¿Y si hablamos de la muerte? Primera parte

No se puede pensar: “Voy a ser feliz el día que mi papá se mejore definitivamente”. Tengo que ser feliz hoy con su cáncer. Y él también. Pero ojo: puedo «ser feliz y no estar contenta». En la quimioterapia, la gente es feliz pero no lo vive contenta. Nadie quiere estar en ese lugar. Sin embargo, agradece cada circunstancia, cada sonrisa, cada día. Esa gente tiene conciencia de la muerte aprendió a disfrutar de la vida.

¿Por qué en vez de hablar de cómo tenemos que vivir, hablamos de que queremos hacer antes de morir? Una de las características del ser humano es darse cuenta de su temporalidad, de que no estará vivo siempre. La muerte nos acompaña desde el principio del camino. Esto ha sido siempre un drama terrible para nosotros, que a lo largo de nuestra existencia tenemos que enfrentarnos a situaciones que conllevan dolor. Entender que es tan parte nuestra como nacer, mencionarla es adecuado porque permite mayor consciencia en el trajín diario y que los duelos por las pérdidas sean también transiciones más naturales.

¿Podemos decir entonces que conversar de la muerte es saludable?, creo que “Es sanador”. Nos aporta recursos, nos posiciona en otro lugar ante la vida, nos ayuda a practicar la gratitud y tener una postura de aprendiz ante ella.

Esta es una de las claves para que se pueda disfrutar plenamente de nuestro paso por aquí, hay que darle un poco más de acogida a la muerte, que deje de ser tabú, aceptarla para que nos ayude a transitar con mayor intensidad, con mayor disfrute.

Todos entendemos que en algún momento nos vamos a ir, pero no lo hacemos real, no lo tenemos consciente hasta que perdemos a alguien muy cercano, cayendo en sobrevivir desde un lugar muy omnipotente, “como si fuéramos eternos , aún sabiendo desde el minuto cero que sí somos seres finitos”.

Yo quisiera departir desde mi historia en que pude ver la muerte tan de cerca, en el año 2016 tuve a mi segunda hija y debido al embarazo se me formaron múltiples cálculos en la vesícula que si bien de manera externa no había problema, por dentro me estaban destruyendo. Tenía algunos cólicos, unos manejables otros peor que un parto, pero mi respuesta era: “me voy a operar más adelante que mi hija pequeña cumpla seis meses”; cada día eran más fuertes hasta que en uno de esos colapsé… Cuando tuve conciencia estaba en la clínica en una camilla con un dolor insoportable,  recuerdo la cara de los médicos preocupados, mi esposo con cara de desesperanza y yo retorciéndome en la camilla, no recuerdo más. La mañana siguiente desperté,  estaba hospitalizada con suero, él a mi lado y el médico, al verme abrir los ojos dio una sonrisa más grande que la de un niño cuando abre su regalo de Navidad. Me explicaron que había sufrido de una pancreatitis y que en la mayoría de casos era mortal, “hace dos días falleció un chico en la habitación de al lado por el mismo diagnostico”, comentó el doctor seguido por estas palabras: “estas viva por milagro”.

Estuve dos semanas hospitalizada sin ver a mi familia, sin probar alimento alguno;  todo era suero. Tenía los brazos destrozados e hinchados. Los primeros días fueron buenos porque me los tomé como un descanso sin embargo cuando me daban más días de hospitalización y ya me estaba olvidando de masticar por lo que no probaba alimento, empezó a salir mi lado impaciente; hubo días que lloraba, otros que rezaba y también venían las preguntas: ¿Por qué a mí? algún motivo debe haber… buscaba y buscaba. Finalmente lo encontré; antes de esto vivía renegando de mi historia y del rol que me había tocado, agestada 24 x 7, sin una pisca de gratitud, envidiando la libertad de los otros, anclada en el pasado con sentimientos de melancolía. Hoy puedo decir gracias “pancreatitis” porque así me di cuenta que no seré eterna, que no tengo el control de nada ni de nadie y que debo conectarme con el presente aquí y ahora cómo un regalo, ser agradecida, ponerme en el papel de alumna ante la vida y sobre todo gozar de quienes tengo hoy conmigo.

«Ofelia» por John Everett Millais, representa una escena de Hamlet por William Shakespeare

El poder hablar de esto es lo que me va a ayudar a vivir mejor cada instante, a disfrutar de mis seres queridos, de lo natural, de lo cotidiano. Conversar de la muerte, propia o ajena, suele ser difícil. Rodeos, excusas, palabras cómo “no hables de eso”, “te vas a poner bien” son las que usamos al ver a alguien enfermo. Sin embargo, con la pandemia de coronavirus como protagonista y de cara a una estadística que pone en evidencia constante la lista de víctimas, la finitud se hizo visible así cómo los procesos de duelo.

La muerte no es lo único que provoca duelos en la vida: puede haberlos por cualquier tipo de desenlace, desde la baja en un trabajo, defunción o hasta una mudanza. Es un proceso de adaptación emocional ante cualquier pérdida. Puedes hacerlos hasta por el extravío de algún objeto, lo que cambia es cómo se va a desarrollar, si voy a ser más o menos consciente de eso. El duelo se desarrolla de manera individual, cada uno lo transita a su manera donde lo único en común es poder aceptar las circunstancias, así recién podemos ver qué mensaje hay detrás.  Esto tiene que ver con codificar elementos de la inteligencia espiritual: ese para qué le da sentido a esa experiencia, ese para qué invita a que valoremos nuevos hábitos, evaluar nuestros afectos, hayamos cambiado prioridades, aumentemos nuestros espacios de conciencia, tengamos mucho mayor conocimiento de vivir en gratitud y con flexibilidad.

La Dra. Arango que lanzó su libro “Mundos Invisibles” discute sobre la muerte y el duelo, donde señala que no podemos elegir cómo morir pero si cómo poder morar bien. Según Arango asumir la certeza de deceso, además, ayuda a disfrutar el día, a estar en paz y a ser más feliz. Esto no significa no tener dificultades porque los retos y los problemas hacen parte de la evolución , sino actuar con bondad, compasión y honestidad. “Las personas que viven bien están conectadas con su alma y un alma buena es aquella consciente de los valores básicos que deben guiar a un ser humano bondadoso”. Se trata de experiencias naturales que deberían estar más presentes en la cotidianidad. Pues como ella dice, “si aprende a hablar de la muerte la gente se libera de muchos temores y vive con mayor tranquilidad”.

“El duelo es un proceso totalmente natural, no es patológico y no es una enfermedad”. No siempre se necesita de ayuda psicológica para llevarlo adelante; sin embargo, hay cierto tipo de pérdidas que quizás hagan que se necesite ayuda profesional desde el principio…

Referencia

Arango, E. L. (2016). Mundos invisibles: Una guía para comprender el viaje del alma de regreso a su hogar y contactarnos. Colombia: Penguin Random House

Hilos de colores

Nuestra percepción sobre las relaciones que forjemos depende especialmente del vínculo que establezcamos con las mismas. Los vínculos son como hilos que van de un lugar hacia otro, y muchas veces retornan. Imaginemos que, con cada persona «importante» para nosotros, nació un nuevo color de la gran e interminable paleta de sentimientos y emociones.

Un vínculo seguro, se caracteriza porque la otra persona fomentó la satisfacción adecuada de las necesidades emocionales. Son las personas que te devuelven todo aquello que tu das, y más. Y es maravilloso, porque ocurre sin necesidad de pedir algo a cambio.

Hay personas que elegimos como parte de nuestro círculo primario de apoyo, a quienes volvemos en busca de una mirada, de una sonrisa, de un abrazo, en búsqueda de un hogar.

Esas personas se van haciendo espacio en nuestros momentos de mayor serenidad, y son a quienes, cuando hay dificultades, uno recurre justamente para volver a ese estado, pero ¿Qué hacemos cuando el vínculo ya no es bidireccional?

Perder a algún ser amado resulta tan doloroso que es difícil explicarlo con palabras. Tras muchos cuestionamientos, avances y retrocesos, uno llega a «aceptar». Aprende que el «perder», no se consolida en un resultado, si mientras duró pesaron más todas y cada una de las ganancias acumuladas.

Se nos vienen pérdidas de todos los tipos, una de ellas, y probablemente una de las más complejas, es la muerte. Tema en el que me centraré en este artículo.

El duelo es un proceso no lineal, uno avanza tres pasos, retrocede dos, y de pronto parece una danza a oscuras.

La fase de negación puede reaparecer en las temporadas más grises, cuando más «se le necesita», y no deja de sorprenderme como vamos buscando nuevas sensaciones de amor con esa persona, tal cual niños(as) buscando a alguien en el juego de las escondidas, aunque en el fondo, sabemos que esta vez no vamos a encontrar lo que buscamos, o por lo menos no, de la forma en la que insistimos en hacerlo.

El notar que quien sostenía el «hilo», ya no está más, deja muchos sentimientos «en el aire». El miedo y la angustia, que no eran parte de esa relación compuesta por un apego seguro, se vuelven novedad. Pero tengamos presente, que esto no lo genera la persona que falleció, ni nosotros mismos, es un proceso tan natural y espontáneo, que en diversas oportunidades nos encontraremos de frente con cada uno de los sentimientos, y allí, entenderemos que el color del hilo especial que tuvimos, se ha quedado grabado, en uno o varios cuadros de nuestra vida, tal como si nos hubiesen tejido, hacia lo más profundo de nuestra forma de ser, con ese hilo.

En este proceso entran a tallar diversos factores, uno de ellos son los conceptos que le vamos dando a la muerte, en todas nuestras etapas de vida: Las experiencias previas, el haber tenido o no la oportunidad de despedirnos, nuestra propia filosofía de vida, y también el como observamos que las personas que nos rodean asumen su propio duelo.

Algo que con el tiempo reconforta, es el empezar a agradecer por las experiencias compartidas, pasearnos por la mente como recolectores de bondad.

Este es el punto de inicio para comenzar a reconciliarnos con la muerte.

Por otro lado, ¿Qué sucede cuándo el vínculo nunca fue bidireccional?

El duelo ante relaciones en las que se estableció un apego inseguro (Evitativo, ambivalente o desorganizado), deja un sinsabor, ya que en este caso, probablemente no logramos asignarle un «color al vínculo».

Imagina perder a un padre / madre que fue ausente emocional y físicamente durante toda tu vida. En este caso, el dolor se basa más, en que con la muerte, se agotan esperanzas, se interpreta la imposibilidad de lograr establecer una conexión que retribuyese.

En este tipo de relaciones, ya se percibía angustia, malestar, aunque la muerte, trae de vuelta y refuerza el vacío.

En estos casos, perdonar y agradecer la ausencia, podrían ser grandes aliados para sanar el duelo… ¿Agradecer la ausencia?, Reaprendamos que no todos «tienen que estar», sea cual sea el rol asignado. Hay veces en la vida en las que la ausencia, resulta menos dolorosa que la presencia.

Aunque no deja de ser importante el reconocer, que hubo una relación con esa persona, y con ello, un conjunto de sentimientos y emociones, que con el transcurso del proceso del duelo, serán más claras y podremos dejarlas ir.

Este es el punto de inicio para comenzar a reconciliarnos con la vida.

Luego de una pérdida significativa, uno ya no es el de antes, y en ninguna de las fases del duelo encontrará una identidad definitoria. Solo hay que seguir caminando, mientras nos vamos reconociendo de a pocos. Siendo más conscientes del gran significado que tiene la muerte sobre la vida, y viceversa.