Resumen:
La agitada vida actual puede convertirse en una herramienta de doble filo para la creación literaria. Los días se han convertido en un encadenamiento de rutinarios instantes para muchas personas que, acostumbradas, prefieren (o quizás se conforman) vivir en modo “automático”.
Lamentablemente, este modo de vida los conduce a una existencia vacía y sin sentido. Nos preguntamos: ¿Cómo lograr que las personas “despierten” de este aletargamiento y descubran que, por medio de la escritura, también se abren diversos caminos y perspectivas que sirven para cuestionar la realidad?
La tarea no es nada sencilla para quienes creamos mediante la palabra, mas no es imposible. El escritor debe enfrentarse a esta homologación y la creación de máquinas contemporáneas, mediante el diálogo con el otro y la defensa de la dignidad individual para mantener los sueños colectivos. Así, en un mundo donde prima la individualidad, la escritura se tiende como un puente para que las personas se puedan explorar, (re) conectar consigo mismas y con los demás y de esa manera, liberarse.
Palabras clave: escritura, reconexión, exploración, liberación
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Escribir es emprender un viaje a nuestro interior, encontrarnos, explorarnos, reconciliarnos, alejarnos o acercarnos a sensaciones o ideas que –de manera consciente o inconsciente- siempre estuvieron en nosotros. Cuando tenemos la necesidad de escribir, el mundo exterior desaparece, entramos en una suerte de burbuja que nos cubre de la cotidianeidad de la vida.
Así, como asegura la escritora Clarice Lispector: “Escribir es una maldición que salva el alma presa, salva a la persona que se siente inútil, salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba».1
Escribimos para salvarnos del tedio, pero sobre todo, para liberarnos mediante la fuerza narrativa y, de este modo, conquistar a nuestros lectores y, como afirma Edgar Allan Poe, crear un único efecto en su alma.2
Uno de los caminos para guarecernos y expresarnos es escribir cuentos. Sin embargo, no es un camino recto ni asfaltado. No obstante, cuando éramos niños –según comenta la escritora Frannery O’Connor- parecía “no haber nada excesivamente complicado”.3 en escuchar y contar cuentos.
Creemos que, probablemente –ya que no existe nada definitivo en el campo de la creación literaria- una de las respuestas para quienes deseamos escribir cuentos es experimentar las emociones sin los filtros ni las preocupaciones que se producen en la adultez. Así, al poder sentir como si fuéramos niños, observar las cosas con curiosidad, preguntar con inocencia, pasar tiempo con nosotros mismos (dejando de lado las obligaciones y mundanos problemas), no dar las cosas por sentadas y soñar, podríamos acercamos a una forma pura de creación: libre, sin estigmas ni ataduras invisibles.

El compromiso, en el camino de ésta liberación, debe ser con los cuentos y sus movimientos cambiantes nutridos por nuestras propias experiencias al observar el exterior –elemento vital para la creación de escenarios y personajes- como menciona Ernest Hemingway .4 Sin embargo, al igual que un enorme y colosal témpano de hielo -siguiendo la bella metáfora de Hemingway (1996: 25)- la importancia de recopilar información por medio de la observación y vivencias propias, no significa que todo lo conseguido deba ir en nuestra creación como cuentistas. No obstante, no está permitido que, por desconocimiento, se omitan. Después de todo, “el conocimiento es lo que constituye la parte del témpano que está bajo el agua.” (Hemingway 1996:26).
Como vemos, emprender la aventura de escribir un cuento tiene diversos caminos, cada escritor tomará el que crea conveniente, algunos volverán al punto inicial, otros quizás sientan que se han perdido, pero –si realmente existe la necesidad inagotable de escribir- se perseverará.
Por otra parte, si pensamos en obtener fama mediante la escritura, debemos entender que perseverar no garantizará que nuestra obra sea reconocida. Sobre este punto, la escritora Silvina Bulltrich.5 afirma que el triunfo no es lo más importante y, en su texto sobre la “Refutación al decálogo del perfecto cuentista de Horacio Quiroga”, asevera que “la vida de Quiroga fue toda entera una derrota y por eso su obra cobró fuerza y perdura.” (Bulltrich 1996: 53). Este punto lo enlazamos con la vida del gran cuentista Julio Ramón Ribeyro: con grandiosos y memorables cuentos, Ribeyro -al igual que sus personajes – nunca se sintió merecedor de reconocimientos. Consideramos, siguiendo la gran lección de Clarice Lispector, que la humildad como técnica debe ser imprescindible para todo escritor: “(…) el orgullo hace perder mucho tiempo.” (Lispector 1996:202).
En la actualidad, conocemos algunos personajes famosos que escriben libros, pero es frecuente que, después de un tiempo, nadie recuerde sus historias. Los autores brillarán efímeramente por la fama o resonancia sus nombres en la portada. Debemos aspirar a crear cuentos que prevalezcan al paso del tiempo. Clarice Lispector menciona, de manera irónica, como “crítica liviana” a las aseveraciones en torno a este tema: “En el libro de Pelé las cosas van sucediendo (…) tú solamente inventas. El tuyo es más difícil de hacer, pero el de él es mejor.” (Lispector 1996: 200).
En la escritura no se inventa, se sustrae del interior aquello que nos mueve y corta la respiración. De este modo, los lectores podrán relacionarse, reflejarse, identificarse o conmoverse con personajes atemporales que se queden, de una u otra manera, siempre con ellos. Nuestros cuentos deben permitir que nos expresemos y liberemos. Esta incandescente necesidad de expresión es un punto en común que encuentra la escritora Silvia Molina cuando indaga sobre el vaporoso terreno de la creación de cuentos desde la perspectiva de diversos escritores .6

Sabemos que es imposible encontrar una suerte de leyes o decálogo para escribir cuentos, puesto que, como ocurre con todo tipo de arte, la literatura no debe seguir ninguna regla pre establecida: cada escritor encontrará, con mayor o menor dificultad, su sendero. No hay lugar para el pragmatismo en la creación literaria. Yo considero que el arte en general no puede verse como si se tratase de un libro de instrucciones o reglas generales. No porque no tenga un orden o una razón de ser, sino porque la forma en la se exprese o sea entendida tendrá siempre muchos puntos de vista, no es algo estático ni cuenta con alguna regla universal.
Por este motivo, nos sentimos encandilados ante el misticismo de escritoras como Joyce Carol Oates.7 quien nos acerca a la escritura desde la magia de los sueños, desde aquella voz que no podemos callar, desde la búsqueda de significados ocultos de la vida, desde la creación de misterios, pero sobre todo, desde la incapacidad para no escribir: “La base para el arte de un escritor no es su habilidad sino su voluntad de escribir, su deseo de escribir.” (Oates 1996:120)
Después de todo, escribir nos conduce a un plano que, aunque nos mantiene momentáneamente alejados de la realidad, permite que utilicemos la palabra como una carnada que pesque la no-palabra (Lispector 1996: 203). Debemos escribir desde las palabras, pero también desde los silencios. Para la escritora brasilera, la entrelínea es la respuesta. Una página puede estar llena de palabras y no decirte nada, la fuerza en nuestros cuentos debe residir en lo que se mantiene silente. Siguiendo esta idea, para Juan Rulfo.8, la entrelínea descansa en “el silencio del que ya no habla, el silencio de aquel a quien no dejan hablar, el silencio de lo que no nos atrevemos a decir, el silencio de todo aquello que se ignora, el silencio que tan a menudo es la única respuesta ante la tragedia de la vida.” (Rulfo 1996:214). Como vemos, el papel del silencio es poderoso y se abre paso a través de las páginas, conduciendo emociones y pensamientos tan invisibles como eternos.
Además, la escritura es capaz de transmitir un efecto positivo en la salud física y mental de las personas. Esta actividad, como un ejercicio terapéutico, consiste en que la persona escriba periódicamente sobre su enfermedad o sobre algún hecho traumático ocurrido. (Fernández, 2005) También nos otorga una forma de expresarnos cuando otras formas de comunicación no alcanzan o cuando encontramos difícil realizarlo de otra manera, incluso para registrar acontecimientos importantes o ayudar a nuestra memoria. Con estas y muchas otras razones en mente, los psicoterapeutas encuentran en el ejercicio de escribir una utilidad en la práctica clínica, desde aproximadamente unos veinte años. (Fernández, 2005).

Aún queda mucho por reflexionar en torno a la escritura de cuentos. Por ello, debemos poner una pausa en la ajetreada cotidianeidad de nuestra vida y observar aquellas ideas, emociones, imágenes y sensaciones que se han convertido en parte de diversas y hermosas constelaciones que resplandecen gracias a nuestra eterna necesidad de escribir.
Referencias
- Clarice Lispector. “La explicación que no explica”. Lauro Zavala, ed. Poéticas de la brevedad. Teorías del cuento III. México: Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 1996.
- Edgar Allan Poe sobre Nathaniel Hawthorne. Cómo se escribe un cuento. Selección, prólogo e introducciones de Leopoldo Bruzuela. Buenos Aires: El Ateneo, 1993.
- Ernest Hemingway. “La teoría del iceberg”, “Saber qué dejar fuera”. Lauro Zavala, ed. Poéticas de la brevedad. Teorías del cuento III. México: Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 1996.
- Fernández Álvarez, Héctor. El Poder de la Escritura en Psicoterapia. Revista de Psicoterapia, 16 (63-64), pp. 29-30, 2005.
- Frannery, O’Connor, “Para escribir cuentos”. Lauro Zavala, ed. Poéticas de la brevedad. Teorías del cuento III. México: Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 1996.
- Joyce Carol Oates. “La naturaleza del cuento”. Lauro Zavala, ed. Poéticas de la brevedad. Teorías del cuento III. México: Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 1996.
- Juan Rulfo. “El desafío de la creación”. Lauro Zavala, ed. Poéticas de la brevedad. Teorías del cuento III. México: Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 1996.
- Silvina Bulltrich. “Refutación del ‘Decálogo del perfecto cuentista’ de Horacio Quiroga”. Lauro Zavala, ed. Poéticas de la brevedad. Teorías del cuento III. México: Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 1996.
- Silvia Molina. “24 cuentistas opinan sobre la teoría y práctica del cuento”. Lauro Zavala, ed. Poéticas de la brevedad. Teorías del cuento III. México: Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 1996.
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1 Clarice Lispector. “La explicación que no explica”. Lauro Zavala, ed. Poéticas de la brevedad. Teorías del cuento III. México: Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 1996.
2 Edgar Allan Poe sobre Nathaniel Hawthorne. Cómo se escribe un cuento. Selección, prólogo e introducciones de Leopoldo Bruzuela. Buenos Aires: El Ateneo, 1993..
3 Frannery, O’Connor, “Para escribir cuentos”. Lauro Zavala, ed. Poéticas de la brevedad. Teorías del cuento III. México: Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 1996.
4 Ernest Hemingway. “La teoría del iceberg”, “Saber qué dejar fuera”. Lauro Zavala, ed. Poéticas de la brevedad. Teorías del cuento III. México: Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 1996.
5 Silvina Bulltrich. “Refutación del ‘Decálogo del perfecto cuentista’ de Horacio Quiroga”. Lauro Zavala, ed. Poéticas de la brevedad. Teorías del cuento III. México: Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 1996.
6 Silvia Molina. “24 cuentistas opinan sobre la teoría y práctica del cuento”. Lauro Zavala, ed. Poéticas de la brevedad. Teorías del cuento III. México: Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 1996.
7 Joyce Carol Oates. “La naturaleza del cuento”. Lauro Zavala, ed. Poéticas de la brevedad. Teorías del cuento III. México: Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 1996.
8 Juan Rulfo. “El desafío de la creación”. Lauro Zavala, ed. Poéticas de la brevedad. Teorías del cuento III. México: Coordinación de Difusión Cultural UNAM, 1996.





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