Trastorno de la conducta alimentaria (TCA) en adolescentes

Vivimos en una sociedad que nos exige más de lo que podemos dar. 

Juana, de quince años de edad: “Todo estaba bien hasta que me solicitaron, por salud, bajar de peso; o, al menos, ‘mantenerme’. Luego vinieron otros episodios en los que fui vilmente criticada por mi cuerpo, tanto por niños de mi edad como por gente muy cercana. Empecé a contar calorías, medirme la cintura, las piernas y los brazos. Buscaba comer cantidades exactas; de lo contrario, sufría ataques de ansiedad. Hacía ejercicio para quemar grasa, y cardio en exceso. Me alejé de todo y de todos, me hacía la enferma cuando había reuniones familiares con comida; me la pasaba en el baño del colegio para que no notaran que no comía, buscaba más dietas en Internet; no había otro objetivo en mi vida que bajar de peso. Llegué a pesar 36 kilos cuando debí pesar 50. Me convertí en una materia inerte. Ya no hablaba, no reía; había perdido todo lo que valoraba de mí: mi familia, mis amigos, mi personalidad, mi danza”. (en González, 2018) 

Juana Díaz con anorexia
Juana Diaz

Juana pudo salir de esta situación tan dura y difícil gracias al apoyo de su familia: “Jamás se está preparado para afrontar situaciones duras en la casa, y menos con los hijos. Y cuando esto sucede, uno se pregunta: ¿En qué me equivoqué? Hoy puedo decir tranquilamente que le doy gracias a Dios por estar en mi vida: sin Él no hubiera podido ayudar a Juana a salir de un trastorno que la estaba llevando a la tumba. Debo decir que, gracias a esta enfermedad, en nuestro hogar hemos afianzado nuestras relaciones como familia, nuestra fe se ha fortalecido y hemos servido para ayudar a otros. Juana es un ser humano espectacular”. Julieta Páramo, madre de Juana (en González, 2018).

Pero ¿qué es el TCA?

Es la relación no saludable con la comida, con la actividad física, y se puede dar por causas multifactorial, estos pueden ser: biológicos, psicológicos, conductuales y socioambientales que interactuarían de manera compleja, contribuyendo a su aparición y mantención.  

¿Quién está en riesgo?

Cualquiera puede desarrollar un trastorno alimenticio por diversos aspectos, tales como la cultura y sociedad, estos trastornos suelen aparecer con más frecuencia en adolescentes, pero, también se desarrolla en la infancia o en la edad adulta.

Cuando una persona sufre de trastorno de la conducta alimentaria (TCA), sus síntomas no solo acaban disminuyendo la sensación de bienestar, sino que, además, pueden terminar en complicaciones médicas y llevar conigo una serie de enfermedades que comprometen todo el organismo, lo que afecta el crecimiento y el desarrollo: La desnutrición, el desequilibrio hormonal, la hipotensión, y los problemas del corazón potencialmente mortales.

En el ámbito psicosocial, traen consigo un bajo autoestima, posible dismorfia corporal, temor a ser juzgados constantemente por compararse por ciertos estándares de belleza que la sociedad impone, el afecto negativo (depresión, ansiedad o culpa), el deterioro en el funcionamiento interpersonal, y la preocupación excesiva por la alimentación, el peso y la figura.

En el ámbito socioambiental, los primeros comentarios críticos sobre la apariencia y la alimentación provienen de los padres. Los conflictos familiares no resueltos, haber sido objeto de burlas, además de la presión percibida para ser delgado, entre otros, son factores de cuidado.

¿Cuáles son los síntomas?

Los síntomas varían según el trastorno, pero los más comunes son:

  • Restricción alimentaria sin control médico: saltarse comidas, disminuir las raciones, evitar alimentos que «engordan», y comer solo alimentos light o diet.
  • Adelgazamiento extremo.
  • Atracones de comida.
  • Cambios en hábitos alimentarios: prolongar el tiempo para realizar comidas, rituales, jugar con los alimentos, quitarles la grasa, etc.
  • Síntomas y signos físicos de malnutrición: alopecia, sensación de frialdad, mareos, piel seca, con manchas o amarillenta.
  • Alteraciones menstruales.
  • Vómitos autoprovocados.
  • Empleo de laxantes.
  • Hacer ejercicio excesivo.
  • Ayunos durante periodos largos.
  • Miedo intenso a subir de peso.
  • Imagen corporal distorsionada.
  • Verse con sobrepeso incluso cuando se está con bajo peso.

¿Cómo podemos ayudar a una persona con trastorno de la conducta alimentaria (TCA)?

En caso de padecer este trastorno o suscitar estos síntomas, es de suma importancia acudir a la ayuda de los profesionales de la salud que sepan llevar un tratamiento adecuado. Los padres deben mantenerse alertas ante cualquier síntoma que pueda presentar el adolescente en casa, para poder brindar el apoyo y soporte necesario. El comportamiento y las acciones que realicen los adultos en casa, son fundamentales para guiar al menor en su proceso de desarrollo.

A una persona con TCA no se le puede obligar a recuperarse, ni se le puede decir: “tienes que comer, tienes que hacer esto o tienes que hacer lo otro, deberías de parar y dejar de tener atracones, deberías dejar de vomitar…” Muchas veces el paciente con TCA no es consciente de su enfermedad, lo que implica que el tratamiento se comience, la mayor parte de las veces, con una escasa motivación para el cambio. La comprensión de estos aspectos por parte de los profesionales de la salud que tengan los primeros contactos con el paciente y su familia, serán fundamentales para el éxito de la referencia al tratamiento especializado y su posterior adherencia. El conocimiento de estrategias motivacionales puede ayudar a que este proceso resulte satisfactorio.

¿Cuáles son los planes de tratamiento?

El tratamiento se puede adaptar a las necesidades de cada persona, por ejemplo: psicoterapia individual, grupal y de familia. Atención médica y monitoreo, asesoramiento nutricional y medicamentos. 

Lo más importante es entrar en terapia, trabajar con un equipo interdisciplinario donde también esté presente un nutricionista, y se pueda contar con un adecuado soporte emocional.

Referencias

González, A. M. (2018). El valiente relato de una niña de 14 años que superó la anorexia. https://www.eltiempo.com/salud/historia-de-vida-de-juana-luego-de-sufrir-anorexia-159586

López, C., Treasure, J. (2011). Trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes: descripción y manejo. Revista Médica Clínica Las Condes, 22(1). 85-97. DOI: 10.1016/S0716-8640(11)70396-0

Gaete, P., López, C. (2020). Trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes. Una mirada integral. Revista chilena de pediatría91(5), 784-793. https://dx.doi.org/10.32641/rchped.vi91i5.1534

AEPNYA (2008). Trastornos de la conducta alimentaria (TCA). https://www.aeped.es/sites/default/files/documentos/trastornos_alimentarios.pdf

Me siento gorda

¿Acostumbras a usar esta expresión? O mejor dicho ¿la utilizas para evitar conectar realmente con mis emociones? Si busco en el diccionario la palabra «gorda» definitivamente no es calificada como una emoción, es un adjetivo que se usa para describir o referirse a una persona, y lo peor es que, en su uso coloquial, tiene una connotación despectiva. Recuerdo algunas conversaciones con mi mamá cuando estaba en la universidad, en la que ella me preguntaba cómo me sentía o qué pasaba porque veía mi poco deseo por hacer las cosas, y yo respondía de muy mal humor: «Es que me siento gorda». Quizá así me sentía, pero detrás de esa «gordura» hay muchos más sentimientos que expresar, creo que era más cómodo culpar a mi cuerpo que poder hacer un viaje a mi interior y descubrir con valentía lo que realmente ocurría.

Hoy en día me he visto usando esta frase de nuevo, y la escucho a menudo en consulta cuando atiendo a mis pacientes. Vamos a recrear una escena, voy de compras, elijo ropa que me gusta, entro al probador, me veo en el espejo, y digo: «me siento gorda». Como la gordura no es una emoción, ¿qué creen que quiero decir?, ¿cómo me siento realmente cuando veo que la ropa no me queda?, ¿será que siento rabia o frustración por no encontrar ropa de mi talla, o que me quede cómo yo esperaba?

Debido a la poca inclusión del lenguaje emocional en el hogar, no encontramos las palabras exactas para describir lo que ciertamente estamos sintiendo. El tiempo y los libros de Ciara Molina me han enseñado que, si aprendo a reconocer mis emociones, será más sencillo gestionarlas. Sigamos con el ejemplo anterior, si ante ese espejo lo que siento es rabia y lo reconozco, manejaré lo que estoy experimentando de una manera funcional.

Hasta cierto punto el decir «me siento gorda», puede ser utilizado como un mecanismo de defensa, así evito contactar con emociones desagradables que atemoriza afrontar. Esta evasión se debe a no querer desbordarse por sentir tristeza ante heridas no curadas, o por la posibilidad de ser muy cruel e hiriente al exhibir mi rabia.

El cuerpo y la mente buscan protegernos de todo lo que genere malestar, y es así que, al expresar esta frase tan cotidiana, la mente nos protege de hacer conexión con ciertas emociones. y desplazamos lo que estamos sintiendo por algo tangible, que creo poder manejar y controlar, que es el peso. De tal modo que, si mi problema es el sobrepeso, entonces puedo hacer dieta, ejercicio, o seguir un plan de alimentación, pensando que ese malestar interior va a desaparecer.

Lamentablemente esto no va ser así porque «el malestar interno» no viene por la forma de tu cuerpo ni la talla, está más relacionado a nuestra historia, autoconcepto, autoestima, valores y creencias. Este sobrepeso quizá camina con nosotros con la función inconsciente de escudo, para salvaguardar nuestro equilibrio mental y nuestra poca tolerancia al malestar; porque si me quedo con todas mis emociones al desnudo y no sé cómo gestionarlas, voy a empezar a enfermarme, o a buscar otra frase como excusa para evitar la incomodidad, preferible eso a caer en depresión o sentir ansiedad. A todo esto, se suma el hecho de que tenemos un estereotipo de belleza que ensalza la delgadez, mientras que la palabra gorda está asociada al rechazo, a la soledad y al fracaso. Haciendo una retrospectiva, afirmo que yo uso esta frase cuando me siento poco productiva o excluida.

Años atrás, llegué a pensar que mis conflictos se acabarían al bajar algunos kilos, pero así estuviera en mi peso ideal no dejaba de sentirme «gorda». La sociedad me reafirmó que siendo delgada me sentiría amada, reconocida y aceptada. Pude comprender que las industrias nos venden todo tipo de tratamiento para bajar de peso, fajas y cirugías, con la única razón de sentir estos nutrientes emocionales vitales que son señalados líneas arriba. Si bien todo ser humano necesita de estos componentes, tenemos que entender que podemos obtenerlos por otros medios y no solo a través de la delgadez; no es justo que pongamos nuestra felicidad en algo tan variable como lo es nuestra apariencia. Sé que sentirnos a gusto con nuestro cuerpo otorga confianza, pero esa seguridad debe venir de adentro, desde valorar mis logros por más pequeños que sean, sentirme capaz de amarme, de cuidarme, de permitir equivocarme para dar paso al aprendizaje; y eso debe mantenerse así tenga diez kilos más o diez kilos menos.

En la actualidad se observa muchos movimientos, así como publicidad, que se dirigen a la aceptación de todo tipo de cuerpos;  hay un grupo de modelos curvy que incluye la belleza y diversidad corporal, resaltando que el ser bonita no depende de tu talla, ni peso, ni altura, sino que es una cuestión de actitud, así como una forma de cuidado a nuestro cuerpo y mente. Pienso que el sentirnos a gusto con nuestro cuerpo no regirse por el resultado de la balanza, sino de la relación que llevamos con nosotros mismos, y que sea una conexión sana, compasiva, amorosa, y de aceptación; es eso finalmente, lo que nos va a llevar a sentirnos, interiormente, en paz.  Volviendo al término «me siento gorda», te quiero invitar a que observes qué hay detrás de ese mensaje, y cuando precisamente lo sientas, darte la oportunidad de conocer tus emociones, y aceptarlas tal y cómo se expresen, aún si son difíciles de manejar… toda emoción, entendida y manejada, nos orienta a una transformación para bien.

Así como esa frase nos lleva a una invitación, también el concepto de «delgadez» nos regala un mensaje; a lo mejor no es solo sentirnos esbeltas sino que se trata de reflexionar lo que proyectamos al decir: «quiero sentirme delgada». ¿Será que deseamos sentirnos amadas, capaces, libres, reconocidas, tranquilas? Lo importante de identificar el mensaje oculto, es que abre posibilidad al cambio. Si yo sé que quiero sentirme amada, ¿qué puedo hacer para demostrarme a mí misma ese amor anhelado?, ¿acaso será poner límites? Trabajar en mi autoconcepto, permitirme momentos de soledad donde tenga un diálogo interno sano y apacible, ser leal conmigo misma, y aprender que, ponerme en primer lugar en los momentos indicados, no me hace egoísta. Cuando defina cómo me quiero sentir, dejaré de depositar todo mi poder en el peso, y empezaré a tomar responsabilidad de la vida que quiero tener. ¿Vas a esperar estar «delgada» para sentirte libre?

El Gusto está en la memoria

Escribir es una acción comúnmente solitaria que se manifiesta mediante la comunicación intrapersonal. Esto quiere decir, que el escritor no tendrá una retroalimentación inmediata del lector, no podrá apreciar su comportamiento no verbal, ni escuchar los comentarios que emitiría al leerlo.

Por eso, ¿qué te parece si para mejorar nuestra interacción hacemos el siguiente ejercicio juntos(as)? El fin es que construyamos el vínculo de por lo menos haber tenido esta misma última experiencia culinaria.

Este ejercicio requiere que abras el cajón de tentaciones. Si, ese que espero tengas lleno de golosinas. Ya con el bocadillo entre las manos, en mi caso un trozo de chocolate, puedes proceder a acercarlo lentamente a tu boca (durante el trayecto lo habrás mirado por unos segundos y habrás aspirado su aroma).

De manera imperceptible, mientras tú haces lo que te sugiero, tu cerebro está decodificando su forma cuadrada, color marrón claro-oscuro, textura blanda y derretidle, y su fuerte olor a cacao, asociándolo a un sabor dulce amargo.

¿Cómo lo hizo? El cerebro identifica las características percibidas por los sentidos, sintetizándolas en un concepto. Seguidamente se basa en experiencias pasadas para descifrar de qué sabor se trataría.

Como siguiente paso, coloca el chocolate sobre tu lengua y cierra tu boca como si fueras a masticar, mientras haces esto, el aroma a chocolate se concentrará y ascenderá por tus conductos nasales. Esto para hacerte notar que el sabor está compuesto en gran medida también por el sentido del olfato.

Ahora demos inicio al primer paso de la digestión: ¡Mastica el chocolate!, siente como tus dientes deshacen la textura del alimento, mezclándola con la saliva. En la danza rítmica que dirige el proceso de masticación intervendrán también los músculos de tu rostro, los cuales mediante determinados movimientos facilitarán este proceso.

Así mismo, fíjate como tu lengua aparte de servir como base de apoyo para colocar el trozo de comida, la impulsa para que pueda ser correctamente masticada.

Durante todo el proceso de masticación, el alimento habrá penetrado por las papilas gustativas a través de la lengua, paladar, mucosa de la epiglotis, faringe, laringe y de la garganta.

Es a partir de este momento, donde tu cerebro comenzará a analizar cada una de las propiedades organolépticas de tus alimentos (olores, gusto, color, temperatura, forma, textura, etc.), sintetizándolas en una sensación.

“El conocimiento que tenemos del mundo depende del cerebro, que filtra la información que recibe, la procesa y la hace consciente, a su modo”, explica el psicobiólogo Morgado (2012).

Simultáneamente a lo mencionado, intervendrán en la percepción de esta sensación distintos procesos socio-culturales y psicológicos (memoria gustativa, emociones, etc.), los que se detallaran más adelante.

 “Sobre gustos y sabores sí han escrito los autores”

Si bien es cierto, cada quien da una interpretación subjetiva del sabor percibido, existen condiciones biológicas generalizables en todos los organismos que influyen en la percepción de los sabores.

Ahondado un poco más en el tema biológico, procedo a citar textualmente a López (2012), quien menciona que:

“El proceso químico del sabor comienza cuando una molécula sápida se une a un receptor o a un canal iónico en la membrana de una papila gustativa. Este fenómeno provoca que el potencial eléctrico de la papila se modifique y como consecuencia de este cambio y de una serie de reacciones, la papila excita a las neuronas, que a su vez transmiten está información al cerebro”.

Inicialmente, se propuso la Teoría del Mapa Lingual, la cual postulaba que las papilas gustativas se encontraban distribuidas en zonas específicas de la lengua, lo que facilitaría que se perciban determinados sabores localizados (por ejemplo, solo en la punta de la lengua se saboreaba el dulce).

Recientes estudios han invalidado esa teoría, ya que se ha demostrado que las papilas gustativas se encuentran distribuidas de modo indistinto alrededor de la superficie de la lengua.

Es importante mencionar que se consideran como sabores sólo a aquellos que son desencadenados por un receptor químico en la lengua. Ante lo señalado, López (2012) menciona que:

“Se deben descartar de la clasificación de sabores al picante, a la astringencia o al frescor, las cuales son en realidad sensaciones táctiles, sin receptor químico específico”.

En la primera clasificación, se incluyeron a los sabores: dulce, amargo, salado y ácido, cuya descripción asumo que todos tenemos clarísima.

En el año 1908, el fisiólogo japonés Kikunae Ikeda, descubrió el quinto sabor: “El sabor Umami” o “Sabroso”. El cual describió como un sabor cárnico o de las proteínas. El umami está presente en algunas algas, y es muy empleado en la sazón Asiática, si te da curiosidad tener claro su sabor puedes comer queso parmesano.

¿Son sólo cinco sabores o existe un sexto sabor? Probablemente no habías escuchado sobre el sabor “Grasoso”, esto es porque su descubrimiento es reciente y bastante controversial. En el año 2010, una investigación dirigida por Keast en la Universidad de la Deakin (Australia), detectó un receptor responsable de transmitir el sabor adiposo. Es decir, con este sabor somos capaces de identificar los alimentos altos en grasa.

El descubrimiento de este “Sexto sabor” motivó a unos científicos de la Universidad de Washington, a investigar sobre la relación causa-efecto del sabor grasoso en un grupo de personas con obesidad. El estudio demostró que personas con obesidad presentaban una tendencia significativa a percibir menos el sabor grasa. Estudio publicado en La Journal of Lipid Research del 2011.

Por último, la intensidad en la que percibimos los sabores es variable de una persona a otra, esto se debe al umbral de la percepción de sabores. Influyen en este umbral características como: edad, cultura, género, hábitos, consumo de sustancias psicoactivas, estado emocional, entre otros.

La carta de antojos de la dueña de casa

Para analizar a profundidad este tema, hay que tener presente que uno de los sentidos que más se llega a desarrollar cuando estamos en el vientre materno es el sentido del gusto.

Numerosos estudios han identificado el desarrollo de la boca y de la lengua a partir de la sexta semana de gestación. Así como de las papilas y neuronas gustativas funcionales en las semanas quince y veinticinco, respectivamente.

Tengamos en cuenta que durante aproximadamente nueve meses, el neonato habrá tenido que comer supeditado a la carta de antojos de la dueña de casa, experimentando distintos sabores a través del líquido amniótico.

En conclusión, tenemos experiencias gustativas previas al nacimiento.

Del mismo modo, es importante considerar que el primer sabor que prueba el bebé al nacer, y el único que lo acompañara durante sus primeros meses, es el sabor dulce de la leche materna (dulzura percibida implícitamente en todos los aspectos).

Una curiosa investigación, efectuada en Dinamarca por la Universidad de Copenhague, evalúo la transferencia de los sabores de la madre a su bebé, mediante la lactancia. Encontrando que, aunque en diferentes rangos de tiempo, efectivamente los sabores digeridos por la madre se transmiten a la leche materna.

Otros estudios evidenciaron que durante la etapa de lactancia existe una relación entre los alimentos de mayor frecuencia que consume la madre, con los alimentos que preferirá comer el niño cuando crezca, haciéndolo más proclive a elegirlos.

Queda clara la importancia de que él bebe consuma leche materna para que pueda generar estas experiencias gustativas iniciales.

En definitiva, la percepción del sabor es un proceso innato, que a su vez, se verá influenciado por las experiencias de aprendizaje que tendrá el ser humano.

¡Hay un recuerdo en mi sopa!

Cada que en casa preparan sopa casera, siento como si mi día fuera a mejorar, me siento engreída y tengo una gran sensación de bienestar, ¿por qué? Los sabores se basan también en experiencias pasadas, y la sopa casera cuando era niña siempre fue el platillo de la convalecencia, ya sea a la gripe, a un fuerte dolor de estómago o a algún mal que requiriera de dieta blanda. Entonces, cuando me siento nostálgica y algo carente de atención, le pido a mi abuelita su sopa mágica o busco esperanzadoramente su similar en la carta de algún restaurante.

Partiendo de este ejemplo, podemos darnos cuenta como los sabores se relacionan con aspectos psicológicos – emocionales.

Para ahondar en este tema, necesitamos analizar a “La Capacidad de Memoria”, la cual se describe como un proceso cognitivo fascinante, que sirve para adquirir, almacenar y recuperar información.

El construir recuerdos permite que podamos cumplir con otros procesos, como: percibir, aprender, razonar, comunicarnos, etc. En síntesis, la memoria está relacionada con todos los procesos que conlleven a la formación continua de nuestra identidad: “Dime qué recuerdas y te diré quién eres”.

Conforme vivimos, vamos probando constantemente nuevos sabores. Son estos episodios concretos con cada alimento, los que irán formando en nosotros experiencias, que se almacenarán en nuestra memoria sensorial.

“La Memoria Sensorial es aquella que registra las sensaciones y permite reconocer las caracterís­ticas físicas de los estímulos (imágenes, sonidos, olores, sabores y texturas)”. Atkinson y Shiffrin (1968).

Posteriormente, esta información será transferida a la memoria a corto o largo plazo, según corresponda.

Como ya vimos, las experiencias empiezan desde que estamos en el vientre, y al nacer van acumulándose mediante la leche materna. Pero son los primeros años de vida los que determinarán algunas preferencias que se mantendrán en la edad adulta.

Hay que tener en cuenta que el sentido del gusto dependerá de los recuerdos que se actualizarán con cada experiencia.

Para reforzar lo mencionado, procedo a citar a Miranda (2011), quien en su estudio sobre la memoria gustativa indica que:

“Actualmente se sabe que las neuronas, en las diferentes áreas de la ruta del sabor, son capaces de modificar su actividad química, eléctrica y su conformación, dependiendo del tipo de experiencia asociada con el sabor”.

Y, ¿qué sucede si es primera vez que pruebas algún alimento? Probablemente, antes de probarlo lo asocies a algún otro alimento de características similares (composición, apariencia, etc.), y posterior a ello, al probarlo podrás validar tus hipótesis acerca de su sabor, creando un nuevo concepto que será almacenado en tu memoria.

Añadir una pizca de emociones

Tengamos en cuenta que no solo influye el sabor del alimento para generar una reacción favorable o desfavorable en el individuo.

Existe un ingrediente adicional que afectará en la sensación hedónica: ¡Estamos hablando de tus emociones!

Pongamos un ejemplo, si estás enojada(o) al probar un alimento, no tendrás la misma percepción al probar el alimento, que si estás muy feliz…

Una reciente investigación efectuada por Dando y Noel (2015), revela cómo el estado emocional influye en la percepción del gusto. Este estudio demuestra como los fanáticos de un equipo de hockey llegaban a disfrutar de un sabor que antes no les gustaba solo cuando su equipo ganaba y se sentían felices.

Continuando con el análisis del estudio mencionado, se encontró que el sabor dulce estaba  asociado a las emociones positivas ocasionadas por los resultados favorables del partido.

Cuando el partido tenía resultados desfavorables y se producían emociones negativas, el sabor amargo era percibido de modo más intenso y el sabor dulce perdía intensidad.

Otra de las emociones más percibidas por nuestra sociedad es el estrés, investigadores concluyen que personas que perciban mayores niveles de estrés presentaran una alta tendencia a preferir alimentos dulces.

Este mismo estudio sugiere que el estrés afecta la percepción del sabor de los alimentos. Los expertos señalan que esto es consecuencia de la segregación de las hormonas glucocorticoides ocasionadas por situaciones de estrés. Feng & Chamuris (2014).

Viajemos al pasado, nuestras experiencias previas estarán compuestas de emociones generadas por la situación más allá del gusto percibido por el alimento. Por ejemplo, si de pequeño a Esteban le decían: “Si te portas mal, no te daremos el chocolate sublime del fin de semana”. Con esa premisa se le dio a Esteban el mensaje de que el chocolate sublime es una recompensa a alguna acción, aplicando en él un reforzamiento positivo (ya que obtienes dulces por portarte bien).

Concluyo este apartado mencionando que así como las emociones influyen en la percepción del sentido del gusto, el sabor de algunos alimentos también influirá en nuestro estado de ánimo.

Bibliografía:

Atkinson, R. C. y. Shiffrin, R. M (1968). Human memory: A proposed system and its control processes. En K. W. Spence (Ed.), The psychology of learning and motivation: advances in research and theory, Vol. 2 (pp. 89-195). New York: Academic Press.

Dando, R. & Noel, C. (2015). The effect of emotional state on taste perception. Appettite. Volume 95. Pages 89–95

Feng, D. & Chamuris, B. (2014). Expression and nuclear translocation of glucocorticoid receptors in type 2 taste receptor cells. PublMed.

Keast, R. (2010). The Conversation. [Mensaje en un publicaciones]. Recuperado de: https://theconversation.com/profiles/russell-keast-4162

López, R. (2012). Los ¿seis? Sabores. [Mensaje en un publicaciones]. Recuperado de: http://gomollon.com/electrones/?p=1380

Miranda, M. (2011). El sabor de los recuerdos: Formación de la memoria gustativa. Revista Digital Universitaria. Vol. 12- 3

Morgado, I. (2012). ¿Cómo percibimos el mundo?: Una exploración de la mente y los sentidos. Edición Ariel.

Rovati, D. (17 de agosto del 2016). El sentido del gusto en el bebé. [Mensaje en un publicaciones]. Recuperado de: http://www.bebesymas.com/recien-nacido/el-sentido-del-gusto-en-el-bebe

Sáez, C. (02 de agosto del 2016). El paladar está en el cerebro. [Mensaje en un publicaciones]. Recuperado de: http://www.lavanguardia.com/estilos-de-vida/20130118/54362032603/el-paladar-esta-en-el-cerebro.html

Tejero, C. (18 de agosto del 2016). Te gusta lo dulce, salado o muy salado, esto define tu personalidad. [Mensaje en un publicaciones]. Recuperado de: http://www.laprensa.hn/vidasana/886867-410/te-gusta-lo-dulce-salado-o-muy-salado-esto-define-tu-personalidad5 (100%) 1 vote[s]The following two tabs change content below.