En algunas ocasiones, se puede percibir que personas cargadas emocionalmente (con ansiedad) se vean provocadas a que tengan el comportamiento compulsivo por comer demasiadas cosas. Pero la vida nos sorprende con otro lado, aunque comparten el hecho de comer cosas no nutritivas, llega al punto de que lo que ingieren ni siquiera es un alimento, estamos hablando de la “pica”. Esto consiste en “ingerir sustancias no nutritivas y no alimentarias” (Guía de Consulta de los criterios diagnósticos del DSM-5, 2014).
Dichas sustancias pueden ser el papel, barro, suciedad, cabello, hielo, entre otras. Ahora bien, este signo puede presentarse acompañando a un trastorno de la salud mental, en dicho caso, se deberá diagnosticar de acuerdo al trastorno en cuestión, pero en otros casos, se presenta solo. Para ser diagnosticado propiamente como pica, se deben cumplir algunos criterios explicados en el siguiente ejemplo:
Julián, de cuatro años, va a la guardería en la mañana, donde las encargadas deben desaparecer el papel higiénico, porque él tiene la costumbre de que cada vez que lo avista, empieza a comérselo y corre para que no se lo quiten. Algo similar pasa en casa, cada vez que el pequeño se encuentra aburrido o viendo la televisión, la mamá lo ve comiendo papel higiénico en un estado de tranquilidad. Esto es una constante desde que él tenía un año y medio de edad. Nadie más de su entorno lo practica y no es algo socialmente aceptable.
Para ser más específicos, los criterios son que el niño debe ser mayor de los dos años, este signo no debe acompañar ningún otro trastorno mental (excepto retraso mental); esta conducta debe presentarse, mínimamente, dos veces por semana, durante un mes o más. Adicionalmente, no debe ser una práctica impulsada por su entorno o sociedad.
Si bien este es un signo de alarma para diversos trastornos como ansiedad, retraso mental, autismo, entre otros; también puede ser un problema conductual que, aun cuando se pueda controlar con indicaciones y reforzadores, si no se trabaja de forma adecuada, solo mutará. En nuestro ejemplo, los padres de Julián controlaron esta conducta con golpes y gritos, tales como: “Deja de hacer eso”, “¿cuándo vas a cambiar?”, “siempre es lo mismo contigo y el papel”.
Luego de mucho tiempo, Julián ya es un adulto de treinta años, que cada vez que llega a casa después de trabajar, va a su refrigeradora, saca una docena de cubos de hielo y se sienta a ver alguna película mientras mastica hielo, no sabe por qué lo hace, pero esto le relaja y se siente bien.
La forma de los padres al abordar el problema, sea con castigos o gritos, debe ser un método controlado porque el contenido de los gritos presentados en el ejemplo, puede provocar problemas emocionales personales (como afectar la autoestima), lo que genera muchos conflictos internos, probablemente, el niño obedezca y deje de hacer esto, pero, quedará una herida emocional de la infancia. En nuestro ejemplo la pica solo mutó con el reemplazo de la sustancia ingerida a una “más aceptable”, pero esta se presenta en altas cantidades, debido a que ya no hay alguien que controle a Julián, y siente que puede hacer lo que quiera en su casa. Esto se debe a que cuando era niño, no llegó a comprender por qué lo hacía, ni por qué debía dejar de hacerlo, simplemente, el mensaje que recibió es que era un mal niño por comer papel.
Llevar a los pequeños a terapia es preocuparnos por su salud mental y tomar la decisión de mantener una crianza responsable, si no es posible llevarle a un especialista, se puede averiguar, e investigar sobre el tema antes de hacer un juicio propio sin apoyo argumentativo. Hay soluciones y la mayoría de cosas que ocurren en los niños ya tienen explicación y un abordaje apropiado, abrirnos a una nueva forma de tratarlos será un gran avance para cada padre.
Referencias
Asociación Americana de Psiquiatría, (2014). Guía de consulta de los criterios diagnósticos del DSM-5. Washington DC, Londres.
Livingstone, C. (2000). Guía de bolsillo de la clasificación CIE-10. Clasificación de los trastornos mentales y del comportamiento con glosario y criterios diagnósticos de investigación. Madrid: Editorial medica Panamericana
Vivimos en una sociedad que nos exige más de lo que podemos dar.
Juana, de quince años de edad: “Todo estaba bien hasta que me solicitaron, por salud, bajar de peso; o, al menos, ‘mantenerme’. Luego vinieron otros episodios en los que fui vilmente criticada por mi cuerpo, tanto por niños de mi edad como por gente muy cercana. Empecé a contar calorías, medirme la cintura, las piernas y los brazos. Buscaba comer cantidades exactas; de lo contrario, sufría ataques de ansiedad. Hacía ejercicio para quemar grasa, y cardio en exceso. Me alejé de todo y de todos, me hacía la enferma cuando había reuniones familiares con comida; me la pasaba en el baño del colegio para que no notaran que no comía, buscaba más dietas en Internet; no había otro objetivo en mi vida que bajar de peso. Llegué a pesar 36 kilos cuando debí pesar 50. Me convertí en una materia inerte. Ya no hablaba, no reía; había perdido todo lo que valoraba de mí: mi familia, mis amigos, mi personalidad, mi danza”. (en González, 2018)
Juana Diaz
Juana pudo salir de esta situación tan dura y difícil gracias al apoyo de su familia: “Jamás se está preparado para afrontar situaciones duras en la casa, y menos con los hijos. Y cuando esto sucede, uno se pregunta: ¿En qué me equivoqué? Hoy puedo decir tranquilamente que le doy gracias a Dios por estar en mi vida: sin Él no hubiera podido ayudar a Juana a salir de un trastorno que la estaba llevando a la tumba. Debo decir que, gracias a esta enfermedad, en nuestro hogar hemos afianzado nuestras relaciones como familia, nuestra fe se ha fortalecido y hemos servido para ayudar a otros. Juana es un ser humano espectacular”. Julieta Páramo, madre de Juana (en González, 2018).
Pero ¿qué es el TCA?
Es la relación no saludable con la comida, con la actividad física, y se puede dar por causas multifactorial, estos pueden ser: biológicos, psicológicos, conductuales y socioambientales que interactuarían de manera compleja, contribuyendo a su aparición y mantención.
¿Quién está en riesgo?
Cualquiera puede desarrollar un trastorno alimenticio por diversos aspectos, tales como la cultura y sociedad, estos trastornos suelen aparecer con más frecuencia en adolescentes, pero, también se desarrolla en la infancia o en la edad adulta.
Cuando una persona sufre de trastorno de la conducta alimentaria (TCA), sus síntomas no solo acaban disminuyendo la sensación de bienestar, sino que, además, pueden terminar en complicaciones médicas y llevar conigo una serie de enfermedades que comprometen todo el organismo, lo que afecta el crecimiento y el desarrollo: La desnutrición, el desequilibrio hormonal, la hipotensión, y los problemas del corazón potencialmente mortales.
En el ámbito psicosocial, traen consigo un bajo autoestima, posible dismorfia corporal, temor a ser juzgados constantemente por compararse por ciertos estándares de belleza que la sociedad impone, el afecto negativo (depresión, ansiedad o culpa), el deterioro en el funcionamiento interpersonal, y la preocupación excesiva por la alimentación, el peso y la figura.
En el ámbito socioambiental, los primeros comentarios críticos sobre la apariencia y la alimentación provienen de los padres. Los conflictos familiares no resueltos, haber sido objeto de burlas, además de la presión percibida para ser delgado, entre otros, son factores de cuidado.
¿Cuáles son los síntomas?
Los síntomas varían según el trastorno, pero los más comunes son:
Restricción alimentaria sin control médico: saltarse comidas, disminuir las raciones, evitar alimentos que «engordan», y comer solo alimentos light o diet.
Adelgazamiento extremo.
Atracones de comida.
Cambios en hábitos alimentarios: prolongar el tiempo para realizar comidas, rituales, jugar con los alimentos, quitarles la grasa, etc.
Síntomas y signos físicos de malnutrición: alopecia, sensación de frialdad, mareos, piel seca, con manchas o amarillenta.
Alteraciones menstruales.
Vómitos autoprovocados.
Empleo de laxantes.
Hacer ejercicio excesivo.
Ayunos durante periodos largos.
Miedo intenso a subir de peso.
Imagen corporal distorsionada.
Verse con sobrepeso incluso cuando se está con bajo peso.
¿Cómo podemos ayudar a una persona con trastorno de la conducta alimentaria (TCA)?
En caso de padecer este trastorno o suscitar estos síntomas, es de suma importancia acudir a la ayuda de los profesionales de la salud que sepan llevar un tratamiento adecuado. Los padres deben mantenerse alertas ante cualquier síntoma que pueda presentar el adolescente en casa, para poder brindar el apoyo y soporte necesario. El comportamiento y las acciones que realicen los adultos en casa, son fundamentales para guiar al menor en su proceso de desarrollo.
A una persona con TCA no se le puede obligar a recuperarse, ni se le puede decir: “tienes que comer, tienes que hacer esto o tienes que hacer lo otro, deberías de parar y dejar de tener atracones, deberías dejar de vomitar…” Muchas veces el paciente con TCA no es consciente de su enfermedad, lo que implica que el tratamiento se comience, la mayor parte de las veces, con una escasa motivación para el cambio. La comprensión de estos aspectos por parte de los profesionales de la salud que tengan los primeros contactos con el paciente y su familia, serán fundamentales para el éxito de la referencia al tratamiento especializado y su posterior adherencia. El conocimiento de estrategias motivacionales puede ayudar a que este proceso resulte satisfactorio.
¿Cuáles son los planes de tratamiento?
El tratamiento se puede adaptar a las necesidades de cada persona, por ejemplo: psicoterapia individual, grupal y de familia. Atención médica y monitoreo, asesoramiento nutricional y medicamentos.
Lo más importante es entrar en terapia, trabajar con un equipo interdisciplinario donde también esté presente un nutricionista, y se pueda contar con un adecuado soporte emocional.
López, C., Treasure, J. (2011). Trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes: descripción y manejo. Revista Médica Clínica Las Condes, 22(1). 85-97. DOI: 10.1016/S0716-8640(11)70396-0
Gaete, P., López, C. (2020). Trastornos de la conducta alimentaria en adolescentes. Una mirada integral. Revista chilena de pediatría, 91(5), 784-793. https://dx.doi.org/10.32641/rchped.vi91i5.1534
Estimados lectores en este último artículo quiero compartir con ustedes uno de los temas que más me ha interesado y qué nos puede pasar a todos: «Los trastornos de conducta alimentaria».
Cuando hablamos de Ana, resulta fácil pensar en ella y cómo transforma los cuerpos que caen en su engaño. Se llega a un peso inferior esperado a la talla:
Bajo peso corporal levemente severo definido como un IMC de ≥17.
Bajo peso corporal moderadamente severo definido como un IMC de 16-16,99.
Bajo peso corporal severo definido como un IMC de 15-15,99.
Bajo peso corporal extremadamente severo definido como un IMC <15. (DSM V. American Psychiatric Association, 2013).
También nos encontramos con una alteración del ciclo menstrual, es decir, una amenorrea (la ausencia continua de menstruación) y una alteración de la imagen corporal que se empieza a configurar en los primeros años de la infancia.
Conforme a comentarios que han vertido sobre nosotros, nuestros familiares, comentarios de los compañeros en la escuela, lo que veíamos cuando éramos pequeños y lo que sentíamos cuando nos miramos al espejo, puede desencadenar una negación y control del hambre.
Este punto es muy importante, tenemos que pensar que etimológicamente anorexia significa «pérdida de apetito» pero las pacientes (incluido varones) anoréxicas no pierden el apetito; son las fases muy avanzadas de la enfermedad normalmente en donde lo que hacen es pasar mucha hambre, que se niegan a sí mismas y a los demás, fruto de esta restricción prolongada en el tiempo.
Es verdad que incurren en una pérdida de capacidad para discriminar la sensación de hambre y entonces les cuesta identificarla para mantener sumisa dicha sensación natural.
Para contrarrestar está necesidad, ejercen una gran hiperactividad a través del ejercicio físico y a comportamientos obsesivos basados en el control de las calorías, hay un miedo a la subida de peso cuando la paciente logra de forma estable mantener un equilibrio en la restricción de la ingesta de que se ha impuesto, no solamente adelgaza sino que detiene su crecimiento, no solo logra estar delgada sino parecer una niña o princesa de porcelana.
El cuerpo adopta un funcionamiento y una apariencia infantil con motivo de la desnutrición, los órganos se reducen y tienen una funcionalidad propia de la infancia, conseguir alcanzar el peso deseado le conduce al «empoderamiento» a proclamar la victoria sobre el cuerpo y la vida, eliminando de esta manera su tendencia a infravalorarse y su miedo en la toma de decisiones.
Hay una irritabilidad y un cambio brusco en el estado de ánimo. Pasa que a lo mejor los padres acaban de ver a su hija exultante y al minuto siguiente se la encuentra llorando porque quizá ha pasado por delante de un espejo y no le gusta lo que ha visto o se ha comido un cuarto de galleta más y siempre que le aprieta el pantalón más de la cuenta se produce también un desequilibrio.
Estas peculiaridades en su dieta y estilo de vida, tienen que ser compensadas o legitimadas a través de un expediente académico intachable y esto a su vez conduce a un perfeccionismo y a una minuciosidad en sus conductas.
En los últimos 30 años las modelos de las revistas han reducido su peso significativamente donde antes tenían un peso de 65 o 70 kg y eso constituye un ideal de belleza ahora mismo el peso de las modelos no supera los 50 kg. Y en el caso de los hombres podemos ver en las revistas cuerpos hiper-musculosos por anabolizantes (Teoría de la Cultura, 2007).
Los adolescentes crecen con la idea de que estar delgados proporciona la clave de la felicidad, amistades, éxito pareja, trabajo y lo peor es que algo de eso es verdad.
La glorificación de la delgadez en el caso de las adolescentes no solamente les permite obtener la admiración del sexo opuesto sino será la envidia de sus propias compañeras. Tanto es así que las chicas anoréxicas se les presupone una mayor inteligencia, una mayor autodisciplina y la capacidad para integrarse dentro de sectores socioeconómicos elevados, pero no olvidemos que cuando una chica ha sido ridiculizada sobre su peso en la infancia, la impronta que se produce en su mente es tan intensa que esas burlas le acompañarán el resto de su vida.
Hay dos contextos familiares que propician la aparición de este tipo de trastornos el primer caso es el de los padres y protectores que están muy pendientes de cualquier necesidad física o emocional de su bebé en el momento de nacimiento, por ejemplo: frío, llanto, hambre, etcétera. Al impedir al niño desarrollar las habilidades necesarias para discriminar sus sensaciones emociones para aceptar su propia imagen corporal o la de sus hijos transmitiendo mucha falta de naturalidad en las relaciones interpersonales es posible que tiendan a cosificar el cuerpo y a percibirla de una forma fragmentada como una serie de partes a perfeccionar que no se integran entre sí, arrugas, papada, barriga, etcétera. Las madres que conservan un rol tradicional dentro de la familia proyectan sobre la comida un valor simbólico de entrega y amor a la misma pero también una forma de justificar la importancia de su rol a pesar de no tener una remuneración por su trabajo (Kirszman y Salgueiro, 2002).
Hay pacientes que rechazan la comida materna porque en el fondo están rechazando el papel simbólico de su madre dentro de la familia hay padres que creen arreglar la situación mediante la desestructuración alimentaria, es decir, cada uno llega en el horario que crea conveniente y come lo que encuentre en la nevera de esta manera se consumen alimentos precocinados demasiado elaborados sin ninguna personalidad con calorías vacías que implican una mayor sensación de insatisfacción y hambre, preludios del futuro atracón bulimico. Por otro lado, la comida premia comportamientos si te portas bien, te compro un helado, sirve como amenaza si no te comes la sopa, te quedas sin postre, endulza las penas con pasteles y reduce el aburrimiento al tomarnos un chocolate caliente.
El ideal de belleza que se impone a la mujer, esto implica la negación por parte de las propias madres de procesos consustanciales a la transformación de su cuerpo con motivo de la menopausia entre los 40 y los 50 años de edad empieza entonces por parte de las progenitoras el seguimiento de dietas hipocalóricas sin ningún tipo de asesoramiento nutricional se ven incapaces de cumplirlas en el 95% de los casos, pero para entonces sus hijas han tomado buena nota de ello y ya tienen un modelo a imitar.
Pensemos en las familias con un estilo relacional en el que tienden a evitarse los conflictos hay una inhibición de las emociones, la expresión positivas se considera una debilidad y la expresión negativas se considera una descalificación o una falta de clase. Sin embargo, cuando alguien inhibe necesidades crea dentro de sí, fuertes sentimientos de frustración y una incapacidad para resolver los conflictos abiertamente; es entonces cuando la comida se puede convertir en un modulador de los deseos inhibidos. En este tipo de familias es frecuente encontrar algún tipo de alianza implícita e inconsciente entre una de los padres y sus hijos intentando demostrar la superioridad moral sobre el otro miembro de la pareja (Avilés, 2007).
La hija en un intento desesperado de evitar la ruptura matrimonial; la anorexia conseguirá la unión de los dos padres pero a costa de su vida.
En otras ocasiones, algunos padres se referirán a sus hijas con diminutivos, expresiones animadas comprándole ropa de niña pequeña como calcetines, zapatos, vestidos, etc.
Algunas pacientes anoréxicas han sido la niña bonita del padre durante su infancia con la llegada de la pubertad se tiene que romper esa relación simbiótica, por el miedo a un incesto real o fantasía. Es entonces cuando las chicas encuentran en la anorexia un refugio para mantener la seguridad sobre su cuerpo. Es frecuente también un modelo de comunicación basado en el chantaje emocional, en la inhibición de las elecciones personales y en la ausencia de límites dentro del ámbito familiar, es decir, padres que entran en las habitaciones de los hijos sin pedir permiso, abren armarios, abren cajones, diarios privados o madres que componen tensión, se intercambian vestidos con sus propias hijas.
Puede haber casos en los que un cuadro de anorexia o bulimia esté enmascarando un abuso sexual. Las pacientes adoptan conductas purgativas o entran en ingestas desaforadas o consumen sustancias con el fin de negar el impacto traumático de la experiencia, también es posible que vomitan como una muestra de rechazo hacia sí mismas.
Para culminar, comparto un poema respecto a este tema que caló en mí y de igual manera espero que en ustedes pueda tener impacto y sobre todo se quede en la retina para aprender a desaprender, no solo la forma en la que nos expresamos respecto a nuestros cuerpos, sino a reafirmar nuestra imagen con amor y respeto:
Ella
Enséñame a ser como tú,
a no pedir, ni reclamar.
La muerte me persigue,
y no quiero huir más.
Enséñame a tener disciplina,
a querer ser como tú, prometo cambiar,
a ceñirme a tu figura, a no comer más.
Mi pequeña, enséñame a ser como tú,
yo ya no quiero volver a caer,
desfallecer, no es una opción,
cada centímetro menos, es toda una nueva ilusión…
Bibliografía:
Avilés, D. (2007). Actitud negativa hacia la alimentación (anorexia nerviosa) entre padres e hijos. Tesis de licenciatura. Toluca (México): UAEM.
Diagnostic and statistical manual of mental disorders, 5th ed.: DSM V. Washington, DC: American Psychiatric Association, 2013.
Kirszman, D. y Salgueiro, M. (2002). El enemigo en el espejo. De la insatisfacción corporal al trastorno alimentario. Madrid: TEA.