Mi peor miedo, desde que era una niña, era que algún día, él me faltara.
A mis treinta y uno, ese miedo vino a casa, estaba allá, yo no sabía, surgió de pronto, y así un martes de madrugada me enteraría que mi padre, abuelo materno, maestro, y mi gran amigo habría fallecido, aún sigo oyendo el eco del dolor de ese día.
No quería perderlo, no aún, no así, ¿Quizá nunca?
En ese momento sentí cómo la muerte se había apoderado también de mi vida.
Es tan abstracto el amor, que el cuerpo que lo habita es el instrumento que nos permite materializarlo.
Desde hace unos días, he vuelto a uno de mis libros favoritos «Alicia en el País de las Maravillas», y ahora que trato de explicar lo que siento, mi mente evoca líneas de sus fragmentos. ¡Jamás me había sentido tan Alicia!
Capítulo 1: En la madriguera

Siento que estos días los podría representar la escena en la que Alicia caía hacia lo más profundo y oscuro de la madriguera por tratar de seguir a su admirado señor conejo, para no perderlo.
Para contextualizar, el relato dice así:
«La madriguera del conejo era en línea recta como un túnel, y después torcía bruscamente hacia abajo, tan bruscamente que Alicia no tuvo tiempo de pensar en detenerse y se encontró cayendo por lo que parecía un pozo sin fondo. O el pozo era en verdad profundo, o ella caía muy despacio, porque Alicia, mientras descendía, tuvo suficiente tiempo para mirar a su alrededor y para preguntarse qué iba a pasar después. Primero, intentó mirar hacia abajo y adivinar a donde iría a parar, pero estaba todo demasiado oscuro para distinguir nada».
Aún me siento cayendo, y a veces me da vértigo no saber cuándo encontraré tierra firme nuevamente.
Sentir que no puede permanecer físicamente lo que más has amado en la vida, es superar cualquier umbral de frustración, no hay marcha atrás.
Es triste reconocer que con la muerte se agota la posibilidad de tener nuevas experiencias junto a la persona amada. No habrá más abrazos, ya se escuchó su risa por última vez, no podré repetir la sensación de calor de estar recostada en su pecho, sintiendo los latidos de su corazón.
No voy volver más a casa, pensé. Y, no me refería al hogar de material noble en el que había crecido, me refería a ese espacio triangular que se formaba entre sus costillas, en el que me refugiaba, en el que me sentía siempre a salvo.
Sé, que cómo yo, en estos momentos, hay muchas personas cayendo por la madriguera, por eso me atrevo a escribir algo tan personal, aunque no forma parte del diario que suelo escribir, lo que siento contiene un dolor puro, cómo le dice mi psicóloga, y si hay alguien atravesando por una situación similar que me está leyendo, quiero que sepa, que literalmente, lo siento mucho.
Este tiempo de distanciamiento, convierte cualquier episodio de transición de vida, en algo distinto. El homenaje que solemos tener en un tradicional velorio, el poder abrazar a tu madre y a tu familia para llorar en coro, la despedida usual, no es una opción dadas las circunstancias.
Tener que adaptarse a la pérdida, mientras nos adaptamos a esta forma de vida, transforma el dolor en inquietud, en incertidumbre, en angustia.
Desde que partió, vengo cuestionando cada una de mis creencias, me he reseteado más de una vez, pero aún sigo en la madriguera buscando a mi amado padre. Y, asumo que parte de mí, se quedará en esa espiral de tiempo, hasta que nos volvamos a encontrar, porque contra todo pronóstico, no puedo resignarme a pensar que, aquí termina, nos faltó tiempo para amarnos, para reírnos, para abrazarnos.
Quizá sea uno de los textos más emotivos que me permita publicar en este blog, pero el objetivo sigue siendo el de aprender. más allá de una teoría o de ciencia, hoy escribo en nombre de la experiencia… Y sólo puedo decir que, nuestros ojos son escondites de memorias, y que, llorar me ha salvado.
Un duelo, es una perdida, y adaptarnos a todo lo que eso conlleva, trae consigo vivenciar el dolor del alma. Es necesario escucharnos, meditar, el silencio, permitirnos sentir, aprender a decir hasta pronto cada que un pensamiento de negación nos invada, y poder regalarnos un viaje al pasado cada que lo necesitemos.
El vínculo que entablamos con los demás, depende significativamente de la forma en la que las personas nos hacen sentir, y mi padre ha sido la persona que más ha influido en mí.
Lo llevo dentro, es una sensación extraña, pero cuando tomo aire para seguir adelante, lo siento volviendo a tomar mi mano, como acompañándome, aunque no lo vea, aunque no lo escuche, aunque no lo pueda tocar más, este corazón mío, late por ambos.
Cuando tenemos este tipo de pérdidas, es cómo si el sol se escondiera, y lloviera intempestivamente, pero por dentro, es lógico que con el duelo se curse una depresión, y todo lo que eso conlleva.
Aceptar el estado de ánimo, nos permitirá tomarnos un tiempo, nuestras propias emociones serán el despertador que suene cuando estemos listos para retornar.
Por ahora, un tiempo esta bien, y es ahí donde no sólo extrañas la presencia de la persona amada, sino que, poco a poco, te extrañas a ti misma, porque ciertamente tampoco estás, ya no eres la de antes, y en medio del desprendimiento, hay que tratar de reconocerse.
El impacto emocional que trae consigo una perdida es indescriptible, pero hay mucho por hacer, y hay que empezar por uno mismo, concientización ante la realidad, desahogo, modular las emociones, pero sobre todo permitirnos sentir.
Si vienen recuerdos, voces, sensaciones, toma un momento en silencio, necesitas escuchar, presta atención, podría resultar más agotador el evitar hacerlo.
Además, el confinamiento en una situación como esta, genera otro tipo de emociones, y transforma el duelo en algo incierto, la pérdida del desahogo social, queda ciertamente limitada. Aunque, debo agregar que, con lo sucedido, los lazos con los miembros de mi familia se han fortalecido, y que, las personas que había elegido a lo largo de mi vida como amigos(as), a pesar de la distancia física, me han hecho sentir como si me rodearan en un círculo y me abrazaran hasta el cansancio.
Definitivamente el apoyo social en un proceso de duelo, te retorna al amor, a la esperanza.
«Reinaba en torno a ella una profunda oscuridad y solo conseguía ver un largo pasadizo que se abría ante ella, en el fondo del cual se distinguía apenas la figura del Conejo Blanco, que desaparecía en la lejanía».
Para atravesar cada una de las fases de duelo, se requiere de un rol activo, necesitamos encontrar un propio significado a la pérdida, y formas de canalizar la angustia, yo he vuelto un poco al pasado, revisando videos, fotografías, escuchando canciones. Y mientras me mantengo en el presente, escribir me permite de alguna forma continuar hablándole.
Aunque quizá la tarea más dura de estos días sea el tratar de ser una persona más justa conmigo misma, sin exigirme de más, pero a la vez, sin rendirme mientras lo echo de menos…
Después de todo, sí que cuando el tiempo me haga sombra, podré volver a casa, desprendiéndome de la tristeza, dejándola, antes de entrar, encima del tapete de bienvenida.
Después de todo, sé que aún puedo volver a mi refugio de colores, en dónde observo a mi padre cada que cierro los ojos, tranquilo y sonriente, en dónde lo siento, cuando observo mis manos, las que tantas veces el sostuvo, mientras las medía junto a las suyas y repetía, que eran las manos que más se le parecían. ¡Prometo construir lo mismo que hiciste con las tuyas, cuidándonos!
Dedicado a mi persona favorita, Jaime Ernesto Alfonso Muñoz Romero




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Gracias por esto. Es un sentimiento compartido. Mi más grande temor siempre fue que me falte mi abuelo, mi papá. Te abrazo el alma
Muy emotivo y alentador, gracias. Ahora entiendo que parte del viaje es el final. Te recuerdo viejo querido.
Encontré este nuevo publicaciones y queria decir gracias por escribir desde el corazón. Te mando un abrazo, uno de esos que se siente cuando estás lejos.