¿CÓMO APRENDÍ A QUERER?

Deberíamos hacernos esta pregunta más seguido y tal vez podríamos descubrir que podemos modificar y restablecer la forma en la que nos relacionarnos con los demás, una forma que se adapte más a nuestro presente.

Para entenderme en relación a los demás y cómo es que los “quiero” es importante entenderme primero como individuo. Según la teoría del apego, el niño aprende a entenderse como un individuo a partir de los dos años en adelante, cuando empieza a desplazarse y experimentar su autonomía, en definitiva, aún no entiende conceptos abstractos, por lo que la simbología que contiene su lenguaje es aún muy limitada, sin embargo; su mundo emocional es abundante e intenso. Sin siquiera terminar de comprender el lenguaje es a través de la profunda y estrecha relación con sus figuras de apego, padres o cuidadores, que establece una conexión vincular por la cual adquiere (durante el primer año de vida) el núcleo necesario para experimentar, expresar y modular sus emociones. (Di Bartolo, 2016).

La mentalización como la intérprete sensible de nuestras emociones.

¿Qué quiere decir mentalizar al otro?

Es la capacidad de una persona de interpretar sus estados mentales, con la noción de que posee y experimenta emociones, y así, a su vez, reconoce que el otro también las vive, por lo tanto, al identificarlas, las refleja y permite al otro ser consciente de las suyas propias.

Ya ¿Y en simple?

Por ejemplo: es como si la madre le prestara a su hijo, su mente para ayudarlo a reconocer, regular y organizar sus primeras emociones. (Di Bártolo, 2016).

  • “Cuando no tienes ganas de jugar con tus juguetes favoritos, es porque estás triste”
  • “¿Pasó algo que te pusiera triste?”
  • “Es válido que te sientas triste por eso, porque es importante para ti.”
  • “Cuando uno está triste a veces llora o no tiene muchos ánimos.”
  • “A mí me pone triste, cuando sin querer te haces daño y te duele.”

Como vemos en los ejemplos anteriores, la madre interpreta lo que el niño está sintiendo y se lo cuenta, también ayuda mucho cuando ella misma valora y expresa sus sentimientos con naturalidad y se permite sentirlos sin culpa ni vergüenza.

Pero conforme crecemos y vamos adquiriendo mayores responsabilidades y afrontamos nuevos retos, las emociones tienden a ponerse un poquito más complicadas de asimilar, como cuando sentimos decepción, frustración, irritabilidad, ira o cuando necesitamos consuelo. En estas ocasiones será determinante la observación sensible del cuidador, ya que si no logra reconocer y regular sus emociones cuando vive situaciones estresantes, no podrá ser el modelo adecuado para su hijo.

¿Cuántos de nosotros vivimos así?

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El inicio del desarrollo afectivo

Los primeros referentes emocionales son nuestros principales cuidadores, nuestras bases seguras, desde las cual voy a prendiendo a explorar el mundo para ver cuán seguro es, si me encuentro ante situaciones difíciles y complicadas. Pero sé que puedo volver a un lugar seguro (padres o cuidadores), aprenderé a confiar en mí mismo y en mis capacidades, por lo que mi forma de responder a los demás estará basada en el amor y confianza. Si por el contrario, al explorar, cuando voy en busca de seguridad, encuentro figuras, indiferentes, negligentes, abusivas e injustas; el miedo y la preocupación conducirán mi vida. Y no solo terminaré creyendo que el mundo es un lugar atemorizante e inseguro si no que aprenderé algo que dejará una huella firme y casi permanente en la formación de mi autoconcepto, ya que por lo general estas circunstancias de maltrato se mantienen y dan paso a la contundente y silenciosa idea de sentir que: No soy suficiente.

Ya el niño desde las primeras interacciones dentro de la barriga puede saber que tan disponible se muestra la madre a sus demandas, por lo que al primer año de vida puede entender cómo debe relacionarse con sus padres para conseguir satisfacer sus necesidades básicas tanto emocionales como físicas. ¿Es acaso el niño capaz de preguntarse a esa edad, o si la manera en la que recibe amor y se relaciona con los demás es la correcta? ¿lo hace alguna vez?

Puede ser que siga teniendo la misma imagen de mí mismo, desde de niño sin haberla nunca cuestionado.

Mucho de cómo somos al crecer, viene desde nuestra infancia, en la que se formaron nuestras bases emocionales que nos dieron una idea de quienes creemos que somos, bases que nunca cuestionamos porque no somos conscientes de cómo se formaron, siendo muy difícil de precisar en qué momento comenzaron a existir o de si podemos cambiarlas.

¿Cómo aprendí a querer? Esta pregunta de carácter filosófico nos regala una gran reflexión y sobre todo una gran oportunidad: la de reinterpretar nuestras propias narrativas, sí, esas que llevamos años contándonos a nosotros mismos, tal vez la pregunta por sí misma no sea suficiente para develar “el gran secreto”, pero si nos permite cuestionarnos, tal vez por primera vez: ¿Cómo es que yo quiero? ¿A dónde me ha llevado mi forma de querer? ¿Me quiero, como quiero? ¿Cómo estoy dejando que me quieran?

Puede que no conecte con la respuesta al instante, pero me dará una pista, ya que si no me siento contento con cómo estoy entendiendo el amor, ni encuentro una forma en la que relacionarme con los demás me sea cómoda, es posible que pueda hacerme cargo y buscar reestructurar mis pensamientos y creencias por otras con las que me sienta más a gusto, puedo tomar el control y decidir trabajar en nuevas formas de relacionarme con los demás.

Ya que hace poco conmemoramos es Día de la Salud Mental es importante tener en cuenta que la intervención de los profesionales psicólogos, es oportuna y necesaria ya que es la guía que necesitamos para construir nuevos y mejores caminos teniendo como meta alcanzar el bienestar emocional y por lo tanto social, de uno mismo y hacia los demás.

“Ya que el fin de la terapia no es solo comprender y explicar, es construir, a través de la sintonía emocional, la relación de apego dañada”.

Inés Di Bártolo

Palabras clave: desarrollo afectivo, infancia, relaciones interpersonales, vínculo afectivo.

  • Fuentes:
  • Di Bártolo I. (2016). El apego, cómo nuestros vínculos nos hacen quienes somos. Buenos Aires: Lugar editorial.
  • Cortés C. (2018). Mírame, siénteme. Estrategias para la reparación del apego en niños. España: Editorial Desclée De Brouwer.

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