Desde hace varios días o, mejor dicho, desde hace más de un mes, había estado posponiendo escribir esta entrada de blog. Aunque siempre he considerado este espacio como algo terapéutico, lo dejé de lado, optando por actividades que me resultaban más cómodas. Fue precisamente esta decisión la que me inspiró a abordar el tema de hoy.
Estoy segura de que muchos hemos postergado tareas importantes, ya sean académicas o laborales, (hasta incluso personales) especialmente aquellas que nos generan estrés o incomodidad. Sin embargo, posponer estas tareas no nos libra de ese malestar; al contrario, lo agrava cuando finalmente no nos queda de otra que enfrentarnos a la actividad pendiente. Este fenómeno tiene un nombre bastante conocido: procrastinación.
¿Qué es la procrastinación?
La palabra procrastinación proviene del latín pro, que significa “después”, y crastinus, que se traduce como “mañana”. Solomon y Rothblum (1984) definieron la procrastinación como el retraso voluntario de tareas hasta el límite del plazo establecido. Por lo general, estas tareas no son particularmente gratificantes, y aplazarlas suele acarrear consecuencias negativas, como el aumento del estrés y la ansiedad.
Más recientemente, Zhang y Ma (2024) encontraron que la procrastinación está vinculada a la preferencia por recompensas inmediatas sobre las futuras. Es decir, preferimos actividades que nos brinden placer o alivio inmediato, como ver un episodio de nuestra serie favorita, en lugar de enfrentarnos a una tarea compleja. Esta recompensa instantánea nos da una sensación momentánea de bienestar, pero la tarea pendiente sigue ahí, acumulando frustración.

Procrastinación, autoestima y emociones
Ghasempour et al. (2024) señalan que la procrastinación puede incluso afectar nuestra autoestima. Cuando postergamos, no solo evitamos una tarea, sino que también reforzamos la idea de que no somos capaces de enfrentarla, lo que impacta nuestra percepción de valía personal. Además, Tong et al. (2024) indican que la regulación emocional desempeña un papel crucial en la procrastinación. Aprender a manejar nuestras emociones nos ayuda a reinterpretar las tareas desde una perspectiva más positiva, reduciendo su impacto emocional negativo. De esta forma, la procrastinación ocurre cuando percibimos que la aversión a la tarea es mayor que la utilidad del resultado. Sin embargo, al revaluar cognitivamente la situación, podemos disminuir esta aversión o incrementar la percepción del beneficio, facilitando la acción.
Miedo al fracaso: el motor oculto

Aunque se ha estudiado mucho sobre la procrastinación en contextos académicos y laborales, pocas veces se aborda cómo posponemos nuestras propias metas personales por miedo al fracaso. Enfrentarse al fracaso es doloroso, y a menudo preferimos evitar ese malestar quedándonos en nuestra zona de confort. Sin embargo, esta aparente “seguridad” es en realidad una forma de fracaso garantizado, pues nunca sabremos si hubiéramos logrado aquello que deseábamos. Danne et al. (2024) estudiaron cómo el miedo al fracaso influye en la procrastinación, encontrando que esta tendencia disminuye con la edad. Los adultos jóvenes somos los más propensos a procrastinar debido a este miedo, mientras que, con los años, es probable que la conciencia de la finitud de la vida nos lleva a priorizar lo que realmente importa.

Memento Mori: Vivir con Propósito
Esto me lleva a reflexionar sobre la importancia de recordar que la vida es finita. El concepto de memento mori —“recuerda que vas a morir”— nos invita a valorar cada día y a vivir con propósito. No se trata solo de sobrevivir, sino de encontrar un sentido único para nuestra vida, uno que no esté dictado por expectativas sociales, sino por nuestras propias aspiraciones y valores. Memento mori no se trata solo de recordar que algún día pereceremos, si no de tener presente que ¡Estamos vivos! Memento Vivere, y que merecemos vivir la vida que queremos.
El optimismo como antídoto

Kashiwakura y Hiraki (2024) proponen que el optimismo respecto al futuro reduce significativamente la procrastinación. Cuando visualizamos un futuro que nos motiva, es más fácil evitar distracciones y enfocarnos en acciones que nos acerquen a nuestras metas. Tener claridad sobre nuestro propósito nos proporciona un norte hacia el cual dirigir nuestras acciones.
Reflexión final
Sin embargo, es importante reconocer que no todos procrastinamos por las mismas razones. Las creencias, experiencias y contextos individuales juegan un papel crucial en este comportamiento. Si te encuentras atrapado en un ciclo de procrastinación, incluso después de probar estrategias comunes como fijar plazos o usar guías de productividad, tal vez sea el momento de explorar estas dificultades a través de la psicoterapia. Enfoques como la Terapia Cognitivo-Conductual (TCC) o la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT) han demostrado ser efectivos para abordar la procrastinación.
No se trata de ser “flojo” ni de una simple falta de disciplina. A menudo, procrastinamos por miedo o por creencias limitantes que nos impiden avanzar. Explorar estas barreras y trabajar en nuestras emociones, pensamientos y valores nos permitirá vivir la vida que realmente queremos y merecemos.
Referencias:
Danne, V., Gers, B., & Altgassen, M. (2024). Is the Association of Procrastination and Age Mediated by Fear of Failure?. Journal of Rational-Emotive & Cognitive-Behavior Therapy, 42. 433 – 446. https://doi.org/10.1007/s10942-023-00527-w
Ghasempour, S., Babaei, A., Nouri, S., Basirinezhad, M., & Abbasi, A. (2024). Relationship between academic procrastination, self-esteem, and moral intelligence among medical sciences students: a cross-sectional study. BMC Psychology, 12(225). https://doi.org/10.1186/s40359-024-01731-8
Kashiwakura, S. & Hiraki, K. (2024). Future optimism group based on the chronological stress view is less likely to be severe procrastinators. Scientific Reports, 14, 11338. https://doi.org/10.1038/s41598-024-61277-y
Solomon, L. & Rothblum, E. (1984). Academic procrastination: Frequency and cognitive-behavioral correlates. Journal of Counseling Psychology, 31(4), 503 – 509. https://doi.org/10.1037/0022-0167.31.4.503
Tong, T.,Bai,Y., & Feng, T. (2024). The cognitive mechanism of reducing procrastination by emotion regulation: The mediation role of task aversiveness. Acta Psychologica Sinica, 56(4), 458 – 468. https://doi.org/10.3724/SP.J.1041.2024.00458
Zhang, P. & Ma, W. (2024). Temporal discounting predicts procrastination in the real world. Scientific reports, 14, 14642. https://doi.org/10.1038/s41598-024-65110-4





Usuarios Hoy : 54
Usuarios Últimos 7 días : 804
Total de Usuarios : 130557