostuve que hay una gran compatibilidad de la Psicología con la Literatura, este es un momento oportuno para darles un ejemplo palmario.

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El cisne de Avon

William Shakespeare fue un dramaturgo talla prócer, no es necesario mayor presentación. En sus obras, se dedicó a mostrar la decadencia humana. En Macbeth, Otelo o Hamlet podemos encontrar claros ejemplos de lo trastornada que puede llegar a ser la mente del hombre, del hombre en decadencia por supuesto. No obstante, en su última gran obra “La Tempestad”, Shakespeare también nos brinda la otra cara; la auténtica cara del ser humano, la de un hombre que busca ser bueno.

Chiappo (2013, p. 157) sostiene que Próspero, el protagonista de la obra, es un hombre de categoría superior, debido a su benevolencia y bondad, en contraste al hombre vulgar, impulsivo y ambicioso. Apreciar el arte, culturizarse, meditar, es lo que llevó a Próspero a alcanzar la sabiduría.

Que no tema el lector de seguir leyendo, pues me encargaré de desarrollar las ideas universales dentro de la obra, revelando poco de la trama.

«Próspero y Ariel» de William Hamilton

Destierro, soledad, sufrimiento y meditación es lo que sirvió a Próspero para desarrollar poderes supranormales, y así poder convocar seres mágicos del mundo ideal. Esta es una representación simbólica del elevado entendimiento de las cuestiones de la vida. Chiappo (2013, p. 158) nos comenta esto como una experiencia psicológica humana de sublime categoría. Por otro lado, la angustia, la traición, los males de la vida en general, son los que atentan contra la idealidad que se presenta en la contemplación serena.  

“Del amor y de la esperanza nace el mundo ideal, del odio y del desencanto, su destrucción” (Chiappo, 2013, p. 159).

Nuestro cuerpo, al igual que las riquezas terrenas, es material. Por ello tanto el cuerpo como aquellas riquezas caerán al suelo, hechos polvo. Pero nosotros poseemos un espíritu, que permanece a pesar de la muerte de la carne, y como románticamente dice Próspero: “Estamos tejidos de idéntica tela que los sueños, y nuestra corta vida se cierra con un sueño” (Shakespeare, 2003, p. 53), es decir vamos más allá del mundo material a pesar de estar en el mundo material.

Chiappo nos comenta que corrientes de pensamiento como el agnosticismo, el relativismo y el nihilismo, amputan la capacidad de maravillarse y enceguecen la mirada hacia los ideales (2013, p. 159). Una cosa es ser realista y ver la vida con la cabeza fría y otra cosa es querer arrancarse la esperanza y el legítimo deseo de ver algo más elevado de lo que la mundanidad tiene para ofrecer.

Somos imperfectos y siempre estaremos proclives al error, pero cuando fallemos, no debemos dejar que la amargura y la decepción, corrompa a la noble melancolía que no deja de anhelar el bien y que lucha por lo ideal (Chiappo, 2013, p. 160).

Ante las desgracias y la aparente vacuidad de la vida, el hombre corre el peligro de caer en el escepticismo radical, amargando su vida y la de los demás. Pero la amargura y la muerte nunca tendrán la palabra final.

“La última palabra viene del espíritu, que es vida de vida” (Chiappo, 2013, p. 160). Se trata de ser sereno, ante los infortunios, las injusticias, la adversidad, el despojo y la soledad, así como lo hizo Próspero en “La Tempestad”.

Son la ciencia, el arte y la fe, los pilares que sostienen al ser humano. La misma historia de la humanidad se ha encargado de demostrarlo. Estos pilares nos protegen de no caer en la amargura, en la tristeza envenenada por la ira.  Chiappo (2013, p.161) nos dice que el gran fracaso no es el amoroso, el profesional, el comercial, etc. Más bien, el gran fracaso es renunciar a la posibilidad de reivindicación, de redención, y de la búsqueda de ideales.  

Darle cabida a la amargura del alma, seria denotar el fracaso existencial del hombre decadente. Chiappo llama al hombre amargo un “fracasado existencial primordial” (2013, p. 161).

Por otro lado, la alegría de vivir, la serenidad, la calma, la paz, el júbilo que viene del alma (y no hablo de placeres sensoriales) son las que nos llevan al auténtico deleite alcanzable en esta vida.

Ahora bien, el alma entendida en el arte y la ciencia, está ante el peligro de la vanidad y pretenciosidad, Chiappo nos advierte que para alcanzar la auténtica serenidad de vida, es necesario renunciar a las banalidades y confiar en el prójimo (2013, p. 162). También nos menciona que a esto, el Maestro Eckhart le llamaba “Gelassnheit” (es decir,  abandono, disponibilidad) y San Juan de la Cruz, “desasimiento”. En conjunción, hay que desasirnos, soltarnos de nosotros mismos y abandonarse a la benevolencia y buena voluntad del prójimo. Es así como uno puede vivir sin temor ni sospecha. Pero esto ha de hacerse con prudencia y no con incauta ingenuidad.

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No podemos controlar los corazones de los demás pero si podemos guiar el nuestro, siempre tenemos el poder de dar el paso de abrazar la bondad y la benevolencia propia. Este paso, en su simpleza, es sumamente difícil de concretar y puede que para lograrlo, cueste toda la vida en este mundo, pero no debemos permitir que eso nos desanime de perseverar en el intento. Busquemos salir al encuentro con el prójimo, no podremos “cambiarles la vida” a todos, pero debemos intentar “deleitar”, “complacer” o por lo menos “agradar” (como diría Shakespeare) a las personas con las que podamos relacionarnos. No sabemos cuán valioso podría ser el bien que estemos haciendo. Por supuesto Chiappo no era ningún iluso, y sabía que en el mundo hay muchas personas que, con terquedad y torpeza, hacen amargas e infelices sus vidas y las vidas de las personas que las rodean. Eso se debe combatir con dulzura, delicadeza y gentileza (Chiappo, 2013, p. 162), quizá eso le haga bien a la persona hostil, pero sin lugar a dudas, nos hará mucho bien a nosotros mismos.

La psicología de la bondad, habla de una bondad que parte del nivel psico-espiritual, por encima del bio-temperamental. La bondad de la que nos habla Chiappo va más allá del simple buen humor y la bonachonería (que si bien no son malos, tampoco son suficientes para sostener la vida). Pero es la Bondad, esculpida quizás, por los golpes de la vida, como la traición, el dolor y la hostilidad, la que es capaz de generar un amor más fuerte y elevado.

Chiappo (2013, p. 163) acuñó el neologismo “bienser”, que es el estado del ser humano, en el que refleja la nobleza del alma e irradia bondad en todos sus pensamientos, ideas, actos y respuestas. Hablamos de una bondad profunda, pura, desinteresada que no oculta nada detrás.

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Es cierto que Chiappo le dio más importancia al “bienser” que al “bienestar”. Yo creo que “bienser” y “bienestar” deben ir juntos, de la mano. La experiencia de bondad será más completa, más redonda, más detallista, cuando uno pueda “ser y estar” dentro de la misma.

El pensamiento de Chiappo es lúcido y fascinante, muy provechoso para el que escucha. Espero que los pensamientos e ideas expuestos en estas líneas, hayan sido beneficiosas y agradables (en el sentido Shakespeariano) para mis lectores. No tengan duda de que les contaré mucho más acerca de Leopoldo Chiappo y sus ideas, en próximas entregas.

Referencias

Chiappo, L. (2013). Hacia una psicología de la bondad. Estudio sobre «The Tempest»; de Shakespeare. Revista De Neuro-Psiquiatria64(2), 156-164. https://doi.org/10.20453/rnp.v64i2.1484

Shakespeare, W. (2003). La Tempestad. Buenos Aires: Editorial del Cardo.

Jung; el poeta y la poesía

Carl Gustav Jung es un referente de la psicología, su pensamiento fue ampliamente lúcido y sus teorías, como las de los arquetipos y el inconsciente colectivo son imprescindibles para el que quiera formarse en psicología o simplemente, para entender un poco más al ser humano. Más allá de esas teorías y otros postulados cuestionables, o de plano nocivos para la persona, que también defendía; hoy les quiero compartir mis reflexiones alrededor de un particularísimo ensayo suyo llamado “Psicología y poesía”.

Carl Gustav Jung

Primero debemos entender  (al igual que Jung en su ensayo) a la poesía en su sentido clásico, “poiesis” que significa “creación” o “producción”. Por ende, el poeta será todo creador artístico y la poesía será toda obra de arte. Con respecto al arte, quizá jamás podremos explicarla científicamente, pero Jung tuvo muy en claro que la Psicología es la ciencia ideal para relacionarse con el arte, en particular con la literatura, hablamos de una relación de apoyo y complementación. La Psicología no podrá englobar al arte pero si es capaz de describirla, de esclarecer su misterio en cierta medida.

Del alma salen todas las ciencias y del alma sale toda obra de arte (Jung, 1976, p. 9).

Para entender una obra de arte, sería de mucha ayuda entender la psicología personal del artista, del creador, pero quedarse solo en ello sería un error.  La auténtica obra de arte, va más allá de su creador y pasa a ser un tesoro de toda la humanidad.

El poeta se alza sobre lo ordinario, recoge en su alma lo más alto de sus vivencias y plasma con contundencia la expresión artística. Su creación, su poética, transporta al lector a una claridad de las cosas; lo lleva a sí-mismo y a esbozar lo más elevado de la humanidad. La conformación poética transfigura la conciencia humana (Jung, 1976, p. 12).

Si hablamos del proceso de creación artística, Jung, considera que es un proceso claramente psicológico en cuanto el poeta, mediante lo que comprende y conoce es que puede conformar su obra (1976, p.12). Y razón no le falta, también fue prudente al no decir que es un proceso puramente psicológico, pues ya podemos ver el alto factor espiritual que se encuentra presente.

Jung propone que tenemos “material psíquico” para la creación artística:

  • La pasión y sus destinos
  • Los destinos y su padecer
  • La naturaleza eterna, sus bellezas y sus espantos

Jung (1976, p. 18) nos cuenta que en el arte se integra lo inconcebiblemente elevado hasta lo grotesco y perverso. Mientras él elogiaba ambos extremos, hay voces más prudentes que consideran que el arte más elevada, debe buscar siempre la belleza y no lo grotesco. Pero eso no quiere decir que no se pueda usar lo bajo, como recurso para esta búsqueda ¿Qué sería del Siddhartha de Hermann Hesse, sin sus crisis y dolores del alma que se presentaron en su camino a la iluminación? La gran poesía es la que toca el alma de la mismísima humanidad.

Es el poeta entonces quien tiene la voz de miles y de miles de miles. Él es quien retrata y transforma la conciencia (o del inconsciente colectivo como diría Jung) de su época y de las posteriores. Un ejemplo valioso de esta idea sería nuestro Julio Ramón Ribeyro, ampliamente conocido por ser la voz de los que no tienen voz.

Muy a menudo, al poeta le toca sacrificar todo lo que al hombre ordinario le brinda una serena felicidad y todo lo que hace de su vida, más llevadera (Jung, 1976, p.22). El poeta tiene dentro suyo, una dualidad. Están su hombre común y su genio creativo, en constante conflicto, para ver quien se impone, pero en verdad es una lucha de nunca acabar en lo que dure la vida.

Tener el genio creativo es un don muy escaso, muy raro entre los hombres y como todo objeto raro, tiene un precio elevado que el poeta paga, en mayor o menor medida, con su propia vida.

Jung nos da esta figura: Es como si todo hombre naciera con una energía vital. Lo que ocurre con el poeta es que su arte demanda mucha energía vital, dejando muy poca para el desarrollo de la vida cotidiana. Esto no es necesariamente inevitable, al fin y al cabo es solo una metáfora, pero no por nada existen términos como “artista incomprendido” y “poeta maldito”, también se puede echar un vistazo al cómo vivieron muchos de los más grandes (y no tan grandes) artistas de la historia: unos victimarios y otros víctimas de vidas colmadas en desenfreno y excesos mundanos.

«El Jardín de los Poetas» de Vincent Van Gogh.
Es bien sabido que Van Gogh fue un alma atormentada que vivió muchas penurias en su paso por la tierra.

El auténtico poeta es un médico curador de heridas, que lleva una llaga abierta.

Todo lo mencionado, nos muestra que el poeta, es alguien excepcional, su esencia y estado de conciencia está elevado por encima de los demás. Pero eso no lo vuelve un superhombre, al final sigue siendo de carne y hueso, sigue teniendo una voluntad e inteligencia sujeta al error, no tiene la vida resuelta y puede ser que ni siquiera esté plenamente consciente de su genio, y esto no es novedad. Ya Sócrates en su apología lo había notado, Platón es quien nos lo narra: “Así pues, también respecto a los poetas me di cuenta, en poco tiempo, de que no hacían por sabiduría lo que hacían, sino por ciertas dotes naturales y en estado de inspiración […] En efecto también estos dicen muchas cosas hermosas, pero no saben nada de lo que dicen”. (1985, p. 156)

Para darle un ejemplo importante a la propuesta de Jung, podemos pensar en Franz Kafka, gran referente de los artistas que pusieron en el centro de sus creaciones a la mente del individuo, el viaje interior y el diálogo con lo profundo del inconsciente (Giardini et al. 2017, p. 129).

Hermann Hesse es otro excelente ejemplo, de un artista que se sumerge en la interioridad del ser (sin mencionar que tuvo influencia directa de Jung, a quien conoció personalmente) terminaré mi texto con unas líneas de Hesse, que son oportunas para retratar gran parte de lo expuesto:

“El que yo tenga habitualmente en el campo de la conciencia, el círculo de las cosas que me interesan, no decide sobre el valor  y la supremacía de mi yo; solo significa que entre el círculo de la conciencia y lo inconsciente mantengo buenas relaciones, unas relaciones flexibles y dúctiles”. (2007, p. 163)

Hermann Hesse, escritor. Autor de obras maestras como el Lobo Estepario; Siddhartha y Bajo la rueda

Referencias

Giardini, A.; Baiardini, I.; Cacciola, B.; Maffoni, M.; Ranzini, L. y Sicuro, F. (2017). Comprende la Psicologí­a. Carl Gustav Jung: El inventor de la psicología analítica. Barcelona: Editorial Salvat, S.L.

Hesse, H. (2007). Pequeñas alegrías. Madrid: Alianza editorial.

Jung, C. G. (1976). Formaciones de lo inconsciente. Buenos Aires: Editorial Paidós.

Platón (1985). Diálogos I. Madrid: Gredos.

Freud en otra mirada: Cartas de amor

Sigmund Freud, fundador del psicoanálisis. Para bien o para mal, precursor de la Psicologí­a. Criticado por muchos y estimado por otros tantos, pero no se trata de eso, lo que les quiero compartir en esta ocasión.

Una vez, mientras estaba viendo libros en descuento en una librerí­a muy conocida de mi ciudad, encontré dos libros recopilatorios de Freud: Tres ensayos sobre la teorí­a sexual, y Cartas de amor, una selección de 46 cartas que el polémico doctor le escribió a su, en ese entonces, prometida, Martha Bernays (cabe mencionar que Freud le escribió más de mil quinientas cartas durante toda su vida).

Martha y Sigmund

Compré ambos, pero el libro de las cartas fue el que más me llamó la atención por un par de motivos: No esperaba encontrarme con un epistolario romántico perteneciente a Freud; el título tan sencillo pero a la vez atractivo y no menos importante, la portada del libro. En ella podemos ver a los futuros esposos: Martha luce formal, con una mirada fija y seria, a pesar de ser una jovencita. Y luego está Freud, también jovencí­simo, muy diferente al clásico retrato que la mayorí­a de nosotros tenemos en la mente, su cabello está más poblado y no peina canas, su barba es más frondosa, y lo más resaltante, su mirada es muy diferente a la que tiene en el semblante duro y casi amargo, de su más famoso retrato. Se puede ver cierta inocencia aun no arrebatada, en unos ojos inspirados, llenos de vitalidad, centrados en las grandes metas que el joven se proponí­a. También son los ojos de alguien que tiene la seguridad que brinda el saberse amado por la mujer amada.

La fotografí­a original

Las cartas compiladas, desarrollan todo lo que les he descrito. En ellas podemos ver a Freud sembrando las semillas de sus objetivos, no solo en lo sentimental como te harí­a pensar el título del libro, sino también en lo profesional, en lo económico, en lo social, etc. Pero todo compartido con su amada novia, y casi todo motivado por el amor. Pues el amor, quizás es el motor más fuerte de todos (sin duda alguna, el más bello).

En el contenido de las misivas pude ver que Freud era un romántico sin remedio, lo que me sorprendió pues no me imaginaba que alguien con su reputación hubiera sido así. Y ni que decir sobre su teorí­a sexual, que no es un estudio «muy sensible» por así decirlo, por supuesto que tampoco pretendía serlo.

Después de todo, el doctor terminó siendo como casi todo hombre, alguien que cuando está enamorado, se da el permiso de perder el seso, aunque sea un poco. En su caso, nos da distintos resultados, unos con calidad artí­stica, unos conmovedores y otros inquietantes; que hicieron preguntarme qué hubiera ocurrido si Sigmund Freud se hubiera dedicado al verso o a la prosa, en lugar de la labor académica. Aquí les comparto unas lí­neas notables:

Empecemos con fuerza

«Yo me sentaré en la silla redonda y hablaremos de nuestro futuro, cuando ya no exista diferencia entre el día y la noche, y cuando ni las molestias ajenas, ni las despedidas, puedan ya volver a separarnos». (Freud, 2017, p. 20)

«Hoy no te dejarí­a separarte de mi lado aunque cayera sobre mí­ la mayor maldición y tuviese que cargar su peso sobre mis espaldas y no te olvides del desdichado al que hiciste tan increí­blemente feliz». (p. 22)

«Marty, ¿te aburre, que te hable de estas cosas? Estoy seguro que no. Eres tan buena y, entre nosotros, escribes con tanta inteligencia y eficacia, que me das un poco de miedo. Todo esto contribuye a demostrar una vez más la superioridad de la mujer sobre el hombre. Y no tengo nada que perder en este aspecto». (p. 46)

En efecto, todo un romántico

«Si supieras cuántas locuras se alborotan dentro de mí­ a cada momento… No obstante, trataré de llegar hasta a ti con la necesaria cordura». (p. 25)

«Me siento alegre hoy sin otra razón que la que me proporciona tu carta, y me gustarí­a oí­rte hablar y cerrarte la boca de cuando en cuando con un beso». (p. 58)

«Necesito el alivio y la expansión de tenerte nuevamente en mis brazos con la misma continuidad con que preciso beber y alimentarme». (p. 66)

Una simpática manifestación de amor

«Y con tus cartas, el mundo se torna de nuevo cálido, alegre y fácil de comprender. Mi dulce amada, no eres una alucinación ni tienes que ser objeto de una experimentación quí­mica». (p. 48)

Pensando en el mañana con realismo y seriedad

«Solo me duele mi incapacidad para poder demostrarte mi amor, pero mientras mantengas la fe en mí­ y me ames, y sé que en ambas cosas eres honesta, no hay duda que nos llevaremos bien y seremos capaces de gozar tiempos mejores». (p. 32)

«Hay gente que sólo sabe, seguir su senda en circunstancias favorables. Nosotros, tú y yo, miraremos hacia adelante y aunque estemos separados y no nos acompañe la suerte». (p. 52)

No todo son maravillas, aquí un momento de crisis

«Querida, ¿es posible que sólo seas afectuosa en verano y que en invierno te congeles? Siéntate y contéstame sobre esto inmediatamente, pues aún estoy a tiempo de salir y buscarme una novia para los inviernos». (p. 83)

Y ante las pruebas; el consuelo y la esperanza

«Por el contario, me sentiré feliz prescindiendo de lo trivial, de lo incierto y de lo ambiguo, para elegir algo tan digno, estimulante y fructí­fero como el compartir mi vida contigo». (p. 63)

«¿Te das cuenta de toda la clases de limitaciones que amenaza a la felicidad humana y que sólo con pensar en esto nos sentimos desdichados? Mantengámonos unidos y así podremos ayudar a las personas queridas». (p. 97)

Estas lí­neas expuestas, y seguramente muchí­simas de las mil quinientas cartas escritas, son testimonio del amor de Freud por su mujer. Lamentablemente, hay espinas en los caminos de rosas, y este matrimonio, puede que haya tenido una espina muy dolorosa. El fantasma de la infidelidad, acecha esta historia de amor; la duda y sospecha de que Sigmund haya engañado a Martha hiere todo lo construido por ambos. ¿Estos rumores empezados por Carl Jung -otro referente de la Psicologí­a y antiguo discí­pulo- habán sido ciertos? Los estudiosos de Freud todaví­a lo debaten, lo innegable es que la pareja jamás se separó y fueron esposos hasta la tágica muerte del doctor.

Quizás nunca ocurrió nada; quizás Martha, en un acto de virtud o resignación, perdonó la infidelidad, no lo sé. Sigmund Freud fue un hombre apasionado y no se puede decir exactamente cuan grave fue el daño de las llamas de sus pulsiones, tanto a sí­ mismo como a sus seres queridos y su alrededor. No podemos leer los corazones de la gente, pero sí­ podemos aprender de los aciertos de otros, así mismo podemos prevenirnos de cometer los errores de otros; para dirigir rectamente nuestra propia historia.

Escribamos cartas de amor con puño y letra, y con nuestras vidas.   

Fuente: Freud, S. (2017). Cartas de amor. Barcelona: Olmak Trade S.L.


El amor a la luz de Eric Fromm y Marco Aurelio Denegri

Resumen

Ya que hablar de amor es algo prácticamente inagotable, en este pequeño artí­culo, vamos a concentrarnos en algunas de las ideas más resaltantes de la cosecha de Fromm y Denegri. Empezando por los tipos de amor de Fromm, luego por las formas del amor compartidas por Dengri, seguidamente de un rápido análisis lingüístico de la palabra amor, para concluir con unas reflexiones personales.

Palabras clave: Amor, amare, diligere, propósito, humanidad

«El jardí­n del Amor» de Pedro Pablo Rubens

Fromm y el amor

Eric Fromm

Eric Seligmann Fromm (1900-1980), fue un psicoanalista, psicólogo social y filósofo humanista nacido en Alemania. Fue uno de los que renovaron el psicoanálisis en el Siglo XX.

Fromm (según Giardini et al., 2017, p. 105) nos dice que el amor es un acto social. El hombre que quiere ser libre y autónomo, debe abrirse al encuentro con los demás. Amar es juntar el tú con el «yo», esto hace que la identidad e integridad de la persona  que ama y la que es amada, se enriquezcan.

Entonces podemos ver al amor como la guí­a que hace que el hombre alcance su plenitud. Nuestro amar no debe reducirse a un cí­rculo pequeño e í­ntimo (si bien este cí­rculo es muy valioso para cada uno y no hay nada malo en amarlo con fervor), sino que debe ampliarse a toda la sociedad. Compartir y confraternizar con distintos grados y formas de amar, dirigidos a un solo propósito, darle sentido a la existencia del ser. El amor es un movilizador, que pone en marcha la voluntad y el alma.

  • Los rostros del amor
    • Así es como Fromm (según Giardini et al., 2017, p. 106), nos muestra los diferentes rostros del amor, con diferentes caracterí­sticas con respecto a lo que es amar. No son caretas del amor, son diferentes actitudes inmanentes a la capacidad de amar. El amor no es unidireccional es un cí­rculo virtuoso que da y genera más amor.
    • Según Fromm (1984, p. 56), el hombre posee la necesidad de trascender su propia naturaleza humana, el hombre no busca ser solo criatura sino también creador. Lo mejor que podemos crear es amor y el amor materno (Fromm, 1984, p. 54 y 55) es un ejemplo completí­simo de ello. Crear una vida que seá capaz de amar, que la madre esta dispuesta a entregarse toda ella a su bebé, que no es capaz de retribuir esa donación proporcionalmente, es una manifestación del amor circular virtuoso del que hablamos anteriormente. Un recto amor de madre prepara al hijo para la misión de amar y repartir más amor a la humanidad. El sentimiento -o dirí­a yo, virtud- de un amor puro y desinteresado es el verdadero aliciente para el hijo de una madre y posteriormente, para el prójimo del hombre.
    • Mientras Fromm habla del amor fraternal, universal para la humanidad, que «por él se entiende el sentido de cuidado, respeto y conocimiento con respecto a cualquier ser humano» (1984, p. 52). también menciona un amor exclusivo que no desentona con el anterior, hablamos del amor erótico (según Giardini et al., 2017, p. 108), que restringe a quien se ama según el deseo sexual pero que abre paso al amor respetuoso, atento, responsable y conocedor de la persona amada. El deseo sexual llevado con rectitud, puede abrir la puerta al amor a la propia esencia del ser a quien se ama, es decir, no ama solo su superficie sino también su alma, sus profundidades en un todo que no excluye nada de su identidad. Este amor está libre de la fugacidad y lo banal.
    • Fromm también nos habla del amor a uno mismo (Giardini et al., 2017, p. 109). Uno debe amar su propia naturaleza y su propia esencia, para poder amar a los demás. Tener deseos y buscar nuestra propia felicidad no es malo en lo absoluto, el error se encuentra en la corrupción de estos intereses, esto es el egoí­smo que ya no busca amarse a sí­ mismo para entrar en comunión con los demás, sino que nos encierra; estanca y embrutece. Que uno se vea reflejado en la humanidad y ame al otro como a sí­ mismo, es un paso más a la solución de la cuestión acerca de la existencia humana. El amor brinda significado y valor al hombre, tanto como individuo y como parte de la humanidad.
    • Fromm va incluso más allá de ello y nos presenta el amor a Dios (Giardini et al., 2017, p. 111), este amor se vislumbra a partir de nuestra existencia limitada, y la conciencia de lo corta que es nuestra duración en el mundo. Cuando hablamos del amor a Dios hablamos del amor y el anhelo de lo eterno, no porque Dios nos entregue cosas o haga esto o aquello sino porque lo amamos a él mismo, que nos ama infinitamente. El amor a Dios por el hombre y el amor del hombre a Dios, no deben separarse. No obstante el amor de Dios por el hombre nunca desfallece aún si el hombre no dirija su amor hacia él. Es el hombre consciente de su caducidad y sus propios lí­mites, el que es capaz de un recto amor por Dios (quien encarna los principios de verdad, justicia y amor, tan buscados por la humanidad).

Toda esta variedad del amor, le da complejidad y hondura. Trabajar con este es un arte; el mismo amor es un arte y Fromm no se equivoca en catalogarlo como tal. Como todo arte, se debe cultivar con atención y cuidado, durante toda la vida. Buscar la belleza del amor y el conocimiento de uno mismo son cimientos fortí­simos para la vida del ser humano que con este apoyo puede combatir la soledad al mismo tiempo que consigue su libertad.

Denegri y el amor

Marco Aurelio Denegri

Marco Aurelio Denegri Santagadea (1938-2018) fue un destacado intelectual peruano. Hasta los últimos años de su vida se preocupó por preservar y difundir la cultura. él fue poseedor de un extenso y profundo conocimiento en muchí­simas disciplinas del saber humano.

Denegri (2015), nos comparte que el psicoanalista Theodor Reik, sostiene que cuando nacemos, somos tan capaces de amar como de leer, es decir, somos incapaces, por supuesto que eso se corrige con el tiempo y aprendemos a leer y amar. Dice Reik que para aprender a amar correctamente, para desenvolverlo y darle fruición debemos ser amados.

La capacidad del amar, afirma Denegri, se ve afectada por dicho factor. Y la intensidad y magnitud variaran dependiendo de la persona. Poder amar nos corresponde a todos, pero no se desenvuelve en todos de la misma manera. Cada individuo amaá de manera diferente, grande, pequeña, o quizá no ame casi nada. En este sentido el amor es un reflejo de nuestra personalidad. Es necesario desarrollar nuestra personalidad para poder desarrollar nuestra capacidad de amar y no quedarnos cortos, con poco o nada que ofrecer. Denegri habla de esta carencia como una indigencia y nos explica el uso de la palabra:

«El indigente, en tal sentido, es el pobre; pero a lo que yo me refiero, cuando digo indigente, es al ser humano carente de contenido, que no tiene intereses, ni inquietudes, ni valores, ni desarrollo; que ignora la expansión mental y desconoce la riqueza espiritual» (Denegri, 2014, p. 53)

Y concluye Denegri (2006, p. 31): «Esto quiere decir que el amor sin el conocimiento, si el conocimiento particularmente de uno mismo, es manco. Ya Bettelheim lo ha dicho: con el amor no basta«.

San Agustí­n de Hipona
  • Dos maneras de amar
    • Denegri (2018) nos da noticia que en el idioma latí­n, se diferencian dos verbos relacionados con el amor. Amare (amar; verbo admitido en el lexicón oficial del idioma español) y diligere (diligir; no admitido, aunque palabras como diligencia o diligente sí­ lo están). Es un gran vací­o que el español y otros idiomas solo admitan el verbo amar, pues admitir los dos verbos seá un gran facilitador para el entendimiento del amor.
    • Continuando con la idea, Denegrí­ (2016) nos explica que la muy famosa frase de San Agustí­n: «Ama, y haz lo que quieras«, si es leí­da en latí­n dice «Dilige, et quod vis fac«. Nos damos cuenta entonces, que una traducción más certera serí­a «Dilige, y haz lo que quieras«. Denegri también nos comenta que, en la Vulgata latina de San Jerónimo (la traducción al latí­n de la Biblia), el verbo amare se usa 51 veces pero diligere (y sus derivados) se usa 465 veces. La razón es muy simple, diligere calza mucho mejor con la concepción del amor predicado en la Biblia.
    • Agrega Denegri (2015) que amare es adhesivo, es el amor que desea, que se pega al otro, que busca posesión, carnal y pasional. Pero esto no significa que este amor sea malo, en un recto sentido, el interés propio, puede ser bien llevado a cabo, sin cosificar al ser amado. Y por otro lado, diligere es reflexivo, es el amor diligente, atento, responsable, y desinteresado, que busca al otro por su bien, por su desarrollo en valores y crecimiento espiritual. Hablamos de un amor tierno y puro, totalmente desinteresado.

Denegri (2015), sostiene que los antiguos Santos Padres de la Iglesia, hablaban del amor de concupiscencia y el amor de benevolencia. La concupiscencia es el deseo de bienes terrenos y la apetencia incoercible de placeres mundanos, es una corrupción del amor. Mientras que el amor de benevolencia es el mismo amor que se propone en la concepción de diligere, es decir, el amor desinteresado y virtuoso.

Tal y como sugiere Denegri, haciendo esta diferenciación lingüística, podremos comprender mucho mejor las ramificaciones del amor y distinguir al que esta guiado por la virtud y al que esta guiado por las pulsiones. también nos daremos cuenta con que tipo de amor estaremos actuando en nuestro día a día.

Podría decirse que, diligere debe darle recto sentido al amare, en especial cuando se trata de relaciones de pareja y aún más cuando se trata de parejas jóvenes. El fuego y pasión de una relación amorosa, debe ordenarse lo mejor que se pueda, para que el fuego no se apague rápidamente y para que no lastime a la pareja amada. Cuando amare quede debilitado y pequeño a causa del inevitable paso del tiempo, lo sostendrá diligere, que permanecer fuerte e íntegro.

Conclusiones

Nos hemos dado cuenta que Fromm y Denegri coinciden en muchos aspectos interpretados a su propio modo, el primero, concibiendo sus propias ideas y el segundo, brindando certeras reflexiones de los postulados de grandes figuras del mundo académico. Tales como, la universalidad del amor, el esfuerzo que conlleva amar, los distintos destinatarios del amor o la naturaleza trascendente del amor que va más allá del propio ser humano.

Podemos afirmar que los dos autores se complementan, Fromm hace énfasis en la variación del amor dentro del orden abstracto y psicológico; Denegri no olvida mencionar que nuestra capacidad de amar se verá afectada en mayor o menor medida, por nuestro contexto sociocultural. también nos ilumina con un análisis lingüístico de la palabra amor (regresando a sus raíces en el latí­n). Y ambos autores, hacen un gran énfasis en el autoconocimiento. Todo esto nos ayuda a aproximarnos al entendimiento de una cuestión tan compleja -y quizás, casi inexplicable- como el amor.

El tema da para mucho más y no duden de que revisitaremos la fructí­fera obra de Fromm y Denegri, en futuras entradas. Los dejo con un vídeo que contribuyó mucho a la inspiración de estas lí­neas.

https://www.facebook.com/watch/?v=1794972160538926

Referencias

  • Denegri. M. A. (2006). De esto y aquello. Lima: Universidad Ricardo Palma.
  • Denegri. M. A. (2014). Polimatí­a. Lima: Fondo editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega.
  • Denegri, M. A. (23 de marzo del 2015). La necesidad de ser amado. El Comercio. Recuperado de https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/necesidad-amado-marco-aurelio-denegri-345451-noticia/
  • Denegri, M. A. (4 de enero del 2016). Propercio y el amor. El Comercio. Recuperado de https://elcomercio.pe/opinion/columnistas/propercio-amor-marco-aurelio-denegri-259252-noticia/
  • Fromm, E. (1984). El arte de amar. Buenos Aires: Editorial Paidos.
  • Giardini, A.; Baiardini, I.;Cacciola, B.; Maffoni, M.; Ranzini, L. y Sicuro, F. (2017). Comprende la Psicologí­a. Eric Fromm: El divulgador de la Psicologí­a social. Barcelona: Editorial Salvat, S.L.
  • TV Perú. [TvPeruOficial]. (2018, mayo 14). La palabra: Amar y diligir [Archivo de video]. Recuperado de: https://www.facebook.com/watch/?v=1794972160538926

La estética y pensamiento del Romanticismo en el arte y el hombre

Resumen

En este breve ensayo elegí a la época del Romanticismo como objeto de reflexión, ya que creo que dentro de este periodo encontramos el mejor y más completo manejo de las esencias invariables del arte, las poéticas, debido a su sustancia, pero también debido a su caácter innovador y fructí­fero para el ser humano, diferenciado del pensamiento de épocas anteriores y posteriores. Mi intención es justificar dicha creencia, recurriendo al pensamiento y expresión del Romanticismo, pasando por su contexto histórico, luego por el plano artí­stico, seguidamente de una breve mención del encuentro del Romanticismo con el hombre de hispano, para finalizar con una reflexión de corte filosófico.

Palabras clave: Pensamiento, estética, poéticas, belleza, verdad

Contexto Histórico

«Novena Ola» de Iván Aivasovzki

Es sabido que el modo de pensar del Siglo XIX, fue muy influenciado por la idea del cambio, de la transformación, por el deseo de un progreso material y moral en el ser humano. En este concepto de variación constante se ve plasmando el periodo artí­stico del Romanticismo, dejando atás el concepto formalista del Clasicismo. Es el Romanticismo el periodo en el que el hombre comenzó a darle un énfasis notorio a la sensibilidad, a lo afectivo, al idealismo y a la angustia por el propósito de la existencia de hombre.

«El Romanticismo rápidamente se posesionó del sentimiento humano hasta adquirir el poder de darle sentido a la vida, y situarse más allá de una simple acepción conceptual, porque pasó a ser considerado en el ámbito de dos perspectivas históricas: por un lado, lo refieren a una etapa histórica determinada, la cual se extiende entre 1780 y 1830 (…), pero, por otro lado, el Romanticismo, por su complejidad, desbordó estos lí­mites, pues, sus caracterí­sticas esenciales sobrepasaron en mucho el mero hecho de ser un movimiento cultural e histórico de efí­mera duración, para situarse en una constante histórica y presentarse como un fenómeno eterno«. (Yegres, 2015, p. 20)

El Romanticismo en el Arte

La manera del Romanticismo de aproximarse a la música, fue a través de una construcción orgánica, y para ello, es esencial dar énfasis a la armoní­a. Tanto en la música como en la vida, Romanticismo busca la armoní­a, la continuidad y la consonancia, libre de los esquemas que antes se usaban. Reflejando esto en la música, a través de disonancias; independizándose de tonalidades y haciendo que los acordes se vuelvan sonoridades autónomas. Compositores como Franz Liszt -el mayor referente y principal responsable de estos cambios-; Berlioz; Berg y Beethoven (como precursor), entre otros, dieron forma a esta nueva forma de expresión con la música.

«El caminante sobre el mar de nubes» de Caspar David Friedrich

Por otro lado, para la aproximación en la pintura, podemos hacer uso del análisis simbólico. En el cuadro «El caminante sobre el mar de nubes» pintado en 1818, nos muestra la representación del encuentro del hombre y su presente, con el camino hacia su destino y futuro definitivo. Este cuadro se convirtió en sí­mbolo del Romanticismo alemán (Deutsche Welle, 2015). Cualquiera de nosotros puede ser este hombre en el cuadro somos nosotros. Al no ver su rostro, uno mismo se puede posicionar en pintura. Nosotros somos los protagonistas de nuestro propio camino, y a pesar de nuestras debilidades (que pueden ser simbolizadas con el bastón que lleva el caminante), al igual que en el cuadro, podemos contemplar lo que nuestro futuro nos depara, un panorama incierto, con un camino largo y accidentado, pero al mismo tiempo somos capaces de vislumbrar un destino final gigantesco y eterno.

Johann W. von Goethe, poeta; novelista; cientí­fico y figura fundamental del Romanticismo

En el plano estético del arte en general, podemos apreciar que las poéticas de este periodo son de caácter revolucionario en cuanto a los usos de las técnicas de creación e interpretación, pero no existe un cisma violento en este nuevo acercamiento hacia el arte. Las poéticas del Romanticismo siguen buscando la belleza, estéticamente hablando, a través de obras más desafiantes. Esto precisamente se refleja en la manera de ver la vida en el Siglo XIX, como se mencionó anteriormente.

El Romanticismo y el hombre hispano

Cesar Vallejo se graduó como bachiller en Letras con su tesis «El Romanticismo en la poesí­a castellana»

La relación entre el Romanticismo y el hombre, no es solamente unidireccional, ambos se complementan e influyen. Por ende, la interacción del Romanticismo con las distintas razas de hombre, nos dan resultados particulares hasta cierto punto. A sabiendas de esto, Cesar Vallejo nos indica seis caracterí­sticas particulares del hombre español: «El predominio de la fantasía, expresado por una filosofí­a idealista; un fondo melancólico y exquisito sentimentalismo; refinada sensibilidad; predominio de los sentimientos de amor, honor, patriotismo y religión, traducidos en sublimes pasiones, violencias de sangre y misticismos fanáticos; el instinto por la belleza de las formas y lo sonoro y lo grandioso y como medio que facilitó el triunfo del romanticismo, el caácter vehemente y voluble de su Psicologí­a». (1954, p. 19)

Si bien el Romanticismo fue un movimiento europeo, su espí­ritu fue capaz de sobrepasar fronteras llegando así a Latinoamérica. Vallejo declaró que los poetas peruanos de su tiempo, lamentablemente, solo se limitaban a la imitación y no aprovechaban las posibilidades artí­sticas de nuestro choque y mezcla cultural (1954, p. 64).

Conclusiones

Ludwig van Beethoven

Beethoven dijo: «Lo difí­cil es bueno, lo difí­cil es bello, lo difí­cil está más cerca de la verdad» (Marshall y Cellan Jones, 2003), para referirse a la dificultad de sus composiciones.

Ahora, ¿Qué es la verdad para Beethoven?, o mejor dicho, ¿Quién es la Verdad para Beethoven? Para Beethoven, Dios es la Verdad. En sus propias palabras:

«Dios está más cerca en el arte. La música es una revelación más alta que toda sabidurí­a y toda filosofí­a… No tengo amigos. Debo vivir solo. Pero yo sé que, en mi arte, Dios está más cerca de mí­ que de los demás; yo me acerco a él sin temor; yo siempre lo he reconocido y comprendido. Por eso, la suerte de mi música no me inquieta; ningún mal puede provenir de ella; el que la comprenda se liberará de la miseria que arrastra a los hombres». (Plazaola, 2007, p. 591)

De aquí quisiera resaltar que Beethoven ubica a lo bello, junto a lo bueno y la Verdad y que se haya preocupado de no transmitir algún tipo de mal en su música. Y que buscase, mediante su obra, ayudar a la liberación los pesares y dolores del ser humano.

Si bien las poéticas pueden buscar en otros lugares, aparte de la belleza y aun así guardar una estética correcta (Plazaola, 2007, p. 277), puede que ir, hacia una belleza difí­cil; buena y de dimensión espiritual, en el plano estético, sea la manera más sublime y completa de expresión artí­stica. Beethoven y el pensamiento romántico en general lo afirmaban de este modo.

Oscar Miró Quesada (según Vallejo, 1954, p. 18) decí­a que «las emociones estéticas que la contemplación de la belleza produce, sacuden y revuelven el espí­ritu profundamente, agitando las actividades psí­quicas, sentimentales más ocultas; y siendo de este modo un poderoso reactivo para el alma».

Se debe darle virtud espiritual a lo material, para alcanzar una conmoción y deleite de corte bondadoso para el alma. Buscar la Verdad y la Belleza en un camino difí­cil, es lo que brinda el sentido de la existencia del ser humano.

Referencias

  • Deutche Welle. [DW Español]. 2015, agosto 10). Reencuentro con obras maestras Caspar David Friedrich: El caminante sobre el mar de nubes Euromaxx [Archivo de video]. Recuperado de: https://www.youtube.com/watch?v=myDVbX9uOYI
  • Marshall, L. (Productora), Cellan Jones, S. (Director). (2003). Eroica [Pelí­cula]. Reino Unido: BBC.
  • Plazaola, J. (2007). Introducción a la Estética. España: Publicaciones de la Universidad de Deusto.
  • Vallejo, C. (1954). El Romanticismo en la poesí­a castellana. Lima: Juan Mejí­a Baca y P. L. Villanueva Editores.
  • Yegres, A. (2015). Filosofí­a, Ilustración y Romanticismo. Revista de Investigación. Caracas, Venezuela. Universidad Pedagógica Experimental Libertador. 39(86), pp. 11-38.