El uniforme del alma (Parte II)

Una opinión de por qué somos como somos (continuación)

El buñuelo, con su traje esmerado y pulcro con una capa de rudeza

Lejos de describir una figura con grasa, circular y llena de gozo por ser una muestra culinaria que es accesible a todos los paladares. La figura del buñuelo es muy particular, de las clásicas figuras del alma, esta es la más compleja de describir, más que una caracterización de traje o armadura, es una actitud. Dicha postura ante las circunstancias, pescan a incautos que ante el pecado de sucumbir en la traición o de dar desdicha, son capaces de volverse raudos e inflexibles, algo así como cuando dejamos un buñuelo mucho tiempo en la intemperie ¿qué le sucede? se daña, se atrofia, no vuelve a ser quien era, su postura aunque refinada y aparentemente accesible no vuelve a ser la misma ni desea serlo, es fiel creyente a sí mismo y se escabulle ante el daño, es diplomático en sus maneras pero firme en sus convicciones.

¿Por qué un buñuelo? sencillo, ¿Quién se atreve a decirle que no a un delicioso y accesible buñuelo? es de las almas más accesibles cuyo uniforme pulido y perfumado invitan a conocerlo. Piensa, aquella persona que conociste en algún momento de la vida y te pareció sumamente amable, bondadosa, recta en sus actos, convencida en lo que piensa y seguro de sus maneras ¿la tienes? ahora, piensa ¿Cómo luce regularmente? Esto, ya te lo dejo a tu cargo. Ahora bien ¿Cómo surgen los buñuelos?

En un mundo donde la soga del juego de la vida siempre está halándose de un lado a otro, es común ver que alguien ceda y haga caer a todo el equipo, no por el sentido del deber y por sacrificio como nuestra alma anterior, no, lo hace desde el punto de vista de los ideales, y lejos de verlo como una derrota, lo contempla como una manera amena de relacionarse a través de las ideas, genera familiaridad de grupo cuando persuade a otros para que vean más allá de lo aparentemente evidente. Esta alma, desde muy pequeña se adaptó a observar y tomar acciones rápidas y prácticas para vivir, más que sobrevivir, apreciando el mundo que le rodea, obtuvo para sí la dicha de ver que las personas mejoran desde las buenas maneras, desde las palabras, evitando conflictos en lo máximo y dando la cara cuando es necesario. 

Asimismo, valoró como posibilidad magnífica la de ir por la vida adoptando posturas ajenas, como bien diplomático (el mejor de ellos), se las arregla para no ceder en sus ideas, pero, convencerte a ti de las suyas. Su esencia, es desperdigar carisma, bondad y aceptación. Pero, a veces, tras de sí guarda una faceta que a veces le disgusta.

Resulta que muchas veces la actitud de estar abierto a otros le juega en contra, y sufre reveses, le traicionan, surgen rumores sobre su forma desairada de proceder, recriminan su aparente falta de frivolidad, no se permite en ocasiones extender la mano a quién no ha observado en “buenos caminos”. Como un agente de negocios, sabe qué recursos dar y cuando, sin embargo, el problema yace en por cuánto tiempo los seguirá dando, al igual que la armadura de acero del deber, en muchas oportunidades, se pierde en una dulce nube de sonrisas, olvidándose de cómo proveerse a sí misma. Es aquí cuando esta alma sucumbe a presiones y se desgasta en dejar todo en orden y de manera cálida ¿qué le ocurre después? bueno, lo que le ocurre a un buñuelo al dejarlo tiempo demás en el fuego.

El mastranto seco, la armadura corroída

Quizás el uniforme de alma más apesadumbrada.  Todo mal, todo terrible, todo es caos, fuego lúgubre y deceso mientras vive. Su gestación es de lo más curiosa, de las almas descritas, aquí, tal vez no exista un desarrollo traumático desde el inicio, no, se trata más bien de cómo configura en su ser cada estímulo, tanto los “buenos” como los “aversivos”, este tipo de alma puede volverlos en su contra. 

El niño que desde pequeño comprendió a su modo que ser consentido era sinónimo de ser un desfavorecido que necesita siempre muestras de afecto o aquel que siendo pequeño fue puesto a prueba innumerables veces y aceptó para sí la idea que para ser respetado y valorado requiere pruebas de desgaste altísimas, puede convertirse en un mastranto seco. Así, encontramos a aquellas almas que en su adultez malinterpretan los acontecimientos de la vida bajo una lupa distorsionada, como si vieran a través de un espejo opaco, oscuro y sin rastros de espacios de alegría y luz.

Son excelentes previsores de lo malo, pues, al verlo todo mal, son ellos los primeros en ver la quinta pata al gato, defectos en otros y en sí mismos son nombrados en infernales listas que se repiten constantemente como mantra para seguir corrompiéndose, la lista de aparentes castigos nunca cesa, más bien, se incrementa, en una temporada es la apariencia, en otra, es sobre los logros, más allá en el tiempo, son las mujeres o los hombres, y luego ¿qué más? lo que sea, lo vital es quejarse, malinterpretar lo que sucede allá afuera, verlo desde el caos, entenderlo como una lucha de poderes inalcanzables que sólo se apacigua con aquel más “fuerte”, básicamente con aquel capaz de zanjar temas a su paso a través de la dominación sin contemplaciones.

 Se debe rescatar al mismo tiempo, que son amantes de lo bello, del arte, las manifestaciones de lo estrictamente hermoso (según los criterios de ellos); y tal postura no debe impresionarnos, dado que al no ver casi nunca la luz al final del túnel o el vaso medio lleno sino siempre vacío, observan a lo lejos como voyeurs distantes los pocos tintes bellos que la vida les da, y generalmente, es el arte puro quien se los da.

Del mismo modo, en la vida relacional, no pueden ser de otra manera, su malherida esencia se ve tan vulnerable que respaldan toda muestra de cariño que dan como una manera de anteponerse por encima de otros, no es amor, ni cariño real, es cariño y amor por la dominación, por fingir (a veces) que realmente quieren y son queridos y aceptados, lo cual es la parte más importante y lo que constantemente buscan, pues, como hemos visto, el repudio ante sí mismos es elevado. 

De esta manera, cada soplo vivencial, lejos de ser un aprendizaje para el futuro, una enseñanza de cómo proceder de mejor y de manera más sabia se convierte realmente en una tortura interna de pena y recriminación constante, un concierto de gritos e improperios para sí misma que lo único que hacen es dejar un alma desnutrida, sin fuerzas, que mientras más se hunde, más fuerte y raudo se hace por fuera, qué mejor manera de esconder vulnerabilidad que mostrándose con rejas y abarrotes de hierro, no obstante, no se dan cuenta que dichas estructuras, con el tiempo y embate de los cambios, se corroe y se rompe, tal como ellos, que, de no cuidarse y entablar el rumbo a un lugar más estable sucumben a sus impulsos o los de otros y son neutralizados de manera violenta o “apacible”, es decir, tras cada “derrota” se embotan en sí mismos, siendo incapaces después de sentirse fuertes quedándose estancados para siempre.

¿Cómo se relacionan entre ellas?

Las almas van por allí uniéndose de la manera más impensable, pero, a mi modo de ver, existe una relación interesante entre el buñuelo y el soldado de élite del deber ¿razón? muy sencilla, uno le muestra la ligereza con que se puede tomar la vida y el otro le enseña cómo manejarse de manera recta acompañada del placer de cumplir, se enseñan y contribuyen en muchas ocasiones, no obstante, se restan y eclipsan cuando existen desfases en cuanto al placer, por un lado, la armadura del buñuelo grita hedonismo y el soldado de élite pregunta ¿por cuánto tiempo? Es decir, no desdibuja del horizonte el sentido de cumplir. Entre malabares y cariño, se van conectando y triunfa, si lo hacen lo suficientemente bien, el amor.

Pero, el mastranto seco ¿cómo surge y con quién? Por un lado, con el soldado de élite del deber, puede llegar a contemplar por un lado la idea de dar y sentir satisfacción, sin embargo, verá a corto plazo, cómo obtener algo más que eso. De ese modo, la relación puede que se estanque y al estar el soldado pavimentando el camino y el mastranto simplemente quejándose de todo lo que debe hacer, todo acabe muy pronto. Aquí el sentimiento de héroe vencido del deber será el que de el primer paso después de múltiples oportunidades. 

El mastranto y el buñuelo, son una pieza casi idílica. No se sabe cómo, ni se sabe porqué, pero la dulzura del buñuelo puede penetrar la barrera  dura y fría del mastranto, con carisma, alegría por la vida y muestras de cariño puede que ceda un poco ante los manjares que pueda ofrecerle, no obstante, la tirantez y estado de ánimo de quejas constantes, una postura casi eterna y en contra del disfrute pueden hacer que se socave la idea del amor y cariño. Simplemente, uno se marchará por creer al otro demasiado inflado de aire y que está volando contra la gravedad y la realidad de la vida apesadumbrada que existe, mientras que el otro, lo ve como una manifestación amorfa de lo malo, donde no hay momentos para compartir ni sentirse aceptado ante los pequeños placeres de la vida. Simplemente, no es para mucho tiempo.

Justificación y aclaraciones

Hace mucho tiempo, entendí en la labor pública del ejercicio, que hablar es una cosa que debe tomarse con pinzas ¿cómo hablarle de esquemas y de estructuras mentales a aquel que solo sabe de su trabajo y de nada más?, ¿cómo llegarle a aquel adolescente que por su característica intrínseca solo quiere irse y no escuchar nada? Ante estas instancias, comprendí que existe un idioma aparentemente universal: las narraciones. Si, por supuesto, con embellecedores y adjetivos a morir, claro que sí (pero solo aquí, por ahora). 

No obstante, cuando son bien aplicadas pueden dar a luz a quien antes solo veía tedio de asistir con el “especialista”. Y esta última palabra queda entre comillas porque, a mi parecer, no es especialista quien tiene un pergamino italiano que lo afirma, no, es quien puede emplear todo su saber en quien lo necesita y así, sí este lo decide, mejorar y trascender. Hasta aquí la justificación.

Ahora, como breve y última aclaración, el término uniforme me parece apropiado sí tomo como punto de partida, un elemento que es invariable. Así, el alma es muchas veces intransigente, se queda en una misma posición y forma de ver, a menos que claro, contemple su existencia y decida elevarse por encima de sus circunstancias, pero, sabemos que no siempre es así. De este modo, me despido, recordándote que no todo está perdido, que no todo es teórico y no todo se puede explicar con términos precisos, muchas veces, necesitamos contar como si de niños se tratara  y así, ver al otro como un igual que me enseña y no me hace menos. Finalmente, ¿Cuál es tu uniforme de alma?, ¿te diste cuenta de que existe?, ¿Cómo la caracterizas y que harás de ella?

El uniforme del alma: una opinión de por qué somos como somos (Parte I)

Empecemos con una alerta importante, este artículo que más tiene de ensayo que de otra cosa, se apropia de una idea y es la de describir desde mi punto de vista, cómo muchas personas actúan según su esencia. Por ende, al ser un aspecto tan subjetivo y tan poco apegado al sentido teórico que nos caracteriza, te invito a ti, estimado lector a tomarte este asunto como si fuera la vida: suave, sin darle mucho a la cabeza y sin tomártelo muy a pecho. Empecemos.

En primer lugar, quiero definir lo que comprendo por alma, y ante esto, reflexiono a partir de tres instancias: ¿cómo surge?, ¿cómo existe en nosotros?, ¿qué sucede tras perecer? Siendo así, tú, que estás delante de este escrito ¿qué respondes?, ¿qué opinas?

Primordialmente, creo que surge a partir de las vivencias, se va configurando desde la más temprana sensación. Es decir, desde que nos gestan, el intercambio madre-hijo deja una huella neuronal que va marcando un ritmo, una forma de ser. Algunas veces es Hakuna Matata y otras veces es “córtenle la cabeza”.

Ante el desfile de la vida, marcha sin descanso, jadeante y con la mente en alto quién todo esfuerzo lo ve como cualquier cosa, es esa persona cuya máxima  siempre es defender, es asiduo seguidor de aquella célebre frase que dice “en la vida, he sido un hombre afortunado, pues, nada se me ha hecho fácil”. Sí bien a veces reniega de tantos esfuerzos, muchas veces, ésta es su única moneda de cambio.

De este modo, el surgimiento de cómo nos movemos en la vida, lo que nos hace ser nosotros, para mí, viene desde que integramos experiencias a nuestro ser. Así, se va desenvolviendo paso a paso mientras nos desdoblamos en la vida, y sí tomamos consciencia de esta “esencia” de cómo nos ayuda a guiarnos en diferentes situaciones entonces podemos decir que existe, ya que ¿cómo es posible decir que tenemos algo sí no hay consciencia de ello? Podemos verbalizar un “no sé qué” y allí, decidimos indagar y podemos comenzar a darle forma.

Queda, por último, resolver el asunto del después ¿qué ocurre luego? Y aquí me adhiero a algunas perspectivas que hace no mucho escuché de parte de un gran amigo, sobre una visión celta que habla más que del alma, de la reputación, cuando la cosechamos de una manera prodigiosa, con esmero, independientemente de lo que podamos tildar de “bueno o malo” esta quedará por siempre en la vida de aquellos a quienes se les contactó. Y más allá de eso, sí quedan registros de los productos de nuestras acciones, entonces, habrá una prolongación más allá de aquellos a quienes conocimos en persona. Esto es, por ejemplo, cuando tenemos contacto con ese sentimiento de bondad que podemos recoger cuando leemos un texto de parte de un personaje, o, por el contrario, ese repudio y rechazo que obtenemos al ver en los medios sobre aquella persona que cometió una serie de atrocidades. Estas personas, aunque hayan fallecido generan algo en nosotros, develan con sus actos de qué forma se dieron a conocer ante la vida y sus semejantes.

Así pues, relaciono los conceptos de alma y reputación en uno similar, ya que al no ser ninguno algo que podamos tomar con nuestras manos y ver sus características de manera figurativa, si existe un paralelismo en cuánto su importancia, su capacidad de ser “percibido” por quien repara en ellos, y así, se da cuenta de su existencia.

Algunas tipologías

A continuación, veremos algunas manifestaciones un tanto clásicas en su versión fortaleza y en su manifestación de defecto. Te darás cuenta apreciado lector, que muchas veces aquello que más nos caracteriza, si lo empleamos en exceso puede convertirse en un artificio en nuestra contra, por ejemplo, cuando nos excedemos en regar a nuestras plantas ¿Qué ocurre? El exceso de un recurso en detrimento de otros se vuelve en contra y perece aquello que queríamos cuidar. De igual manera, es conveniente comentar que pueden existir mezclas, es lo más natural del mundo, pero, habrá algunos indicios de una tipología más marcada que otras.

“Me Gustan Uniformados” El deber con Su Uniforme Lustrado

Indaguemos. En una temprana infancia, el alma aún desnuda fue bastante observadora, se dio cuenta que su medio no era de fiar, había compromisos de los que no podía zafarse, debía responder, debía satisfacer, debía sobrevivir. Así, se dio cuenta que “deber” y “querer” se forjaron como uno solo, comenzó a creer que el hacer cosas por y para otros no era descabellado, que había gozo en cumplir. Tomó las obligaciones de manera plácida, para todos fue siempre la persona espléndida, que lejos de dar problemas, se ocupaba de ellos ¡caramba, qué coincidencia! Un soldado de élite. Enfermo a veces por las reglas y porque los demás las cumplan.

Esta alma, se vio envuelta en presiones muy altas, denotaba a profundidad las complicaciones de la familia, aquellas mentiras de las que debió hacerse cargo porque parecía que nadie quería ocuparse, por lo que el clima familiar sentía que recaía sobre sus hombros pequeños. De este modo, se forjó para sí misma hombreras antes que un vestido para tapar su desnudez, de tal manera que sus compromisos por muy pesados le hicieran seguir caminando. Sin embargo, también notó, que requirió botas de combate, dado que el piso por donde debía correr sin querer realmente hacerlo, era pedregoso, muchos obstáculos había como para ir a pie descalzo, de igual manera, requirió un yelmo, alto, con penachos, pues, su inteligencia para ocuparse de los problemas era su mayor logro, así que al enorgullecerse de sí mismo decidió decorar aquello que aprendió que le haría feliz. 

Al desarrollarse y llegar a la adultez, esta alma, ya con heridas de guerra, suspicacia en sus ojos, mucho sosiego ante los improperios de otros, recato al actuar y dulzura contada solo para algunos pocos se yergue orgullosa. Mira el amanecer de todos a los que socorrió, pero ¿dónde está su propia vida? Se pregunta. La verdad nadie lo sabe. Se ocupó tanto de cumplir, de ser quién está dispuesta a servir que no sabe qué hacer por sí misma. 

Comprarse cosas, mimarse, pensar en ella antes que, en otros, anteponer sus deseos alocados antes que el qué dirán le resulta un desafío, el más peligroso que jamás ha presenciado y apenas y sabe combatirlo. No hace falta decir que le duele todo su ser cuando de pedir un favor se trata o pedir lo que sea, simplemente el recibir no está bien adaptado en su diccionario. 

Aquí, se dio cuenta que su primera divisa se devaluó ¿Qué herramientas puede emplear ahora? Su lustrosísima armadura no tiene nada similar, pero, con errores y aciertos contempló como armadura el poder decir que no sin que esté en juego su criterio y virtudes, se permitió volcar su consciencia a la locura y hacer lo que le antojaba según el momento, además dejó de darle todos sus recursos a otros y pudo darse aquellos que sintió que merecía tanto material como inmaterial, y por sobre todo, se dio el tiempo para contemplar la posibilidad que tal vez el amor que merece y quiere recibir van más allá de lo que pueda hacer, notó que la noción de cariño y amor viene por quién es, y no solo por aquello que puede fabricar en cuestión de minutos. Esta fue, la armadura del deber, su uniforme dentro de las almas era la más pesada de todas.

Hasta luego

Me despido por ahora, en el siguiente apartado comentaremos sobre el simpático buñuelo y la armadura corroída, espera paciente la segunda parte.

APROXIMACIONES CUANDO ESTÁS SIN ALIENTO

GUÍA PARA DESFALLECIDOS

Una herida no es simplemente una abertura que emana molestias y dolor, muchas veces se puede representar como aquel recuerdo que llega y arde o aquel sentimiento que irrumpe y desacomoda la vida diaria. “Quiero morir” para esos sujetos que piensan en palabras y una “vista” de venas abiertas para otros quienes piensan en imágenes, para cualquiera de los dos casos, sufrir se traduce en no poder actuar y simplemente encerrarse en un bucle de tareas rutinarias que silenciosamente roban la vida y suspiros de mejora ya que en cada momento de ocio el dolor hace su acto de presencia.

No poder concentrarse, no querer comer, aunque el hambre ataque y haga de las costillas su saco de boxeo, no desear ir al sanitario y esperar que el esfínter empuje a regañadientes a la víctima para que pueda por obligación hacerse cargo mínimamente de sí mismo, no peinarse dado que es una serie de actividades que devoran las energías, no hablar porque profundiza la agonía de soportar la de uno mismo y ahora la del otro que se preocupa. Así, se vive a grandes rasgos un proceso de enfermedad cuando un estado de ánimo alicaído derrumba el sistema inmune.

El gran imperio que otrora se erguía orgulloso ahora ve cómo se derrumba tras cada negativa por buscar alivio ¡es que cuesta tanto! ¿Cómo levantarte y telefonear al médico si no estás ni seguro de poder/querer mejorar? Es lanzar todo por la borda en un proceso que para otros puede ser insignificante, y esa distorsión cognitiva que carcome y hace pequeña la enfermedad impide ver focos de esperanza. Qué complicada la conciencia de enfermedad. Ahora, revisemos puntos claros, un croquis de un proceso febril que deja como secuela un alma rota que se recupera aliento tras aliento.

El lugar de los hechos

El altar, la habitación en podredumbre o la oficina del alto edificio. En cualquier lugar un proceso de enfermedad puede ocurrir, se gestó en un lugar distinto posiblemente, pero, se vive en aquel donde se pasa más tiempo, convirtiéndolo en un refugio hostil. La luz molesta, el sonido familiar y predecible retumba como grandes elefantes en el pasillo y lo que antes era encantador como el orden, la limpieza o los ventanales ahora no son más que obstáculos que usurpan la paz. Al mismo tiempo, es un refugio encantador, porque es mejor que estar apabullado del ronroneo inquisidor de todos en una fiesta, por ejemplo, tolerando esos ¿cómo te va? O “te ves fatal”, de muchos quienes notan el pesar.

La vida evolutiva

Como en el examen mental de cualquier especialista, la alimentación, el sueño y hasta el sexo se ven cuestionados en el interín mental. ¿Para qué comer si el organismo ruge por la molestia? No obstante, el ánimo empuja al ayuno, ¿para qué despertarse? si el sueño es ese placebo que calma el tintineo de la muerte, o, al contrario, para qué dormir si las pesadillas y el malestar corporal acompañado de espasmos y dolencias quitan a Morfeo de la lista de placeres. Y finalmente, el deseo y la libido son simples recursos de mala calidad que ni siquiera se atraviesan porque la anhedonia (incapacidad para experimentar placer) se apoderó obsesionada de la persona, como una amante en celo que se impulsa por aniquilar a su huésped.

El organismo descompuesto

            Como si de Kafka se tratara, comienza una nueva apreciación de uno mismo. Poco a poco nos desprendemos de la piel en una metamorfosis de la salud al deterioro total, empieza por el aspecto físico.

            “Qué cara traes hoy hija, maquillate”, “esta ropa se hace tan incómoda, ni me queda bien”, “el sol no calienta suficiente hoy, qué clima tan hostil”. Y así vamos sumando quejas sobre el entorno. Luego, pasamos al ámbito mental, el más escabroso.

“¿Cuándo se acabará esto?”, “doy todo por estar en casa acurrucado, esto de fingir desgasta”, “ahora viene aquel con su energía cocainómana ¿de dónde sale tal actividad?”. Y así en más, todo lo que involucra procesos de planificación se ven totalmente anonadados por el medio y las exigencias.

Finalmente, en la destrucción de la podredumbre, tenemos la capacidad inhibida de lo emocional. Viene representada por dos momentos que muchas veces pueden ligarse, lo cual puede traer consigo algunas inquietudes.

El tipo irritable: “no me ayudes, ya para molestia estoy yo solo”: son aquellos que repudian el contacto con otros, ven a los semejantes como entes que pululan sin ton ni son, en el fondo, existe un repudio por el estado de salud y bienestar que según ellos poseen. Además, existe el deseo de no querer tolerar sus maneras, ni gestos, porque involucra responderles y no hay cabeza para ello. Al mismo tiempo, los problemas del mundo hasta el más grave se ven como un acto insolente “¡qué me importan otros si yo estoy hasta…! Una característica importante es que no desean abiertamente recibir ayuda aunque muchas veces sepan que la necesitan, simplemente se regodean en el dolor confiando en sus desfallecidas fuerzas y esperando además que el otro comprenda que su dolor es tan grande que no tendrá cura (al menos no tan pronto).

El tipo victima: “te necesito, desfallezco sin tu apoyo”: son aquellos que a viva voz expresan su malestar y dolor, piensan que contándoles a otros su pena esta será distribuida equitativamente y de ese modo la mejora llegará. Claramente sociables, no repudian la compañía la ansían y muchas veces en su estado lo multiplican para hacerse aún más merecedores de apoyo y cariño. En cuanto a la percepción de sus problemas y el de los otros, comprenden que existen más dolencias en el mundo, pero las de ellos está en primer lugar “sí, a la Tía Feli le sucedió, ahora yo me siento peor, y además que a mí se me empeoro porque tuve mala suerte…” más leña al fuego. Se caracterizan primordialmente por su afán de esperar cuidados y mimos, quedándose profundamente dolidos si no lo reciben o si no es de la manera que esperan.

El tipo mixto: “necesito ayuda, pero si lo digo me van a cuestionar, si me preguntan digo lo que sucede”: estos tipos que se ven mezclados en sus expresiones de enfermedad son muy comunes. Por un lado, les molesta las injerencias que otros puedan tener sobre su enfermedad “eso te sucedió porque tu no hiciste, dejaste de hacer o seguramente permitiste…” es decir, se vuelven ariscos ante las arremetidas de terceros que lo responsabilizan del proceso de enfermedad; al mismo tiempo, arremeten contra otros porque se sienten pesimistas sobre su recuperación sobre todo considerando los datos que tienen sobre el mundo “no me recuperare, la tasa de muertos por X enfermedad supera la de los recuperados y yo con mis problemas no voy a poder…”, ante esta actitud evitan también contar lo que les sucede y así ahorrarse las penurias negativas de otros. Pero, así como se acuartelan en su malestar, también añoran los mimos y cuidados de otros, se sienten desprotegidos por su cerco social que ellos ayudaron a formar, sin embargo, sí existe una mano piadosa, la toman aunque con reservas, pues, gustan de sentirse respaldados ante la adversidad.

¿Qué sucede cuando no me siento enfermo pero tengo diagnóstico?

            En primer lugar, podemos hacer referencia a una acomodación mental, es decir, el organismo se hace a la idea de que el estado de bienestar anterior, ya no será “pleno” sino que tendrá que enfrentar obstáculos. Sucede por ejemplo en enfermedades crónicas como la diabetes, donde la persona debe contemplar la idea de tener que ajustar su ritmo de vida, hábitos alimenticios y tener actividades físicas regulares para lograr mantener una vida estable. Pero esto, es apenas el inicio.

¿Y, si no quiero?

Para nadie es un secreto que estar enfermo para algunos puede significar una alegría malsana pero agradable, por ejemplo, si calificamos y tildamos a algunos de “perversos” podemos decir que hay personas que gustan de ser cuidados y regodearse en el dolor por sentirse incapaces de no hacerse consigo mismos. Entonces, de esta “especie” humana surge una aleación muy compacta de cuidador-enfermo, provocando serios problemas de dependencia en ambos.

            De igual manera, existen los del tipo que desean con todas sus fuerzas el clamor de la vida y buscan alternativas a toda costa: homeópatas, medicina oriental, occidental ¡lo que sea! Y consiguen en su camino aliados e incluso admiración, logrando a veces el cometido: vivir.

            Al mismo tiempo, están los que se resignan a su diagnóstico y lo abrazan, no estamos hablando de personas que quieran directamente fallecer, que los hay, pero, en este momento haremos referencia a aquellos que ya dan la batalla por perdida debido al peso que supone. Para ustedes, los que en el fondo quieren dejarse de lado y dar todo por vencido, mis palabras:

“Me permití decidir no comer, hasta que mi organismo no fabricó el hambre.
 Decidí no dormir, hasta que la vida me empujo a bostezar.
 Me permití no relacionarme, para evitar más dolor, me censuré duramente.
 Descubriendo así el abandono y desamparo.
 Decidí cerrar mi alma, hasta que me vi sola y con sed de ternura.
 Me permití hacerme la fuerte, y de pronto descubrí que soy solo de carne y hueso.
 Descubrí la importancia de percibir el aroma del peligro, cuando dejé de notarlo.
 Y así más instancias, en un momento optadas, las fui perdiendo.
 Dándome cuenta después, que no eran opciones.
 Era mi vida, latiendo.
 Vive, lucha.”
 

DÍAS DE DUELO: Descendiendo por la madriguera

Mi peor miedo, desde que era una niña, era que algún día, él me faltara.

A mis treinta y uno, ese miedo vino a casa, estaba allá­, yo no sabí­a, surgió de pronto, y así un martes de madrugada me enterarí­a que mi padre, abuelo materno, maestro, y mi gran amigo habría fallecido, aún sigo oyendo el eco del dolor de ese día.

No querí­a perderlo, no aún, no así, ¿Quizá nunca?

En ese momento sentí cómo la muerte se habí­a apoderado también de mi vida.

Es tan abstracto el amor, que el cuerpo que lo habita es el instrumento que nos permite materializarlo.

Desde hace unos dí­as, he vuelto a uno de mis libros favoritos «Alicia en el Paí­s de las Maravillas», y ahora que trato de explicar lo que siento, mi mente evoca lí­neas de sus fragmentos. ¡Jamás me habí­a sentido tan Alicia!

Capítulo 1: En la madriguera

Siento que estos dí­as los podrí­a representar la escena en la que Alicia caí­a hacia lo más profundo y oscuro de la madriguera por tratar de seguir a su admirado señor conejo, para no perderlo.

Para contextualizar, el relato dice así:

«La madriguera del conejo era en lí­nea recta como un túnel, y después torcí­a bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecí­a un pozo sin fondo. O el pozo era en verdad profundo, o ella caí­a muy despacio, porque Alicia, mientras descendía, tuvo suficiente tiempo para mirar a su alrededor y para preguntarse qué iba a pasar después. Primero, intentó mirar hacia abajo y adivinar a donde irí­a a parar, pero estaba todo demasiado oscuro para distinguir nada».

Aún me siento cayendo, y a veces me da vértigo no saber cuándo encontraré tierra firme nuevamente.

Sentir que no puede permanecer fí­sicamente lo que más has amado en la vida, es superar cualquier umbral de frustración, no hay marcha atrás.

Es triste reconocer que con la muerte se agota la posibilidad de tener nuevas experiencias junto a la persona amada. No habrá más abrazos, ya se escuchó su risa por última vez, no podré repetir la sensación de calor de estar recostada en su pecho, sintiendo los latidos de su corazón.

No voy volver más a casa, pensé. Y, no me referí­a al hogar de material noble en el que habí­a crecido, me referí­a a ese espacio triangular que se formaba entre sus costillas, en el que me refugiaba, en el que me sentí­a siempre a salvo.

Sé, que cómo yo, en estos momentos, hay muchas personas cayendo por la madriguera, por eso me atrevo a escribir algo tan personal, aunque no forma parte del diario que suelo escribir, lo que siento contiene un dolor puro, cómo le dice mi psicóloga, y si hay alguien atravesando por una situación similar que me está leyendo, quiero que sepa, que literalmente, lo siento mucho.

Este tiempo de distanciamiento, convierte cualquier episodio de transición de vida, en algo distinto. El homenaje que solemos tener en un tradicional velorio, el poder abrazar a tu madre y a tu familia para llorar en coro, la despedida usual, no es una opción dadas las circunstancias.

Tener que adaptarse a la pérdida, mientras nos adaptamos a esta forma de vida, transforma el dolor en inquietud, en incertidumbre, en angustia.

Desde que partió, vengo cuestionando cada una de mis creencias, me he reseteado más de una vez, pero aún sigo en la madriguera buscando a mi amado padre. Y, asumo que parte de mí­, se quedará en esa espiral de tiempo, hasta que nos volvamos a encontrar, porque contra todo pronóstico, no puedo resignarme a pensar que, aquí termina, nos faltó tiempo para amarnos, para reí­rnos, para abrazarnos.

Quizá sea uno de los textos más emotivos que me permita publicar en este blog, pero el objetivo sigue siendo el de aprender. más allá de una teorí­a o de ciencia, hoy escribo en nombre de la experiencia… Y sólo puedo decir que, nuestros ojos son escondites de memorias, y que, llorar me ha salvado.

Un duelo, es una perdida, y adaptarnos a todo lo que eso conlleva, trae consigo vivenciar el dolor del alma. Es necesario escucharnos, meditar, el silencio, permitirnos sentir, aprender a decir hasta pronto cada que un pensamiento de negación nos invada, y poder regalarnos un viaje al pasado cada que lo necesitemos.

El ví­nculo que entablamos con los demás, depende significativamente de la forma en la que las personas nos hacen sentir, y mi padre ha sido la persona que más ha influido en mí­.

Lo llevo dentro, es una sensación extraña, pero cuando tomo aire para seguir adelante, lo siento volviendo a tomar mi mano, como acompañándome, aunque no lo vea, aunque no lo escuche, aunque no lo pueda tocar más, este corazón mí­o, late por ambos.

Cuando tenemos este tipo de pérdidas, es cómo si el sol se escondiera, y lloviera intempestivamente, pero por dentro, es lógico que con el duelo se curse una depresión, y todo lo que eso conlleva.

Aceptar el estado de ánimo, nos permitirá tomarnos un tiempo, nuestras propias emociones serán el despertador que suene cuando estemos listos para retornar.

Por ahora, un tiempo esta bien, y es ahí donde no sólo extrañas la presencia de la persona amada, sino que, poco a poco, te extrañas a ti misma, porque ciertamente tampoco estás, ya no eres la de antes, y en medio del desprendimiento, hay que tratar de reconocerse.

El impacto emocional que trae consigo una perdida es indescriptible, pero hay mucho por hacer, y hay que empezar por uno mismo, concientización ante la realidad, desahogo, modular las emociones, pero sobre todo permitirnos sentir.

Si vienen recuerdos, voces, sensaciones, toma un momento en silencio, necesitas escuchar, presta atención, podría resultar más agotador el evitar hacerlo.

Además, el confinamiento en una situación como esta, genera otro tipo de emociones, y transforma el duelo en algo incierto, la pérdida del desahogo social, queda ciertamente limitada. Aunque, debo agregar que, con lo sucedido, los lazos con los miembros de mi familia se han fortalecido, y que, las personas que habí­a elegido a lo largo de mi vida como amigos(as), a pesar de la distancia fí­sica, me han hecho sentir como si me rodearan en un cí­rculo y me abrazaran hasta el cansancio.

Definitivamente el apoyo social en un proceso de duelo, te retorna al amor, a la esperanza.

«Reinaba en torno a ella una profunda oscuridad y solo conseguí­a ver un largo pasadizo que se abrí­a ante ella, en el fondo del cual se distinguí­a apenas la figura del Conejo Blanco, que desaparecí­a en la lejaní­a».

Para atravesar cada una de las fases de duelo, se requiere de un rol activo, necesitamos encontrar un propio significado a la pérdida, y formas de canalizar la angustia, yo he vuelto un poco al pasado, revisando videos, fotografí­as, escuchando canciones. Y mientras me mantengo en el presente, escribir me permite de alguna forma continuar hablándole.

Aunque quizá la tarea más dura de estos dí­as sea el tratar de ser una persona más justa conmigo misma, sin exigirme de más, pero a la vez, sin rendirme mientras lo echo de menos…

Después de todo, sí­ que cuando el tiempo me haga sombra, podré volver a casa, desprendiéndome de la tristeza, dejándola, antes de entrar, encima del tapete de bienvenida.

Después de todo, sé que aún puedo volver a mi refugio de colores, en dónde observo a mi padre cada que cierro los ojos, tranquilo y sonriente, en dónde lo siento, cuando observo mis manos, las que tantas veces el sostuvo, mientras las medía junto a las suyas y repetí­a, que eran las manos que más se le parecí­an. ¡Prometo construir lo mismo que hiciste con las tuyas, cuidándonos!

Dedicado a mi persona favorita, Jaime Ernesto Alfonso Muñoz Romero