“¡Así es todo y así somos todos en la vida: un poco ridículos y un poco genios, un poco bestias y, a la vez, cachorros de arcángel!»
José Ortega y Gasset (1957)
La persona va formándose en su paso por el mundo, nosotros somos un constante devenir. En busca de nuestro desarrollo personal que consiste en crecer en virtud, cultivarse en valores, buscar nuestro bien y el de los demás (dentro de nuestras posibilidades), desafortunadamente nos toparemos con muchos momentos en los que tropezaremos o veremos cómo tropiezan los demás. La violencia es una de las piedras con las que más ha tropezado el ser humano a lo largo de la historia.
Evidentemente a violencia se puede manifestar de muchas maneras, desde las bromas crueles, hasta los genocidios que en más de una ocasión se dieron en nuestra historia. Si me lo preguntan, yo diría que la violencia puede estar acompañada de la estupidez, en más ocasiones que de la maldad, y por supuesto, tampoco son pocas las veces en que las tres estén juntas simultáneamente. En efecto, la violencia ocurre se puede desatar en las personas más necias así como en las mentes más astutas pero maquiavélicas.
Entre otras cuestiones que se ocupan del hecho de saber por qué tenemos conductas violentas (y conductas malvadas en general), está la reflexión acerca de si nuestra bondad es innata, o si por el contrario lo es la maldad. Religiones como el Cristianismo católico o el Bushido (el código Samurái) afirman que nuestra bondad es innata y que la maldad es una inclinación viciosa que no está en nuestra esencia. Por otro lado, filósofos como Immanuel Kant o Arthur Schopenhauer piensan que nosotros somos malos por naturaleza (pero ambos explican, a su manera, que no debemos quedarnos en el mal). Ciertamente, se puede decir que hay un consenso general, el cual es que hay una lucha entre el bien y el mal constante
Denegri (2012) sostiene que con la invención de las armas, el ser humano se ha podido desensibilizar de todo el conflicto emocional que implica la violencia. Antes de ellas el hombre atacaba con su propias manos; después, con un palo o piedra pudo distanciarse un poco; con las armas de fuego la violencia a sangre fría se hizo mucho más sencilla de perpetrar; y ni se diga con los grandes avances en la tecnología bélica que permitieron matar a miles de personas, a miles de kilómetros de distancia, y hacerlo sin reparo emocional alguno, tan solo con “apretar un botón”. Las armas facilitaron al hombre su ejercicio en la violencia fatal
«Apretar el botón», en sentido figurado, representa el poder inmediato que se tiene para hacer algo.
Ante esta situación y escenario lúgubre ¿Qué debemos hacer? Pues seguir obrando acorde a nuestro libre albedrío y educando nuestra voluntad. Si bien estaremos inclinados al mal, debido a nuestra concupiscencia (que es el deseo de bienes materiales o terrenos) no significa que no podamos controlarla y moderarla. Regresemos a esa figura tan llamativa de Ortega y Gasset que dice que somos medio bestias, pero cachorros de arcángeles a fin de cuentas. Siguiendo este simbolismo, podemos decir que, a pesar de que el mal estará presente en nosotros, también lo está la bondad, y más aún, que venimos de esta. El mal nos invade, pero no venimos de este, nosotros pertenecemos desde nuestro origen como especie, al bien.
Todos los seres humanos tenemos la oportunidad de reconciliarnos en el amor. Estamos llamados a tenerlo y darlo, porque repartir amor nunca te dejará sin amor; cuando uno reparte balazos la munición se acaba, cuando uno reparte dinero -aún por fines nobles- inevitablemente se va agotando. Dicho esto, podemos afirmar sin temor alguno que lo más valioso a cultivar es el amor, de hacerlo correctamente su cosecha será abundante, tanto para nosotros mismos como para todos los que sean alcanzados por él.
Ante la preponderancia de la violencia malvada y estúpida en el mundo, le hace frente el amor. Que si bien puede pasar por desapercibido en muchas ocasiones; donde sea que esté, dejará huella y su obra no perecerá. Midamos el amor por su calidad primero, luego observaremos que puede llegar a una cantidad inagotable.
Como decía Eric Fromm (1966):
No hay razón para maravillarse de que la historia muestre tanta crueldad y destrucción. Si hay algo que nos puede sorprender —y alentar— es el hecho de que la raza humana, a pesar de lo acontecido, ha mantenido —y desarrollado— aquellas cualidades de dignidad, valor, decencia y bondad que observamos en todo el curso de la historia, y actualmente, en innumerables individuos.
La violencia seguirá presente en lo que le queda a la humanidad en este mundo, pero de igual manera lo hará el amor y por más discreto que este último sea, es precisamente el que se encarga de que la especie humana no se destruya a sí misma de una vez por todas, sino que la reconforta y eleva.
Referencias
Denegri, M. A. (2012). Normalidad y Anormalidad, y el Asesino Desorganizado. Lima: Fondo Editorial de la Universidad Inca Garcilaso de la Vega.
Fromm, E. (1966). El miedo a la libertad. Buenos Aires: Editorial Paidós.
Ortega, J. (1957). Meditación del pueblo joven.
Si deseas saber más sobre el amor desde la Psicología, te recomiendo leer este artículo que escribí tiempo atrás.
Todas y cada una de las ocupaciones son excepcionales. Me imagino a un odontólogo interviniendo a un paciente mientras revisa sus dientes, pide una radiografía, y efectúa muchos otros estudios que denotan definitivamente de mucho conocimiento y destrezas propias de la profesión. Me imagino también a un arquitecto diseñando en la computadora, poniendo en cada gráfica una gran cuota de talento y de arte. Y así podría observar desde afuera a cada una de las ocupaciones. Pero hoy, por motivos muy personales, quisiera centrarme en los psicólogos(as).
Los psicólogos trabajamos con lo abstracto, las emociones, los sentimientos, percepciones, ideas y creencias, etc. Somos estudiantes eternos, cada caso es un tema único. Hay distintas variables que analizar, determinar que técnicas podemos aplicar para cada situación, para cada persona.
Sería muy gratificante que algunos de nuestros pacientes pudiesen llegar a leer este texto, creo que aquí va a pasar lo contrario a la dinámica de las sesiones. Por primera vez voy a hablarles de lo que pasa en mi vida al haber elegido esta maravillosa vocación.
Primeramente, necesitamos comprender que la mayoría de pacientes acuden a consulta psicológica por primera vez cuando tienen la percepción de haber tocado fondo. Aún cuando no mencionen el motivo central en la primera cita, lo cual puede deberse a muchas razones, tales como el miedo a que al decirlo en voz alta, todo se vuelva más real, o también puede ser que aún no hayan identificado con claridad las causas de su malestar, entre tantas otras cosas. El hecho es que, lo verbalicen o no, lo sienten. El motivo por el que asisten es por dolor emocional.
Claro que despierta muchas emociones el conocer a un nuevo paciente, es como si abrieras un libro nuevo, que cada vez que lo vuelvas a abrir, tendrá nuevos capítulos. Aunque no lo vas a poder leer desde la hoja número uno, ya que a veces partirá desde más de la mitad, y poco a poco se podrá ir retrocediendo, conforme el autor lo lea.
En cada libro, hay una forma de escritura única, y de lectura también. El poder leerlos, te permite de algún modo, tener la sensación de haber aprendido junto al protagonista. Pero no solo es eso, cada vez se pone más interesante. A veces, los autores (pacientes), te invitarán a leer los libros que ellos han escrito sobre otros personajes (que suelen ser personas que han impactado en sus vidas). Y aún no es todo, porque una vez que se avance lo suficiente con cada autor, se puede invitar a coautores, en sesiones de terapia familiar.
Entonces de pronto, vas recopilando todas las versiones, y este es uno de los puntos más difíciles e importantes, ya que un psicólogo(a), no es ningún personaje. Es la voz sin rostro, sin género, es el público que escucha, que aplaude, que se conmueve con cada página. Creo que desarrollar gran parte de la vida, atendiendo pacientes, te hace más humano, te va alejando del ego, te permite vivir cada día cuatro o diez vidas, aún sin ser parte de ellas. Esa es la línea invisible, que necesitamos ir aprendiendo a trazar entre las historias de vida de nuestros pacientes, las cuales resultan ser tan ajenas, pero por instantes cuando tu empatía esta al mil, son tan cercanamente propias.
¿Cómo se traza esta línea? En realidad es algo que se va a tener que dibujar antes de iniciar cada sesión, durante la misma (a veces en más de una oportunidad), y sobre todo al terminarla. Yo lo hago algo así: Escucho los relatos y me detengo por breves momentos para cuestionar mis emociones, es un juego de piensa rápido, mi sentir es maravilloso para empatizar y puedo dejar que crezca lo necesario, hasta que podría iniciar a doler. Es entonces cuando racionalizo de inmediato el propósito de mi función como psicóloga de esa persona, que está depositando su confianza, quizás como nunca antes lo ha hecho con nadie, en mi.
Pensamientos como: «La historia es ajena a ti, no se trata de remediar lo que pasó, o aplicar la ley del espejo y permitir que la transferencia se vuelva poderosa, se trata de ayudar a tu paciente a que algún día vuelva a narrar lo sucedido, con una moraleja de vida, lejos de cualquier creencia irracional, lejos de la culpa, pero sobre todo lejos del dolor». No puedes sentir luego de que tu paciente terminó de hablar. Es más, muchas veces ni siquiera puedes hacerlo antes. Y si nos permitimos hacerlo, necesitamos tener la apertura de sentir con el corazón ajeno, lejos de cualquier sentimiento de la vida propia.
Un viejo truco, es dar lo mejor de ti como profesional en la sesión, prestar una atención plena a lo que ocurre. A mi me ayuda muchísimo tomar apuntes, ya que pongo en funcionamiento a varios procesos mentales al hacerlo. Ya no solo es el escuchar, si no el sintetizar mediante la escritura, que posteriormente podrá servir para una lectura previa a una siguiente sesión.
¿Un psicólogo(a) necesita ir al psicólogo(a)? Creo que sería necesario una ley que lo avale, es más, un estudiante de psicología necesitaría iniciar con su tratamiento personal, y continuar teniéndolo por el resto de su vida. En realidad, todas las personas lo necesitamos. Y sé que muchos piensan lo contrario, pero me pregunto si tienen por lo menos una experiencia de haber ingresado a una cita, o más importante aún, si cuando fueron llegaron a confiar en su psicólogo(a), porque si no lo hicieron, que en realidad es un trabajo en equipo, es como si nunca hubiesen ido.
Yo también voy a la psicóloga, y me enorgullece decir que, especialmente en los pasajes más duros de mi vida, he tenido la humildad de pedir ayuda, y lo seguiré haciendo. Se disfruta tanto de la psicología que sería una locura no buscar sentarme del otro lado. También he ido notando, con el pasar de los años, que cada vez más son los estudiantes de Psicología quienes buscan ese apoyo, así como colegas míos.
¿Cómo hacemos para atender a pacientes que tienen problemas, si nosotros también tenemos nuestros propios problemas? Es bastante lógico plantearnos esta pregunta, la verdad es que, como cualquier otra persona, también tenemos heridas emocionales, a veces también nos hieren o herimos. Un psicólogo(a) que no presente estabilidad no debería ejercer la psicología clínica en ese momento.
Podemos reprogramar una cita, o derivar un caso si sentimos que se nos dificulta establecer esa línea invisible, porque probablemente el caso que vemos nos toca en la fibra más sensible de nuestro ser. Y está bien, lo que se cuestiona es el no identificarlo. Trabajamos en la salud mental, nuestra base es nuestra propia salud mental. Si no estamos estables, no podremos ver las cosas con claridad, y tenemos al frente vidas. Del mismo modo con los prejuicios y creencias, hay que quitárnoslos todos, y no solo antes de entrar a consulta, si no en equilibrio con la vida personal.
Es un estudio constante de uno mismo, no me avergüenza poder hablar de algunos acontecimientos propios en alguna sesión, si corresponde y de forma muy puntual, no como desahogo, ya que nuevamente lo ponemos sobre la mesa, no se trata de tu sentir, si no del paciente. Este no es tu libro, eres la voz que lo lee, o los oídos que lo escuchan, según corresponda.
¿Puede un psicólogo llorar o reír durante una sesión? Claro que podemos, es más hay momentos en la vida, en donde es lo mejor que podemos hacer, porque es la manifestación cúspide de nuestra empatía. Pero no podemos desbordar, no podemos permitir que ese pequeño momento se alargue, no podemos dejar de racionalizar, es algo muy puntual. Y quizá una de las cosas que más te una a aquella persona que te mira con el rostro lleno de confianza. Se puede llorar de compasión, se puede llorar de bondad. Y es aquí donde comprendo porque pueden pasar 1, 2 o 6 años, y no he tenido un solo día de aburrimiento en mi vocación. Porque estoy donde necesito estar, me siento realmente viva, con el cerebro y el corazón a mil al estar en mis sesiones. ¡Gracias por tanto!
Hoy, como una musa curiosa, me integro a la mente de una fémina quien piensa sigilosamente, a través de sonrisas, caricias agradables y sutiles muestras de afecto. Sin embargo, dentro de sí esconde un huracán que azota toda estabilidad amorosa, ahora, como fiel cronista romántica y hueca, me propongo llenarme de su esencia y describir algunas cuestiones que pueden suceder cuando la planicie matrimonial hace su entrada. Desde una mujer ,claro, de ellos, la musa se transformará después para descubrirlos. Por hoy, esto fue lo que me encontré:
«Cuándo me levanto, veo recuerdos echados a mi lado, aquellos que en su momento evocaron sonrisas y ahora solo despiertan muecas de resignación, y a veces, hasta de repudio por lo que hemos gestado hasta ahora, un gesto malsano que explota desde lo más profundo de mí».
«Sentimientos con sabor a hiel se forman e impregnan mi boca de amargura, esta cavidad que ahora dudo si te pertenece tiene gruesas telarañas esperando que dentro de sus tinieblas, la caverna sea descubierta. Pero, es muy temprano para tales cosas, mejor empiezo el día de una vez, un día que, irónicamente gira en torno a ti, en atenderte, evocarte, y pelear contra los recuerdos que llenos de nostalgia me abrazan haciéndome ver que esa vida que tuvimos ya no está aquí».
¿De dónde viene el deseo en las mujeres?
«En mi caso, conocer a una persona y que está sea inteligente, empática, curiosa y que huela bien. Si on top of that es good looking, me muero»
«Para mi, es especialmente atractivo que sean súper confident»
«Yo lo siento como un estímulo que va desde lo visual hasta el contacto»
«Del calentamiento global. Para mí el atractivo o «deseo» es la inteligencia, la creatividad, no caer en la monotonía, de ahí nace el deseo»
Cuando eres una musa romántica y hueca, impregnarte de la psiquis de muchas, a modo de encuesta, te permite apreciar bastantes cosas. De las frases más interesantes que he podido acoger para descubrir este mundo humano sobre el deseo encontré estas reseñas. Sabrán disculpar el spanglish, pero, cuando la encuestada determina sus gustos, para ella, los idiomas se vuelven pequeños para determinar aquello que su mente quiere expresar recurriendo de este modo a más de algún recurso extra. Eso le da paso inclusive, al humor, como la última encuestada.
El deseo, si nos aproximamos en el simbolismo que engloba, encontramos que se compone de anhelar, acciones para llegar a la ansiada satisfacción y, una sensación casi inmediata de satisfacción por haber cumplido. Este tópico es de esas pocas cosas humanas que el solo hecho de concebirlas ya significa una actividad placentera. Volvamos al plano de la informante del inicio, qué aspectos ha podido descubrir ella sobre su deseo y tal vez, pecar por una vez de manera graciosa, en generalizar hacia otras.
«El deseo, devino de un querer reivindicar mis teorías sobre lo que aprendí que estaba bien y lo que estaba correcto, influenciado además por ciertas ideas sobre el status, estilos de vida y lo que entendí, era comodidad. De este modo, quedé enmarcada en un torbellino de significados y significantes, aquí un resumen ínfimo al respecto:
Barba: sí la tiene, orgánicamente hay testosterona, si no la tiene, ese «maquillaje» que figura en la cara de ellos a modo de vellos se torna en algo totalmente en su contra, pero, puede implicar además un estímulo cosquilludo y dulce dentro de lo áspero que es, para que en noches cálidas sirva de acopio en un cuello helado. Así, he aprendido que se «usan» las barbas.
Manos grandes: entendí sobre ellas que independientemente de como luzcan y midan, mientras sepan acercarse y adormecer entre ellas un alma agitada, pueden verse con total libertad, el anhelo de tenerlas cercas es en sí mismo una fruta madura que pide a gritos ser comida.
Piernas: con o sin depilar, existe capacidad de decisión allí. No hay mayor relevancia, no obstante, cuando hablamos de un asiento cómodo en el que reposar, se descubre entonces un jugueteo y complicidad que no se aprende, se vive.»
Como se vislumbra, cuando miramos con la lupa de quien piensa en términos de deseo, los significantes tienen un significado totalmente opuesto a lo que pudiera describirse en otras ocasiones. Para verlo más claro, esta espiada mujer al hablar de: manos, barba y piernas, en lugar de pensar en la anatomía especifica que nuestro significante mental puede adjudicar, lo que hace es pensar en términos del objeto que desea, en él; a quien echa de menos aún teniendo en sus mañanas su respiración al costado. Esto es, pensar dentro del deseo, nótese además la contradicción en muchas de sus formas, es solo un ápice de cómo funciona este mecanismo en nosotros.
Particularmente, en mi posición de musa invisible e intangible, creo fielmente que este elemento funciona a través de lo aprendido, «lo que me dieron a probar alguna vez de forma satisfactoria y entendí que era bueno para mí lo buscaré muchas veces y de varias maneras». Así pues, el deseo en una mujer, e inclusive en muchos seres, puede tal vez deberse a lo que hemos entendido que es grato, aquello, que al haberlo volteado en múltiples formas fantasiosas en la imaginación, hemos decidido que, de tenerlo sería altamente placentero.
¿Se puede forzar el deseo?
Teóricamente, aunque nos parezca maquiavélico, sí. A través del deseo instrumental que muchos habrán escuchado en alguna revista o en esas clases ociosas del colegio donde reprendían más que enseñar, podemos dilucidar fácilmente como es esto. Ejemplo simple: Moni, necesita encontrar una estación de gasolina, el deseo de hallar este servicio deviene de que su auto se queda sin gasolina por lo que de un momento a otro quedará varada. ¿Me explico? Se que sí.
De este modo, vemos que existen algunos trucos para favorecerlo, en ámbitos tal vez más sociales la cosa no vendría tan sencilla, cuando intentamos discernir cómo funciona, es posible decir que grandes y suntuosas riquezas tangibles tanto corporales como las de objetos (dinero, mansiones etc.) pueden despertar cierto interés, una importancia que tal vez está más cercana a la ambición, pero deseo al final del día. ¿Podemos juzgar y señalar a alguien por esto? Depende de cada humano, pero, sí me lo preguntan, creo que el deseo legítimo se basa en querer aquello que no se tiene, aquello que sabemos va a satisfacer, así que, juzgar placeres no viene al caso.
¿Cómo quiero que me desees?
Volvamos a husmear en la memoria y pensamientos que, como autopista en hora pico están en su apogeo en la mente de ella.
«Cuando me miras, existe costumbre, es un cuaderno de notas abierto, donde cada palabra habla en un tono gris todo lo aburrido y tedioso que llevamos aquí a cuestas. Se que tal vez muchas de mis actitudes se han escurrido a lo largo de los años, pero, sigo aquí, ardiente y esperando ser bonita para ti. Para mi, a veces lo soy, ahora, tal vez lo dudo más que antes, pero, mi esencia de quererte, anhelarte y saber que será satisfactorio aún brilla y se llena de esperanza»
Al mismo tiempo, se que muchas de nuestras historias tienen encuentros que han hecho sacar de cada uno lados oscuros, por suerte, cada uno muy reversible, aún recuerdo que me pedías a gritos ciertas horas para dedicártelas, recuerdo a su vez todas las veces que a solas dijiste que mi nombre, aún siendo común, se lleno de júbilo por ser yo quien lo tenía. ¿Alguna vez, hoy, pensaste en eso? Me gustaría que recordaras que yo a modo de ofrenda entregué mi cariño y miradas no por obligación, ni por ambición desmedida, sino por el deseo de saber que estabas para todos, pero en especial para mí, quiero que me desees y sepas de manera incontrolable e intuitiva que sí nos unimos, más que un placer orgánico, existe una unión de quien desea poseer al otro no con fines de guerra y ganancia, sino con el objetivo de reafirmar que te escogí por sobre todo, y por sobre todo te sigo eligiendo, pese a los trucos del deseo. Así, quiero que me desees».
Finalmente, descubrimos que el deseo más allá de un babydoll, evoca actitudes, formas de llevar a cabo las cosas y saber que tras cada una de ellas, existe una bocanada de satisfacción ¿Cómo te gusta que te deseen?, ¿Qué cosas has aprendido que producen en ti deseo? Esta quimera humana, que ha surgido de nuestra inquietante y por siempre infranqueable necesidad de querer más, suele transformarse, reavivarse, reponerse tras momentos duros y por sobre todo, nunca perece.
La obra de Hermann Hesse tiene un profundo entendimiento del ser humano. Y como se podría inferir, el factor psicológico se hace presente en las ideas que plasmó en el papel. Entre ellas tiene unas reflexiones acerca de la Navidad.
Este es el libro que contiene las meditaciones de Hesse.
A Hesse le tocó vivir cuatro Navidades dentro de la I Guerra Mundial, en la que se ocupó de atender caritativamente a los prisioneros de guerra. Pensó que para ellos, la Navidad sería una «fiesta de la nostalgia, la fiesta del recuerdo de las cosas perdidas: El hogar, la infancia, la paz, y la dicha que de la paz nace» (2007, p. 134). De igual modo, los prisioneros en campo enemigo y toda las víctimas de la Guerra anhelarían con todo su corazón la «paz en la tierra» que el evangelio de la natividad anuncia (Hesse, 2007, p.134).
Por supuesto, no hace falta ser una víctima de tan terrible categoría, sentirse afligido, triste, melancólico o simplemente con un bajón emocional. La naturaleza humana está siempre insatisfecha, pero, estar insatisfecho no significa que se menosprecie lo que está presente. Una inquietud honesta que se identifique con un deseo —o nostalgia— de infinito o de bondad, es totalmente legítima.
«Nostalgia de Infinito» de Giorgio de Chirico. Mi interpretación personal de la pintura es que existe un tipo de felicidad eterna e incomparablemente, más grande que nosotros mismos. Alguna vez fuimos partícipes de ella, estuvimos en ella. Ahora, estamos fuera, pero no tan lejos de ella, y todavía hay posibilidad de volver.
A veces, el descontento se puede acentuar más en épocas navideñas, ¿pero, por qué? Quizá sea debido a que muchos olvidan o descuidan el auténtico significado de la Navidad, que es, por supuesto, el nacimiento de Cristo y todo lo que implica. Pero esto no significa que la felicidad de la Navidad tenga un acceso restringido solo para los creyentes. En tanto una persona tenga apertura al amor y a los demás, es suficiente para que sea bienvenida a este día del año que suele opacarse debido a los problemas de los otros 364.
Debemos tener siempre presente que, si queremos estar alegres (o mejor aún, felices), tenemos que saber el porqué de esa alegría (o felicidad). Cuando uno no sabe por qué intenta o pretende estar alegre, ese estado puede flaquear, y desvanecerse sin ofrecer mayor resistencia. Ojalá que los creyentes, siempre recordemos que la Navidad se trata de Cristo venido al mundo para redimirlo, que allí esté nuestro consuelo y esperanza. Y que los que tengan otras creencias o descreencias, recuerden que el amor al prójimo basta para sobreponerse —o empezar a sobreponerse— a cualquier cosa. Hesse (2007, p. 134) nos dice que la Navidad es el momento que nos une en el deseo universal de redención, y aunque esta pueda ser distinta en las personas, el pensamiento de redención por el amor es una posibilidad que vive en todo corazón humano. Asimismo, nos advierte que la Navidad no es solo un consuelo, tampoco es solamente añoro o agradecimiento de lo que hemos vivido; la Navidad es también un esfuerzo por despertar o fortalecer la buena voluntad.
Hesse nos menciona que, tener buena voluntad es tener compromiso, seguir la voz de nuestra conciencia, y despertar lo mejor y más vivo de nosotros mismos. Solo así podremos ver el valor y simbolismo de las luces, las campanas, las canciones y los regalos de la Navidad (2007, p. 135). Como puede apreciar, ninguna persona queda excluida de esta posibilidad. Sea cual sea la manera de cómo uno ve la vida. Independientemente de nuestros estados emocionales, siempre se puede obrar con buena voluntad y ello puede llevarnos a una auténtica felicidad.
Que esa atención de conciencia, esa honestidad, y compromiso, acompañe y guíe a los buenos deseos y a las buenas intenciones. Los buenos deseos a veces no llegan a ningún lado por no ponerse en marcha, y las buenas intenciones pueden tener resultados contraproducentes; la buena voluntad, junto con el amor, están para prevenir esos riesgos.
Coda
Y ya que líneas más arriba Hesse mencionó a los regalos, él también nos sugiere cómo reaccionar ante ellos. Primero, que apreciemos no solo al regalo en sí mismo, sino al esfuerzo hecho para que pueda ser entregado; imaginemos la historia que pudo estar detrás del mismo; hagamos que, gracias a este, podamos evocar a una persona, lugar o momento del pasado. Por último, esforzarse en hacerlo con cualquier tipo de regalo, ya sea un dibujo hecho por un niño, un libro, un ramo de flores, o una carta, ejemplos que el autor puso sobre la mesa (2007, pp. 388, 391, 392). ¿Verdad que son regalos excelentes? Pero claro, todo lo obsequiado con buena voluntad también lo será.
¡Feliz Navidad!
Referencia: Hesse, H. (2007). Pequeñas alegrías. Madrid: Alianza editorial.
Hoy, me desvisto de mis corazas, me adentro al clima nublado y brumoso que enmarca esta ciudad desolada que hoy me invade, como hombre, me siento en contacto por primera vez con mis memorias, nombres, razones y motivos secretos, aquí, de rodillas y con la cabeza deshecha confieso mis penas que en otro momento fueron hazañas según me comentaron otros que, sin conocerme realmente, ahora me ven como un héroe. ¡Ilusos! Solo soy quién se enfundó en un disfraz del supuesto hombre moderno. Esto, es solo una mentira.
Yo, me identifico con quien se le adjudica el peyorativo de “perro”, más adelante, me permitiré dar mi opinión sobre esto. Antes de iniciar este descalabro, me permito expresar que sí algún otro semejante llega a leer estas líneas, que sepas que te acepto, te comprendo; puede que no comparta tus acciones ni las haga mías, pero, por encima de ello, sin condiciones te doy la mano.
¿Quién soy?
La apariencia no importa, aquí se irá transformando en lo que vayas leyendo. Una cara, un gesto, una acción…todo se irá cambiando, hablo en mi nombre, pero realmente soy muchos a los que puedo enmarcar.
Esto es tan así que si te digo que acepto por fin que soy un perro, un maldito perro, a tu cabeza se te viene una imagen de alguien que te afligió y te sigue afligiendo, sino es así, entonces ¿por qué lo recuerdas? Finalmente, solo diré que para definir quién soy, comenzaré describiéndome por partes.
¿De dónde vengo?
Yo, vengo de un hogar cultivado por la tradición y la convencionalidad, aún no tengo progenie, pero, sin lugar a dudas yo sería incapaz de inculcar la ceguera voluntaria. Esta cualidad así bautizada por mi madre, refiere a todas las acciones que ella decide secuestrar en nombre de la familia, según ella, apoyada por estilos de crianza y una sociedad distorsionada, mi padre, solo podía estar al tanto de un puñado de cosas, no obstante, las que tienen que ver con un acercamiento emocional a nosotros, sus hijos, era un deber innecesario, inexistente. De este modo, me forjé en la misión de creer que la comida y sus preparaciones siempre estaban prestas, dado que sin importar los achaques de mamá, ella se ocuparía, sí me dolía el corazón la forma correcta de afrontarlo era ahogándolo en videojuegos o licores bajo el amparo de “noche de amigos” y no en la sabia conversación con alguien mayor y más experimentado, pero, ¿Cómo podía encontrar dicha experiencia sí mi padre castigaba a mi madre con silencio cuando tenía ella sus pequeñas contestaciones en breves arrebatos?, ¿Cómo confiar en los míos sí al momento de hablar de cómo me sentía y cuán presionado estaba se me tildaba de desviado, gay y demás ademanes?, ¿Cómo confiar sí papá solo estaba para castigar, reprimir y demostrar dominancia sin contemplaciones y mamá solo estaba para bajar la cabeza? De aquí vengo y esto es lo que me ha traído.
Sacrificio, manos atadas y daño materno
Al recordar mis memorias, evado la cruda refulgencia de mis emociones, de cuánto anhelaba la comprensión en mi niñez y solo encontraba una espalda fría que decía que los niños como yo no debíamos comportarnos así. De este modo, aprendí que mi madre estaba hecha para ceder a los disfrutes que según ella yo merecía: salir de fiesta desde los doce, beber desde los trece, tener novias desde la primaria, entre otras cosas, que asumí como completamente normal, hasta que vi con desencanto que mis hermanas no podían si quiera mencionar la palabra fiesta porque ya eran tildadas de “rebusconas y fáciles”. Bajo esa premisa, me acostumbré a ver a mis primeras enamoradas como eso: chicas rebusconas que me hacían valedero de mis primeros apodos de “cazador”. Ahora, con mis años encima, ¿Qué sentido tiene que a una mujer, una humana como yo, sea entendida como una presa? Es incomprensible y hasta perverso.
Las manos atadas vinieron cuando me acostumbré también a la idea que mayor capacidad de “enamoramiento de chicas hacia mi” equivalía a mayor valía. Todo suena grotesco y más cuando fue de mi padre de quien aprendí dicha creencia. Así, me adapté mentalmente a subsanar todo resquebrajo que tuvo, en otras palabras, a saber, de sus infidelidades y convertirme inclusive en su confidente cuando “se le cruzaban las fechas” y debía usar una tapadera. Lo veía como un gesto natural de padre e hijo, sobre mi madre, solo pensaba que se lo había buscado dado que ya hacía mucho tiempo solo se ocupaba del hogar y no de sí misma ni de su esposo, mi padre. Pensar en esto ahora, y ver que aún se hace con total impunidad me revuelve mis entrañas, pero, eso aprendí.
¿Cómo fueron mis relaciones amorosas?
No hace falta ser un sabio para saber que fueron un destrozo, causado por mí, por ellas, por el efecto que les causé y se volvieron en mi contra. Hoy, con mi soledad en brazos recapacito acerca de mis prácticas, aisladas de toda compasión, entendimiento y ternura. Las mujeres, solo fueron para mí un rato, momentos que se llenaron de encuentros sexuales para satisfacerme por completo a mis anchas, luego, se convirtieron en satisfacción para ellas, pues, en mi retorcida lógica llegué a contemplar que mientras mejor se sentían conmigo, mejor fama iba a tener para atrapar a otras. Una porquería de sistema, lo sé. Lo que ocurría tras unos encuentros es totalmente sabido: me desaparecía, no llamadas, ni mensajes de texto, solo ignoraba su existencia una vez lograda la “conquista”, una forma errónea más de ver el acto de acercarme a alguien. Para mí, se trataba de poder, el acercarme a las mujeres y con palabras, sonrisas, halagos y regalos llevarla a donde me apeteciera se volvió un juego más.
Después de la universidad y luego del trabajo, ya tenía un par de citas agendadas, por sí alguna no daba la talla, “mojigatas” las hacía llamar a aquellas que me ignoraban a mí, con mi ego herido, comenzaba a despotricar con mis amigos sobre ellas, inventando excusas y situaciones para no admitir jamás que ellas me rechazaron a mí por tenerme como un patán. Tenían razón.
Ni que decir de las innumerables galerías virtuales que a modo de catálogos deslumbraban mis ojos cuando necesitaba llenar mi vacío emocional, ellas, las disponibles a todas horas, estaban allí, clasificadas, ordenadas y calificadas de acuerdo a mis arrebatos. Una pena. Sin embargo, así accedí a ellas por mucho tiempo haciéndolas esperar incluso cuando me llamaban a mí, solo yo importaba, nadie más.
Claramente, nunca había presentación a amigos o a la familia. Mi madre siempre me preguntaba por la falta de formalidad en mi vida amorosa, y yo salía de esos “apuros” a punta de estar ocupado en mi carrera, no tener tiempo en invertir en una relación, tolerar los berrinches de ellas…en fin, patrañas para no decir a vox populi que su hijo era incapaz de ser vulnerable con alguien, que le dolía inmensamente confesar que no sabía estar solo, y que siempre tuvo a alguien agendado porque desde los 16 (tiempo en que estuve por primera vez con alguien) no sabía mantener una conversación cercana con una mujer si no era para llevarla a la cama; indudablemente, me era imposible.
Una vez
Solo una vez me enteré de la valía de una buena compañía, de la necesidad de estar para alguien no por mi billetera, ni por mis halagos sino por mi persona. Ella, con su ímpetu de estar siempre revoloteando en sus ámbitos y vivir siempre en su soledad tan feliz me parecieron un atractivo inigualable, estaba en la universidad a mitad de carrera, con un promedio estable, sin fiestas alocadas y un sentido del humor excelente, ella, fue en quien posé mis ojos por primera vez sin ansias de llenar mi vacío ego.
Después de camuflarme en su vida como un amigo, ella empezó a sentirse cómoda en mis manos, sin embargo, el desastre llegó. ¿Cómo brindo amor y cercanía si no lo tengo? Lo acepto, no me conozco, mi fama y lo que se dé mí es porque otros me lo han dicho, a solas, tiemblo por escuchar mis pensamientos ingratos y banales contra mí. Por lo que, al acercarme con ella de una manera que sentía que mi alma estaba desnuda, me aterroricé. Lo presintió, estoy seguro, me llamaba y mensajeaba, adoraba leer que se preocupaba por mí, pero, mi miedo a no afrontar mi vulnerabilidad con alguien más me paralizó. Debía tomar medidas extremas para sacarla de mi vida, por su bien, más que por el mío, así lo vi en aquel entonces y finalmente, una noche sin premeditarlo, en una fiesta, me escapé con su mejor amiga, el resto ya lo intuyen. Quedamos destrozados, pero, me resguardé de expresar mis ineptitudes.
Luego de ello, comencé a darme cuenta que la vida en relaciones amorosas no era para mí, al menos no con el sentido que le estaba dando, así que tomé mis maletas, las emocionales y las físicas, me fui a un lugar nuevo y comencé de nuevo mis andanzas para entender el amor y entenderme a mí. ¡vaya estrago!
Del amor al odio, conocí la dependencia y la sumisión
Decidí hacerlo todo distinto, vestirme, engalanarme, agraciarme con ellas, todo diferente. El problema de hacer estos cambios es que no solo no era yo, sino que, además, yo no era equilibrado conmigo mismo, seguía detrás de una fachada, esta vez, la de un hombre sensible, un hombre que se resbala por una mujer, en un sentido más patético que Johnny Bravo porque no podía siquiera decir que «no» por miedo a la soledad, a que me dejaran y me hicieran ver como un don nadie en la vereda. Simplemente, me fui al lado opuesto, sin saberlo, me convertí en un hombre que tenía sus carnes fuera, para convertirse en carroña ante la primera que, por compasión decidiera estar conmigo.
Así, inicia la historia de mis amoríos extremos, donde detectaba a una mujer como una casa hogar que pudiera darme techo, yo, un desesperado de cariño comencé a tambalear mis cimientos y me resquebraje: “no soy suficiente”, “no puedo proveerlas de lo que necesitan”, “úsame por una noche o todas las que quieras”, “quiéreme”. Así, como lo veo ahora, yo estaba en la postura que hacía años atrás muchas mujeres estaban conmigo. Probé claramente la hiel del desprecio y de cómo mi ego más desestructurado que nunca lloró por creerse insuficiente hasta de vivir.
Terapia y mentiras
Al ser un pesimista no confeso, me adapté a la idea de sobrevivir a mis peripecias solo, sin ayuda, siempre con una vela al aire ondeando las olas sin rumbo alguno, esperando que la fortuna se apiade de mi destino. Sin embargo, al volcarme en desilusiones que me dejaron en bancarrota, sin ánimos de querer intentar suspirar por la vida ni andar sobre mis pasos para buscar refugio, comencé a detestar profundamente la solvencia femenina, esa que les da pie a ellas de llorar cuando quieren y por lo que quieren, de prestar atención a lo que sienten y exclamarlo a viva voz, de reunirse con sus amigas y juguetear a fantasear una vida tranquila sin preocuparse de que su trabajo no es vanagloriado por una serie de tontos que al igual que yo se creen proveedores de todo el universo. Las envidiaba profundamente.
En este pozo profundo me encontraba hasta que, cabizbajo y sin una moneda en mis bolsillos me volví un desalmado. Pedía a mis amigos, los pocos que me quedaban, unas cuántas monedas para embriagarme, claramente, les decía que era para vivir, para la casa y mi familia, pero mentía, no era capaz de aceptar mi derrota, hasta que un accidente de tránsito donde laceré la vida una mujer y su hija me llevaron a juzgados, la prensa y lo que para mí fue en su momento peor: terapia.
¿Cómo era posible esto? Finalmente, mi familia luego de que se enterasen de toda mi vida y lograran solventar mis malvadas acciones, accedí a ir a terapia, a regañadientes y por orden de un juez. Era de una comunidad bastante ajetreada por lo que estaba en el pasillo esperando que fuera mi turno, finalmente llega, y es una mujer. Es lo que hay, el sistema público es así, mis despilfarros no lograban pagar a un particular ni mucho menos lograban agilizar mi cambio a otro profesional de mí mismo sexo. Así que allí estuve, renuente, terco, grosero y quebrado.
El milagro del desalmado
La gente suele opinar que las ideas suicidas son solo cuestión de horas antes de cometer el hecho, que simplemente llegan y concretas. Además, muchos piensan que morirán de la misma manera en cómo han vivido siempre, inclusive con las mismas ideas y creencias. Yo, tras largos años me di cuenta que no, es falso y soy testigo de ello.
No sé a quién agradecerle sí a la sombra de mi vida que se hacía más amplia, sí a Calamaro, Riso o Bumbury por sus letras reflexivas o a mi psicóloga, ella, quién con una mordacidad atroz y una voluntad firme cumplió con su deber enseñándome que la vida no fue la culpable de todas mis desdichas, ni mi familia fue un motor activador de mis penurias, aprendí la decisión más valiente y aguerrida que pude conocer jamás: mi responsabilidad.
Pasé de ser un perro desalmado a alguien que entendió que las personas, al igual que yo, siente, se afligen y son vulnerables a los actos de otros, aprendí que muchas de mis faltas no son por cuestiones económicas sino porque en mi vida interior estaba tan vacía que ni mil arcas de oro podían llenar mi desacuerdo conmigo mismo. Además, aprendí que respirar cada día sabiendo que puedo tener amigas al lado, esas que, como ángeles asexuados se encariñan de mi presencia y no de mi virilidad, son los tesoros más grandes que cualquier «conquista» que pude tener anteriormente.
Finalmente, entendí que soy un hombre, vulnerable, de carne y hueso, que siente, se ilusiona y es capaz de proyectar y dar amor, de sentirlo sin compromiso de que va a llenar un campo de fútbol de regalos, entendí que una familia no se consolida con mentiras, ni siquiera valen la pena para mantener «la unión familiar» , simplemente entendí que mis hijos, si llego a tenerlos, merecen el reconocimiento de sus emociones, conectar más allá de lo físico y vincularse con otros como lo que son: humanos.
Un perro, no es una descripción para un ser humano, empezando porque es contradictorio, él es leal y fiel, ciegamente en muchas ocasiones. Nosotros, podemos dilucidar, no, no fui ni soy un perro, solo fui un humano plagado de ideas y comportamientos erróneos que decidí en su momento, no atacar y avanzar.
Precisamente por eso, me agradezco y me compadezco, me miro con ternura y me reafirmo como un ser libre que piensa, siente y ama desde lo más profundo de su alma y con plena seguridad de su masculinidad, que cargo siempre conmigo para recordar con una sonrisa que este, en verdad, soy yo.
Una opinión de por qué somos como somos (continuación)
El buñuelo, con su traje esmerado y pulcro con una capa de rudeza
Lejos de describir una figura con grasa, circular y llena de gozo por ser una muestra culinaria que es accesible a todos los paladares. La figura del buñuelo es muy particular, de las clásicas figuras del alma, esta es la más compleja de describir, más que una caracterización de traje o armadura, es una actitud. Dicha postura ante las circunstancias, pescan a incautos que ante el pecado de sucumbir en la traición o de dar desdicha, son capaces de volverse raudos e inflexibles, algo así como cuando dejamos un buñuelo mucho tiempo en la intemperie ¿qué le sucede? se daña, se atrofia, no vuelve a ser quien era, su postura aunque refinada y aparentemente accesible no vuelve a ser la misma ni desea serlo, es fiel creyente a sí mismo y se escabulle ante el daño, es diplomático en sus maneras pero firme en sus convicciones.
¿Por qué un buñuelo? sencillo, ¿Quién se atreve a decirle que no a un delicioso y accesible buñuelo? es de las almas más accesibles cuyo uniforme pulido y perfumado invitan a conocerlo. Piensa, aquella persona que conociste en algún momento de la vida y te pareció sumamente amable, bondadosa, recta en sus actos, convencida en lo que piensa y seguro de sus maneras ¿la tienes? ahora, piensa ¿Cómo luce regularmente? Esto, ya te lo dejo a tu cargo. Ahora bien ¿Cómo surgen los buñuelos?
En un mundo donde la soga del juego de la vida siempre está halándose de un lado a otro, es común ver que alguien ceda y haga caer a todo el equipo, no por el sentido del deber y por sacrificio como nuestra alma anterior, no, lo hace desde el punto de vista de los ideales, y lejos de verlo como una derrota, lo contempla como una manera amena de relacionarse a través de las ideas, genera familiaridad de grupo cuando persuade a otros para que vean más allá de lo aparentemente evidente. Esta alma, desde muy pequeña se adaptó a observar y tomar acciones rápidas y prácticas para vivir, más que sobrevivir, apreciando el mundo que le rodea, obtuvo para sí la dicha de ver que las personas mejoran desde las buenas maneras, desde las palabras, evitando conflictos en lo máximo y dando la cara cuando es necesario.
Asimismo, valoró como posibilidad magnífica la de ir por la vida adoptando posturas ajenas, como bien diplomático (el mejor de ellos), se las arregla para no ceder en sus ideas, pero, convencerte a ti de las suyas. Su esencia, es desperdigar carisma, bondad y aceptación. Pero, a veces, tras de sí guarda una faceta que a veces le disgusta.
Resulta que muchas veces la actitud de estar abierto a otros le juega en contra, y sufre reveses, le traicionan, surgen rumores sobre su forma desairada de proceder, recriminan su aparente falta de frivolidad, no se permite en ocasiones extender la mano a quién no ha observado en “buenos caminos”. Como un agente de negocios, sabe qué recursos dar y cuando, sin embargo, el problema yace en por cuánto tiempo los seguirá dando, al igual que la armadura de acero del deber, en muchas oportunidades, se pierde en una dulce nube de sonrisas, olvidándose de cómo proveerse a sí misma. Es aquí cuando esta alma sucumbe a presiones y se desgasta en dejar todo en orden y de manera cálida ¿qué le ocurre después? bueno, lo que le ocurre a un buñuelo al dejarlo tiempo demás en el fuego.
El mastranto seco, la armadura corroída
Quizás el uniforme de alma más apesadumbrada. Todo mal, todo terrible, todo es caos, fuego lúgubre y deceso mientras vive. Su gestación es de lo más curiosa, de las almas descritas, aquí, tal vez no exista un desarrollo traumático desde el inicio, no, se trata más bien de cómo configura en su ser cada estímulo, tanto los “buenos” como los “aversivos”, este tipo de alma puede volverlos en su contra.
El niño que desde pequeño comprendió a su modo que ser consentido era sinónimo de ser un desfavorecido que necesita siempre muestras de afecto o aquel que siendo pequeño fue puesto a prueba innumerables veces y aceptó para sí la idea que para ser respetado y valorado requiere pruebas de desgaste altísimas, puede convertirse en un mastranto seco. Así, encontramos a aquellas almas que en su adultez malinterpretan los acontecimientos de la vida bajo una lupa distorsionada, como si vieran a través de un espejo opaco, oscuro y sin rastros de espacios de alegría y luz.
Son excelentes previsores de lo malo, pues, al verlo todo mal, son ellos los primeros en ver la quinta pata al gato, defectos en otros y en sí mismos son nombrados en infernales listas que se repiten constantemente como mantra para seguir corrompiéndose, la lista de aparentes castigos nunca cesa, más bien, se incrementa, en una temporada es la apariencia, en otra, es sobre los logros, más allá en el tiempo, son las mujeres o los hombres, y luego ¿qué más? lo que sea, lo vital es quejarse, malinterpretar lo que sucede allá afuera, verlo desde el caos, entenderlo como una lucha de poderes inalcanzables que sólo se apacigua con aquel más “fuerte”, básicamente con aquel capaz de zanjar temas a su paso a través de la dominación sin contemplaciones.
Se debe rescatar al mismo tiempo, que son amantes de lo bello, del arte, las manifestaciones de lo estrictamente hermoso (según los criterios de ellos); y tal postura no debe impresionarnos, dado que al no ver casi nunca la luz al final del túnel o el vaso medio lleno sino siempre vacío, observan a lo lejos como voyeurs distantes los pocos tintes bellos que la vida les da, y generalmente, es el arte puro quien se los da.
Del mismo modo, en la vida relacional, no pueden ser de otra manera, su malherida esencia se ve tan vulnerable que respaldan toda muestra de cariño que dan como una manera de anteponerse por encima de otros, no es amor, ni cariño real, es cariño y amor por la dominación, por fingir (a veces) que realmente quieren y son queridos y aceptados, lo cual es la parte más importante y lo que constantemente buscan, pues, como hemos visto, el repudio ante sí mismos es elevado.
De esta manera, cada soplo vivencial, lejos de ser un aprendizaje para el futuro, una enseñanza de cómo proceder de mejor y de manera más sabia se convierte realmente en una tortura interna de pena y recriminación constante, un concierto de gritos e improperios para sí misma que lo único que hacen es dejar un alma desnutrida, sin fuerzas, que mientras más se hunde, más fuerte y raudo se hace por fuera, qué mejor manera de esconder vulnerabilidad que mostrándose con rejas y abarrotes de hierro, no obstante, no se dan cuenta que dichas estructuras, con el tiempo y embate de los cambios, se corroe y se rompe, tal como ellos, que, de no cuidarse y entablar el rumbo a un lugar más estable sucumben a sus impulsos o los de otros y son neutralizados de manera violenta o “apacible”, es decir, tras cada “derrota” se embotan en sí mismos, siendo incapaces después de sentirse fuertes quedándose estancados para siempre.
¿Cómo se relacionan entre ellas?
Las almas van por allí uniéndose de la manera más impensable, pero, a mi modo de ver, existe una relación interesante entre el buñuelo y el soldado de élite del deber ¿razón? muy sencilla, uno le muestra la ligereza con que se puede tomar la vida y el otro le enseña cómo manejarse de manera recta acompañada del placer de cumplir, se enseñan y contribuyen en muchas ocasiones, no obstante, se restan y eclipsan cuando existen desfases en cuanto al placer, por un lado, la armadura del buñuelo grita hedonismo y el soldado de élite pregunta ¿por cuánto tiempo? Es decir, no desdibuja del horizonte el sentido de cumplir. Entre malabares y cariño, se van conectando y triunfa, si lo hacen lo suficientemente bien, el amor.
Pero, el mastranto seco ¿cómo surge y con quién? Por un lado, con el soldado de élite del deber, puede llegar a contemplar por un lado la idea de dar y sentir satisfacción, sin embargo, verá a corto plazo, cómo obtener algo más que eso. De ese modo, la relación puede que se estanque y al estar el soldado pavimentando el camino y el mastranto simplemente quejándose de todo lo que debe hacer, todo acabe muy pronto. Aquí el sentimiento de héroe vencido del deber será el que de el primer paso después de múltiples oportunidades.
El mastranto y el buñuelo, son una pieza casi idílica. No se sabe cómo, ni se sabe porqué, pero la dulzura del buñuelo puede penetrar la barrera dura y fría del mastranto, con carisma, alegría por la vida y muestras de cariño puede que ceda un poco ante los manjares que pueda ofrecerle, no obstante, la tirantez y estado de ánimo de quejas constantes, una postura casi eterna y en contra del disfrute pueden hacer que se socave la idea del amor y cariño. Simplemente, uno se marchará por creer al otro demasiado inflado de aire y que está volando contra la gravedad y la realidad de la vida apesadumbrada que existe, mientras que el otro, lo ve como una manifestación amorfa de lo malo, donde no hay momentos para compartir ni sentirse aceptado ante los pequeños placeres de la vida. Simplemente, no es para mucho tiempo.
Justificación y aclaraciones
Hace mucho tiempo, entendí en la labor pública del ejercicio, que hablar es una cosa que debe tomarse con pinzas ¿cómo hablarle de esquemas y de estructuras mentales a aquel que solo sabe de su trabajo y de nada más?, ¿cómo llegarle a aquel adolescente que por su característica intrínseca solo quiere irse y no escuchar nada? Ante estas instancias, comprendí que existe un idioma aparentemente universal: las narraciones. Si, por supuesto, con embellecedores y adjetivos a morir, claro que sí (pero solo aquí, por ahora).
No obstante, cuando son bien aplicadas pueden dar a luz a quien antes solo veía tedio de asistir con el “especialista”. Y esta última palabra queda entre comillas porque, a mi parecer, no es especialista quien tiene un pergamino italiano que lo afirma, no, es quien puede emplear todo su saber en quien lo necesita y así, sí este lo decide, mejorar y trascender. Hasta aquí la justificación.
Ahora, como breve y última aclaración, el término uniforme me parece apropiado sí tomo como punto de partida, un elemento que es invariable. Así, el alma es muchas veces intransigente, se queda en una misma posición y forma de ver, a menos que claro, contemple su existencia y decida elevarse por encima de sus circunstancias, pero, sabemos que no siempre es así. De este modo, me despido, recordándote que no todo está perdido, que no todo es teórico y no todo se puede explicar con términos precisos, muchas veces, necesitamos contar como si de niños se tratara y así, ver al otro como un igual que me enseña y no me hace menos. Finalmente, ¿Cuál es tu uniforme de alma?, ¿te diste cuenta de que existe?, ¿Cómo la caracterizas y que harás de ella?
Empecemos con una alerta importante, este artículo que más tiene de ensayo que de otra cosa, se apropia de una idea y es la de describir desde mi punto de vista, cómo muchas personas actúan según su esencia. Por ende, al ser un aspecto tan subjetivo y tan poco apegado al sentido teórico que nos caracteriza, te invito a ti, estimado lector a tomarte este asunto como si fuera la vida: suave, sin darle mucho a la cabeza y sin tomártelo muy a pecho. Empecemos.
En primer lugar, quiero definir lo que comprendo por alma, y ante esto, reflexiono a partir de tres instancias: ¿cómo surge?, ¿cómo existe en nosotros?, ¿qué sucede tras perecer? Siendo así, tú, que estás delante de este escrito ¿qué respondes?, ¿qué opinas?
Primordialmente, creo que surge a partir de las vivencias, se va configurando desde la más temprana sensación. Es decir, desde que nos gestan, el intercambio madre-hijo deja una huella neuronal que va marcando un ritmo, una forma de ser. Algunas veces es Hakuna Matata y otras veces es “córtenle la cabeza”.
Ante el desfile de la vida, marcha sin descanso, jadeante y con la mente en alto quién todo esfuerzo lo ve como cualquier cosa, es esa persona cuya máxima siempre es defender, es asiduo seguidor de aquella célebre frase que dice “en la vida, he sido un hombre afortunado, pues, nada se me ha hecho fácil”. Sí bien a veces reniega de tantos esfuerzos, muchas veces, ésta es su única moneda de cambio.
De este modo, el surgimiento de cómo nos movemos en la vida, lo que nos hace ser nosotros, para mí, viene desde que integramos experiencias a nuestro ser. Así, se va desenvolviendo paso a paso mientras nos desdoblamos en la vida, y sí tomamos consciencia de esta “esencia” de cómo nos ayuda a guiarnos en diferentes situaciones entonces podemos decir que existe, ya que ¿cómo es posible decir que tenemos algo sí no hay consciencia de ello? Podemos verbalizar un “no sé qué” y allí, decidimos indagar y podemos comenzar a darle forma.
Queda, por último, resolver el asunto del después ¿qué ocurre luego? Y aquí me adhiero a algunas perspectivas que hace no mucho escuché de parte de un gran amigo, sobre una visión celta que habla más que del alma, de la reputación, cuando la cosechamos de una manera prodigiosa, con esmero, independientemente de lo que podamos tildar de “bueno o malo” esta quedará por siempre en la vida de aquellos a quienes se les contactó. Y más allá de eso, sí quedan registros de los productos de nuestras acciones, entonces, habrá una prolongación más allá de aquellos a quienes conocimos en persona. Esto es, por ejemplo, cuando tenemos contacto con ese sentimiento de bondad que podemos recoger cuando leemos un texto de parte de un personaje, o, por el contrario, ese repudio y rechazo que obtenemos al ver en los medios sobre aquella persona que cometió una serie de atrocidades. Estas personas, aunque hayan fallecido generan algo en nosotros, develan con sus actos de qué forma se dieron a conocer ante la vida y sus semejantes.
Así pues, relaciono los conceptos de alma y reputación en uno similar, ya que al no ser ninguno algo que podamos tomar con nuestras manos y ver sus características de manera figurativa, si existe un paralelismo en cuánto su importancia, su capacidad de ser “percibido” por quien repara en ellos, y así, se da cuenta de su existencia.
Algunas tipologías
A continuación, veremos algunas manifestaciones un tanto clásicas en su versión fortaleza y en su manifestación de defecto. Te darás cuenta apreciado lector, que muchas veces aquello que más nos caracteriza, si lo empleamos en exceso puede convertirse en un artificio en nuestra contra, por ejemplo, cuando nos excedemos en regar a nuestras plantas ¿Qué ocurre? El exceso de un recurso en detrimento de otros se vuelve en contra y perece aquello que queríamos cuidar. De igual manera, es conveniente comentar que pueden existir mezclas, es lo más natural del mundo, pero, habrá algunos indicios de una tipología más marcada que otras.
“Me Gustan Uniformados” El deber con Su Uniforme Lustrado
Indaguemos. En una temprana infancia, el alma aún desnuda fue bastante observadora, se dio cuenta que su medio no era de fiar, había compromisos de los que no podía zafarse, debía responder, debía satisfacer, debía sobrevivir. Así, se dio cuenta que “deber” y “querer” se forjaron como uno solo, comenzó a creer que el hacer cosas por y para otros no era descabellado, que había gozo en cumplir. Tomó las obligaciones de manera plácida, para todos fue siempre la persona espléndida, que lejos de dar problemas, se ocupaba de ellos ¡caramba, qué coincidencia! Un soldado de élite. Enfermo a veces por las reglas y porque los demás las cumplan.
Esta alma, se vio envuelta en presiones muy altas, denotaba a profundidad las complicaciones de la familia, aquellas mentiras de las que debió hacerse cargo porque parecía que nadie quería ocuparse, por lo que el clima familiar sentía que recaía sobre sus hombros pequeños. De este modo, se forjó para sí misma hombreras antes que un vestido para tapar su desnudez, de tal manera que sus compromisos por muy pesados le hicieran seguir caminando. Sin embargo, también notó, que requirió botas de combate, dado que el piso por donde debía correr sin querer realmente hacerlo, era pedregoso, muchos obstáculos había como para ir a pie descalzo, de igual manera, requirió un yelmo, alto, con penachos, pues, su inteligencia para ocuparse de los problemas era su mayor logro, así que al enorgullecerse de sí mismo decidió decorar aquello que aprendió que le haría feliz.
Al desarrollarse y llegar a la adultez, esta alma, ya con heridas de guerra, suspicacia en sus ojos, mucho sosiego ante los improperios de otros, recato al actuar y dulzura contada solo para algunos pocos se yergue orgullosa. Mira el amanecer de todos a los que socorrió, pero ¿dónde está su propia vida? Se pregunta. La verdad nadie lo sabe. Se ocupó tanto de cumplir, de ser quién está dispuesta a servir que no sabe qué hacer por sí misma.
Comprarse cosas, mimarse, pensar en ella antes que, en otros, anteponer sus deseos alocados antes que el qué dirán le resulta un desafío, el más peligroso que jamás ha presenciado y apenas y sabe combatirlo. No hace falta decir que le duele todo su ser cuando de pedir un favor se trata o pedir lo que sea, simplemente el recibir no está bien adaptado en su diccionario.
Aquí, se dio cuenta que su primera divisa se devaluó ¿Qué herramientas puede emplear ahora? Su lustrosísima armadura no tiene nada similar, pero, con errores y aciertos contempló como armadura el poder decir que no sin que esté en juego su criterio y virtudes, se permitió volcar su consciencia a la locura y hacer lo que le antojaba según el momento, además dejó de darle todos sus recursos a otros y pudo darse aquellos que sintió que merecía tanto material como inmaterial, y por sobre todo, se dio el tiempo para contemplar la posibilidad que tal vez el amor que merece y quiere recibir van más allá de lo que pueda hacer, notó que la noción de cariño y amor viene por quién es, y no solo por aquello que puede fabricar en cuestión de minutos. Esta fue, la armadura del deber, su uniforme dentro de las almas era la más pesada de todas.
Hasta luego
Me despido por ahora, en el siguiente apartado comentaremos sobre el simpático buñuelo y la armadura corroída, espera paciente la segunda parte.
Una herida no es simplemente una abertura que emana molestias y dolor, muchas veces se puede representar como aquel recuerdo que llega y arde o aquel sentimiento que irrumpe y desacomoda la vida diaria. “Quiero morir” para esos sujetos que piensan en palabras y una “vista” de venas abiertas para otros quienes piensan en imágenes, para cualquiera de los dos casos, sufrir se traduce en no poder actuar y simplemente encerrarse en un bucle de tareas rutinarias que silenciosamente roban la vida y suspiros de mejora ya que en cada momento de ocio el dolor hace su acto de presencia.
No poder concentrarse, no querer comer, aunque el hambre ataque y haga de las costillas su saco de boxeo, no desear ir al sanitario y esperar que el esfínter empuje a regañadientes a la víctima para que pueda por obligación hacerse cargo mínimamente de sí mismo, no peinarse dado que es una serie de actividades que devoran las energías, no hablar porque profundiza la agonía de soportar la de uno mismo y ahora la del otro que se preocupa. Así, se vive a grandes rasgos un proceso de enfermedad cuando un estado de ánimo alicaído derrumba el sistema inmune.
El gran imperio que otrora se erguía orgulloso ahora ve cómo se derrumba tras cada negativa por buscar alivio ¡es que cuesta tanto! ¿Cómo levantarte y telefonear al médico si no estás ni seguro de poder/querer mejorar? Es lanzar todo por la borda en un proceso que para otros puede ser insignificante, y esa distorsión cognitiva que carcome y hace pequeña la enfermedad impide ver focos de esperanza. Qué complicada la conciencia de enfermedad. Ahora, revisemos puntos claros, un croquis de un proceso febril que deja como secuela un alma rota que se recupera aliento tras aliento.
El lugar de los hechos
El altar, la habitación en podredumbre o la oficina del alto edificio. En cualquier lugar un proceso de enfermedad puede ocurrir, se gestó en un lugar distinto posiblemente, pero, se vive en aquel donde se pasa más tiempo, convirtiéndolo en un refugio hostil. La luz molesta, el sonido familiar y predecible retumba como grandes elefantes en el pasillo y lo que antes era encantador como el orden, la limpieza o los ventanales ahora no son más que obstáculos que usurpan la paz. Al mismo tiempo, es un refugio encantador, porque es mejor que estar apabullado del ronroneo inquisidor de todos en una fiesta, por ejemplo, tolerando esos ¿cómo te va? O “te ves fatal”, de muchos quienes notan el pesar.
La vida evolutiva
Como en el examen mental de cualquier especialista, la alimentación, el sueño y hasta el sexo se ven cuestionados en el interín mental. ¿Para qué comer si el organismo ruge por la molestia? No obstante, el ánimo empuja al ayuno, ¿para qué despertarse? si el sueño es ese placebo que calma el tintineo de la muerte, o, al contrario, para qué dormir si las pesadillas y el malestar corporal acompañado de espasmos y dolencias quitan a Morfeo de la lista de placeres. Y finalmente, el deseo y la libido son simples recursos de mala calidad que ni siquiera se atraviesan porque la anhedonia (incapacidad para experimentar placer) se apoderó obsesionada de la persona, como una amante en celo que se impulsa por aniquilar a su huésped.
El organismo descompuesto
Como si de Kafka se tratara, comienza una nueva apreciación de uno mismo. Poco a poco nos desprendemos de la piel en una metamorfosis de la salud al deterioro total, empieza por el aspecto físico.
“Qué cara traes hoy hija, maquillate”, “esta ropa se hace tan incómoda, ni me queda bien”, “el sol no calienta suficiente hoy, qué clima tan hostil”. Y así vamos sumando quejas sobre el entorno. Luego, pasamos al ámbito mental, el más escabroso.
“¿Cuándo se acabará esto?”, “doy todo por estar en casa acurrucado, esto de fingir desgasta”, “ahora viene aquel con su energía cocainómana ¿de dónde sale tal actividad?”. Y así en más, todo lo que involucra procesos de planificación se ven totalmente anonadados por el medio y las exigencias.
Finalmente, en la destrucción de la podredumbre, tenemos la capacidad inhibida de lo emocional. Viene representada por dos momentos que muchas veces pueden ligarse, lo cual puede traer consigo algunas inquietudes.
El tipo irritable: “no me ayudes, ya para molestia estoy yo solo”: son aquellos que repudian el contacto con otros, ven a los semejantes como entes que pululan sin ton ni son, en el fondo, existe un repudio por el estado de salud y bienestar que según ellos poseen. Además, existe el deseo de no querer tolerar sus maneras, ni gestos, porque involucra responderles y no hay cabeza para ello. Al mismo tiempo, los problemas del mundo hasta el más grave se ven como un acto insolente “¡qué me importan otros si yo estoy hasta…! Una característica importante es que no desean abiertamente recibir ayuda aunque muchas veces sepan que la necesitan, simplemente se regodean en el dolor confiando en sus desfallecidas fuerzas y esperando además que el otro comprenda que su dolor es tan grande que no tendrá cura (al menos no tan pronto).
El tipo victima: “te necesito, desfallezco sin tu apoyo”: son aquellos que a viva voz expresan su malestar y dolor, piensan que contándoles a otros su pena esta será distribuida equitativamente y de ese modo la mejora llegará. Claramente sociables, no repudian la compañía la ansían y muchas veces en su estado lo multiplican para hacerse aún más merecedores de apoyo y cariño. En cuanto a la percepción de sus problemas y el de los otros, comprenden que existen más dolencias en el mundo, pero las de ellos está en primer lugar “sí, a la Tía Feli le sucedió, ahora yo me siento peor, y además que a mí se me empeoro porque tuve mala suerte…” más leña al fuego. Se caracterizan primordialmente por su afán de esperar cuidados y mimos, quedándose profundamente dolidos si no lo reciben o si no es de la manera que esperan.
El tipo mixto: “necesito ayuda, pero si lo digo me van a cuestionar, si me preguntan digo lo que sucede”: estos tipos que se ven mezclados en sus expresiones de enfermedad son muy comunes. Por un lado, les molesta las injerencias que otros puedan tener sobre su enfermedad “eso te sucedió porque tu no hiciste, dejaste de hacer o seguramente permitiste…” es decir, se vuelven ariscos ante las arremetidas de terceros que lo responsabilizan del proceso de enfermedad; al mismo tiempo, arremeten contra otros porque se sienten pesimistas sobre su recuperación sobre todo considerando los datos que tienen sobre el mundo “no me recuperare, la tasa de muertos por X enfermedad supera la de los recuperados y yo con mis problemas no voy a poder…”, ante esta actitud evitan también contar lo que les sucede y así ahorrarse las penurias negativas de otros. Pero, así como se acuartelan en su malestar, también añoran los mimos y cuidados de otros, se sienten desprotegidos por su cerco social que ellos ayudaron a formar, sin embargo, sí existe una mano piadosa, la toman aunque con reservas, pues, gustan de sentirse respaldados ante la adversidad.
¿Qué sucede cuando no me siento enfermo pero tengo diagnóstico?
En primer lugar, podemos hacer referencia a una acomodación mental, es decir, el organismo se hace a la idea de que el estado de bienestar anterior, ya no será “pleno” sino que tendrá que enfrentar obstáculos. Sucede por ejemplo en enfermedades crónicas como la diabetes, donde la persona debe contemplar la idea de tener que ajustar su ritmo de vida, hábitos alimenticios y tener actividades físicas regulares para lograr mantener una vida estable. Pero esto, es apenas el inicio.
¿Y, si no quiero?
Para nadie es un secreto que estar enfermo para algunos puede significar una alegría malsana pero agradable, por ejemplo, si calificamos y tildamos a algunos de “perversos” podemos decir que hay personas que gustan de ser cuidados y regodearse en el dolor por sentirse incapaces de no hacerse consigo mismos. Entonces, de esta “especie” humana surge una aleación muy compacta de cuidador-enfermo, provocando serios problemas de dependencia en ambos.
De igual manera, existen los del tipo que desean con todas sus fuerzas el clamor de la vida y buscan alternativas a toda costa: homeópatas, medicina oriental, occidental ¡lo que sea! Y consiguen en su camino aliados e incluso admiración, logrando a veces el cometido: vivir.
Al mismo tiempo, están los que se resignan a su diagnóstico y lo abrazan, no estamos hablando de personas que quieran directamente fallecer, que los hay, pero, en este momento haremos referencia a aquellos que ya dan la batalla por perdida debido al peso que supone. Para ustedes, los que en el fondo quieren dejarse de lado y dar todo por vencido, mis palabras:
“Me permití decidir no comer, hasta que mi organismo no fabricó el hambre.
Decidí no dormir, hasta que la vida me empujo a bostezar.
Me permití no relacionarme, para evitar más dolor, me censuré duramente.
Descubriendo así el abandono y desamparo.
Decidí cerrar mi alma, hasta que me vi sola y con sed de ternura.
Me permití hacerme la fuerte, y de pronto descubrí que soy solo de carne y hueso.
Descubrí la importancia de percibir el aroma del peligro, cuando dejé de notarlo.
Y así más instancias, en un momento optadas, las fui perdiendo.
Dándome cuenta después, que no eran opciones.
Era mi vida, latiendo.
Vive, lucha.”
Mi peor miedo, desde que era una niña, era que algún día, él me faltara.
A mis treinta y uno, ese miedo vino a casa, estaba allá, yo no sabía, surgió de pronto, y así un martes de madrugada me enteraría que mi padre, abuelo materno, maestro, y mi gran amigo habría fallecido, aún sigo oyendo el eco del dolor de ese día.
No quería perderlo, no aún, no así, ¿Quizá nunca?
En ese momento sentí cómo la muerte se había apoderado también de mi vida.
Es tan abstracto el amor, que el
cuerpo que lo habita es el instrumento que nos permite materializarlo.
Desde hace unos días, he vuelto a uno de mis libros favoritos «Alicia en el País de las Maravillas», y ahora que trato de explicar lo que siento, mi mente evoca líneas de sus fragmentos. ¡Jamás me había sentido tan Alicia!
Capítulo 1: En la madriguera
Siento que estos días los podría representar la escena en la que Alicia caía hacia lo más profundo y oscuro de la madriguera por tratar de seguir a su admirado señor conejo, para no perderlo.
Para contextualizar, el relato dice así:
«La madriguera del conejo era en línea recta como un túnel, y después torcía bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un pozo sin fondo.O el pozo era en verdad profundo, o ella caía muy despacio, porque Alicia, mientras descendía, tuvo suficiente tiempo para mirar a su alrededor y para preguntarse qué iba a pasar después. Primero, intentó mirar hacia abajo y adivinar a donde iría a parar, pero estaba todo demasiado oscuro para distinguir nada».
Aún me siento cayendo, y a veces me da vértigo no saber cuándo encontraré tierra firme nuevamente.
Sentir que no puede permanecer físicamente lo que más has amado en la vida, es superar cualquier umbral de frustración, no hay marcha atrás.
Es triste reconocer que con la muerte se agota la posibilidad de tener nuevas experiencias junto a la persona amada. No habrá más abrazos, ya se escuchó su risa por última vez, no podré repetir la sensación de calor de estar recostada en su pecho, sintiendo los latidos de su corazón.
No voy volver más a casa, pensé. Y, no me refería al hogar de material noble en el que había crecido, me refería a ese espacio triangular que se formaba entre sus costillas, en el que me refugiaba, en el que me sentía siempre a salvo.
Sé, que cómo yo, en estos momentos, hay muchas personas cayendo por la madriguera, por eso me atrevo a escribir algo tan personal, aunque no forma parte del diario que suelo escribir, lo que siento contiene un dolor puro, cómo le dice mi psicóloga, y si hay alguien atravesando por una situación similar que me está leyendo, quiero que sepa, que literalmente, lo siento mucho.
Este tiempo de distanciamiento, convierte cualquier episodio de transición de vida, en algo distinto. El homenaje que solemos tener en un tradicional velorio, el poder abrazar a tu madre y a tu familia para llorar en coro, la despedida usual, no es una opción dadas las circunstancias.
Tener que adaptarse a la pérdida, mientras nos adaptamos a esta forma de vida, transforma el dolor en inquietud, en incertidumbre, en angustia.
Desde que partió, vengo cuestionando cada una de mis creencias, me he reseteado más de una vez, pero aún sigo en la madriguera buscando a mi amado padre. Y, asumo que parte de mí, se quedará en esa espiral de tiempo, hasta que nos volvamos a encontrar, porque contra todo pronóstico, no puedo resignarme a pensar que, aquí termina, nos faltó tiempo para amarnos, para reírnos, para abrazarnos.
Quizá sea uno de los textos más emotivos que me permita publicar en este blog, pero el objetivo sigue siendo el de aprender. más allá de una teoría o de ciencia, hoy escribo en nombre de la experiencia… Y sólo puedo decir que, nuestros ojos son escondites de memorias, y que, llorar me ha salvado.
Un duelo, es una perdida, y adaptarnos a todo lo que eso conlleva, trae consigo vivenciar el dolor del alma. Es necesario escucharnos, meditar, el silencio, permitirnos sentir, aprender a decir hasta pronto cada que un pensamiento de negación nos invada, y poder regalarnos un viaje al pasado cada que lo necesitemos.
El vínculo que entablamos con los demás, depende significativamente de la forma en la que las personas nos hacen sentir, y mi padre ha sido la persona que más ha influido en mí.
Lo llevo dentro, es una sensación extraña, pero cuando tomo aire para seguir adelante, lo siento volviendo a tomar mi mano, como acompañándome, aunque no lo vea, aunque no lo escuche, aunque no lo pueda tocar más, este corazón mío, late por ambos.
Cuando tenemos este tipo de pérdidas, es cómo si el sol se escondiera, y lloviera intempestivamente, pero por dentro, es lógico que con el duelo se curse una depresión, y todo lo que eso conlleva.
Aceptar el estado de ánimo, nos permitirá tomarnos un tiempo, nuestras propias emociones serán el despertador que suene cuando estemos listos para retornar.
Por ahora, un tiempo esta bien, y es ahí donde no sólo extrañas la presencia de la persona amada, sino que, poco a poco, te extrañas a ti misma, porque ciertamente tampoco estás, ya no eres la de antes, y en medio del desprendimiento, hay que tratar de reconocerse.
El impacto emocional que trae consigo una perdida es indescriptible, pero hay mucho por hacer, y hay que empezar por uno mismo, concientización ante la realidad, desahogo, modular las emociones, pero sobre todo permitirnos sentir.
Si vienen recuerdos, voces, sensaciones, toma un momento en silencio, necesitas escuchar, presta atención, podría resultar más agotador el evitar hacerlo.
Además, el confinamiento en una situación como esta, genera otro tipo de emociones, y transforma el duelo en algo incierto, la pérdida del desahogo social, queda ciertamente limitada. Aunque, debo agregar que, con lo sucedido, los lazos con los miembros de mi familia se han fortalecido, y que, las personas que había elegido a lo largo de mi vida como amigos(as), a pesar de la distancia física, me han hecho sentir como si me rodearan en un círculo y me abrazaran hasta el cansancio.
Definitivamente el apoyo social en un proceso de duelo, te retorna al amor, a la esperanza.
«Reinaba en torno a ella una profunda oscuridad y solo conseguía ver un largo pasadizo que se abría ante ella, en el fondo del cual se distinguía apenas la figura del Conejo Blanco, que desaparecía en la lejanía».
Para atravesar cada una de las fases de duelo, se requiere de un rol activo, necesitamos encontrar un propio significado a la pérdida, y formas de canalizar la angustia, yo he vuelto un poco al pasado, revisando videos, fotografías, escuchando canciones. Y mientras me mantengo en el presente, escribir me permite de alguna forma continuar hablándole.
Aunque quizá la tarea más dura de estos días sea el tratar de ser una persona más justa conmigo misma, sin exigirme de más, pero a la vez, sin rendirme mientras lo echo de menos…
Después de todo, sí que cuando el tiempo me haga sombra, podré volver a casa, desprendiéndome de la tristeza, dejándola, antes de entrar, encima del tapete de bienvenida.
Después de todo, sé que aún puedo volver a mi refugio de colores, en dónde observo a mi padre cada que cierro los ojos, tranquilo y sonriente, en dónde lo siento, cuando observo mis manos, las que tantas veces el sostuvo, mientras las medía junto a las suyas y repetía, que eran las manos que más se le parecían. ¡Prometo construir lo mismo que hiciste con las tuyas, cuidándonos!
Dedicado a mi persona favorita, Jaime Ernesto Alfonso Muñoz Romero