Hoy, me desvisto de mis corazas, me adentro al clima nublado y brumoso que enmarca esta ciudad desolada que hoy me invade, como hombre, me siento en contacto por primera vez con mis memorias, nombres, razones y motivos secretos, aquí, de rodillas y con la cabeza deshecha confieso mis penas que en otro momento fueron hazañas según me comentaron otros que, sin conocerme realmente, ahora me ven como un héroe. ¡Ilusos! Solo soy quién se enfundó en un disfraz del supuesto hombre moderno. Esto, es solo una mentira.
Yo, me identifico con quien se le adjudica el peyorativo de “perro”, más adelante, me permitiré dar mi opinión sobre esto. Antes de iniciar este descalabro, me permito expresar que sí algún otro semejante llega a leer estas líneas, que sepas que te acepto, te comprendo; puede que no comparta tus acciones ni las haga mías, pero, por encima de ello, sin condiciones te doy la mano.
¿Quién soy?
La apariencia no importa, aquí se irá transformando en lo que vayas leyendo. Una cara, un gesto, una acción…todo se irá cambiando, hablo en mi nombre, pero realmente soy muchos a los que puedo enmarcar.
Esto es tan así que si te digo que acepto por fin que soy un perro, un maldito perro, a tu cabeza se te viene una imagen de alguien que te afligió y te sigue afligiendo, sino es así, entonces ¿por qué lo recuerdas? Finalmente, solo diré que para definir quién soy, comenzaré describiéndome por partes.
¿De dónde vengo?
Yo, vengo de un hogar cultivado por la tradición y la convencionalidad, aún no tengo progenie, pero, sin lugar a dudas yo sería incapaz de inculcar la ceguera voluntaria. Esta cualidad así bautizada por mi madre, refiere a todas las acciones que ella decide secuestrar en nombre de la familia, según ella, apoyada por estilos de crianza y una sociedad distorsionada, mi padre, solo podía estar al tanto de un puñado de cosas, no obstante, las que tienen que ver con un acercamiento emocional a nosotros, sus hijos, era un deber innecesario, inexistente. De este modo, me forjé en la misión de creer que la comida y sus preparaciones siempre estaban prestas, dado que sin importar los achaques de mamá, ella se ocuparía, sí me dolía el corazón la forma correcta de afrontarlo era ahogándolo en videojuegos o licores bajo el amparo de “noche de amigos” y no en la sabia conversación con alguien mayor y más experimentado, pero, ¿Cómo podía encontrar dicha experiencia sí mi padre castigaba a mi madre con silencio cuando tenía ella sus pequeñas contestaciones en breves arrebatos?, ¿Cómo confiar en los míos sí al momento de hablar de cómo me sentía y cuán presionado estaba se me tildaba de desviado, gay y demás ademanes?, ¿Cómo confiar sí papá solo estaba para castigar, reprimir y demostrar dominancia sin contemplaciones y mamá solo estaba para bajar la cabeza? De aquí vengo y esto es lo que me ha traído.
Sacrificio, manos atadas y daño materno
Al recordar mis memorias, evado la cruda refulgencia de mis emociones, de cuánto anhelaba la comprensión en mi niñez y solo encontraba una espalda fría que decía que los niños como yo no debíamos comportarnos así. De este modo, aprendí que mi madre estaba hecha para ceder a los disfrutes que según ella yo merecía: salir de fiesta desde los doce, beber desde los trece, tener novias desde la primaria, entre otras cosas, que asumí como completamente normal, hasta que vi con desencanto que mis hermanas no podían si quiera mencionar la palabra fiesta porque ya eran tildadas de “rebusconas y fáciles”. Bajo esa premisa, me acostumbré a ver a mis primeras enamoradas como eso: chicas rebusconas que me hacían valedero de mis primeros apodos de “cazador”. Ahora, con mis años encima, ¿Qué sentido tiene que a una mujer, una humana como yo, sea entendida como una presa? Es incomprensible y hasta perverso.
Las manos atadas vinieron cuando me acostumbré también a la idea que mayor capacidad de “enamoramiento de chicas hacia mi” equivalía a mayor valía. Todo suena grotesco y más cuando fue de mi padre de quien aprendí dicha creencia. Así, me adapté mentalmente a subsanar todo resquebrajo que tuvo, en otras palabras, a saber, de sus infidelidades y convertirme inclusive en su confidente cuando “se le cruzaban las fechas” y debía usar una tapadera. Lo veía como un gesto natural de padre e hijo, sobre mi madre, solo pensaba que se lo había buscado dado que ya hacía mucho tiempo solo se ocupaba del hogar y no de sí misma ni de su esposo, mi padre. Pensar en esto ahora, y ver que aún se hace con total impunidad me revuelve mis entrañas, pero, eso aprendí.
¿Cómo fueron mis relaciones amorosas?
No hace falta ser un sabio para saber que fueron un destrozo, causado por mí, por ellas, por el efecto que les causé y se volvieron en mi contra. Hoy, con mi soledad en brazos recapacito acerca de mis prácticas, aisladas de toda compasión, entendimiento y ternura. Las mujeres, solo fueron para mí un rato, momentos que se llenaron de encuentros sexuales para satisfacerme por completo a mis anchas, luego, se convirtieron en satisfacción para ellas, pues, en mi retorcida lógica llegué a contemplar que mientras mejor se sentían conmigo, mejor fama iba a tener para atrapar a otras. Una porquería de sistema, lo sé. Lo que ocurría tras unos encuentros es totalmente sabido: me desaparecía, no llamadas, ni mensajes de texto, solo ignoraba su existencia una vez lograda la “conquista”, una forma errónea más de ver el acto de acercarme a alguien. Para mí, se trataba de poder, el acercarme a las mujeres y con palabras, sonrisas, halagos y regalos llevarla a donde me apeteciera se volvió un juego más.
Después de la universidad y luego del trabajo, ya tenía un par de citas agendadas, por sí alguna no daba la talla, “mojigatas” las hacía llamar a aquellas que me ignoraban a mí, con mi ego herido, comenzaba a despotricar con mis amigos sobre ellas, inventando excusas y situaciones para no admitir jamás que ellas me rechazaron a mí por tenerme como un patán. Tenían razón.
Ni que decir de las innumerables galerías virtuales que a modo de catálogos deslumbraban mis ojos cuando necesitaba llenar mi vacío emocional, ellas, las disponibles a todas horas, estaban allí, clasificadas, ordenadas y calificadas de acuerdo a mis arrebatos. Una pena. Sin embargo, así accedí a ellas por mucho tiempo haciéndolas esperar incluso cuando me llamaban a mí, solo yo importaba, nadie más.
Claramente, nunca había presentación a amigos o a la familia. Mi madre siempre me preguntaba por la falta de formalidad en mi vida amorosa, y yo salía de esos “apuros” a punta de estar ocupado en mi carrera, no tener tiempo en invertir en una relación, tolerar los berrinches de ellas…en fin, patrañas para no decir a vox populi que su hijo era incapaz de ser vulnerable con alguien, que le dolía inmensamente confesar que no sabía estar solo, y que siempre tuvo a alguien agendado porque desde los 16 (tiempo en que estuve por primera vez con alguien) no sabía mantener una conversación cercana con una mujer si no era para llevarla a la cama; indudablemente, me era imposible.
Una vez
Solo una vez me enteré de la valía de una buena compañía, de la necesidad de estar para alguien no por mi billetera, ni por mis halagos sino por mi persona. Ella, con su ímpetu de estar siempre revoloteando en sus ámbitos y vivir siempre en su soledad tan feliz me parecieron un atractivo inigualable, estaba en la universidad a mitad de carrera, con un promedio estable, sin fiestas alocadas y un sentido del humor excelente, ella, fue en quien posé mis ojos por primera vez sin ansias de llenar mi vacío ego.
Después de camuflarme en su vida como un amigo, ella empezó a sentirse cómoda en mis manos, sin embargo, el desastre llegó. ¿Cómo brindo amor y cercanía si no lo tengo? Lo acepto, no me conozco, mi fama y lo que se dé mí es porque otros me lo han dicho, a solas, tiemblo por escuchar mis pensamientos ingratos y banales contra mí. Por lo que, al acercarme con ella de una manera que sentía que mi alma estaba desnuda, me aterroricé. Lo presintió, estoy seguro, me llamaba y mensajeaba, adoraba leer que se preocupaba por mí, pero, mi miedo a no afrontar mi vulnerabilidad con alguien más me paralizó. Debía tomar medidas extremas para sacarla de mi vida, por su bien, más que por el mío, así lo vi en aquel entonces y finalmente, una noche sin premeditarlo, en una fiesta, me escapé con su mejor amiga, el resto ya lo intuyen. Quedamos destrozados, pero, me resguardé de expresar mis ineptitudes.
Luego de ello, comencé a darme cuenta que la vida en relaciones amorosas no era para mí, al menos no con el sentido que le estaba dando, así que tomé mis maletas, las emocionales y las físicas, me fui a un lugar nuevo y comencé de nuevo mis andanzas para entender el amor y entenderme a mí. ¡vaya estrago!
Del amor al odio, conocí la dependencia y la sumisión
Decidí hacerlo todo distinto, vestirme, engalanarme, agraciarme con ellas, todo diferente. El problema de hacer estos cambios es que no solo no era yo, sino que, además, yo no era equilibrado conmigo mismo, seguía detrás de una fachada, esta vez, la de un hombre sensible, un hombre que se resbala por una mujer, en un sentido más patético que Johnny Bravo porque no podía siquiera decir que «no» por miedo a la soledad, a que me dejaran y me hicieran ver como un don nadie en la vereda. Simplemente, me fui al lado opuesto, sin saberlo, me convertí en un hombre que tenía sus carnes fuera, para convertirse en carroña ante la primera que, por compasión decidiera estar conmigo.
Así, inicia la historia de mis amoríos extremos, donde detectaba a una mujer como una casa hogar que pudiera darme techo, yo, un desesperado de cariño comencé a tambalear mis cimientos y me resquebraje: “no soy suficiente”, “no puedo proveerlas de lo que necesitan”, “úsame por una noche o todas las que quieras”, “quiéreme”. Así, como lo veo ahora, yo estaba en la postura que hacía años atrás muchas mujeres estaban conmigo. Probé claramente la hiel del desprecio y de cómo mi ego más desestructurado que nunca lloró por creerse insuficiente hasta de vivir.
Terapia y mentiras

Al ser un pesimista no confeso, me adapté a la idea de sobrevivir a mis peripecias solo, sin ayuda, siempre con una vela al aire ondeando las olas sin rumbo alguno, esperando que la fortuna se apiade de mi destino. Sin embargo, al volcarme en desilusiones que me dejaron en bancarrota, sin ánimos de querer intentar suspirar por la vida ni andar sobre mis pasos para buscar refugio, comencé a detestar profundamente la solvencia femenina, esa que les da pie a ellas de llorar cuando quieren y por lo que quieren, de prestar atención a lo que sienten y exclamarlo a viva voz, de reunirse con sus amigas y juguetear a fantasear una vida tranquila sin preocuparse de que su trabajo no es vanagloriado por una serie de tontos que al igual que yo se creen proveedores de todo el universo. Las envidiaba profundamente.
En este pozo profundo me encontraba hasta que, cabizbajo y sin una moneda en mis bolsillos me volví un desalmado. Pedía a mis amigos, los pocos que me quedaban, unas cuántas monedas para embriagarme, claramente, les decía que era para vivir, para la casa y mi familia, pero mentía, no era capaz de aceptar mi derrota, hasta que un accidente de tránsito donde laceré la vida una mujer y su hija me llevaron a juzgados, la prensa y lo que para mí fue en su momento peor: terapia.
¿Cómo era posible esto? Finalmente, mi familia luego de que se enterasen de toda mi vida y lograran solventar mis malvadas acciones, accedí a ir a terapia, a regañadientes y por orden de un juez. Era de una comunidad bastante ajetreada por lo que estaba en el pasillo esperando que fuera mi turno, finalmente llega, y es una mujer. Es lo que hay, el sistema público es así, mis despilfarros no lograban pagar a un particular ni mucho menos lograban agilizar mi cambio a otro profesional de mí mismo sexo. Así que allí estuve, renuente, terco, grosero y quebrado.
El milagro del desalmado
La gente suele opinar que las ideas suicidas son solo cuestión de horas antes de cometer el hecho, que simplemente llegan y concretas. Además, muchos piensan que morirán de la misma manera en cómo han vivido siempre, inclusive con las mismas ideas y creencias. Yo, tras largos años me di cuenta que no, es falso y soy testigo de ello.
No sé a quién agradecerle sí a la sombra de mi vida que se hacía más amplia, sí a Calamaro, Riso o Bumbury por sus letras reflexivas o a mi psicóloga, ella, quién con una mordacidad atroz y una voluntad firme cumplió con su deber enseñándome que la vida no fue la culpable de todas mis desdichas, ni mi familia fue un motor activador de mis penurias, aprendí la decisión más valiente y aguerrida que pude conocer jamás: mi responsabilidad.
Pasé de ser un perro desalmado a alguien que entendió que las personas, al igual que yo, siente, se afligen y son vulnerables a los actos de otros, aprendí que muchas de mis faltas no son por cuestiones económicas sino porque en mi vida interior estaba tan vacía que ni mil arcas de oro podían llenar mi desacuerdo conmigo mismo. Además, aprendí que respirar cada día sabiendo que puedo tener amigas al lado, esas que, como ángeles asexuados se encariñan de mi presencia y no de mi virilidad, son los tesoros más grandes que cualquier «conquista» que pude tener anteriormente.
Finalmente, entendí que soy un hombre, vulnerable, de carne y hueso, que siente, se ilusiona y es capaz de proyectar y dar amor, de sentirlo sin compromiso de que va a llenar un campo de fútbol de regalos, entendí que una familia no se consolida con mentiras, ni siquiera valen la pena para mantener «la unión familiar» , simplemente entendí que mis hijos, si llego a tenerlos, merecen el reconocimiento de sus emociones, conectar más allá de lo físico y vincularse con otros como lo que son: humanos.
Un perro, no es una descripción para un ser humano, empezando porque es contradictorio, él es leal y fiel, ciegamente en muchas ocasiones. Nosotros, podemos dilucidar, no, no fui ni soy un perro, solo fui un humano plagado de ideas y comportamientos erróneos que decidí en su momento, no atacar y avanzar.

Precisamente por eso, me agradezco y me compadezco, me miro con ternura y me reafirmo como un ser libre que piensa, siente y ama desde lo más profundo de su alma y con plena seguridad de su masculinidad, que cargo siempre conmigo para recordar con una sonrisa que este, en verdad, soy yo.








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Estás tertulias deberían ser más seguidas, dan frutos buenísimos. La crueldad de las comparaciones ilógicas: Perros – Hombres