El retraso del inicio de la maternidad cada vez va en aumento, por ejemplo, en Canadá, en el 2007, el 18% de mujeres fue madre por primera vez luego de los 35 años de edad.
Actualmente, en muchas sociedades tener el primer hijo después de los 30 años se ha convertido en la realidad cotidiana. Desde los años 80, la edad materna del primer parto ha experimentado un fuerte aumento, esto generalmente ha ocurrido por la educación y el acceso a los métodos de planificación familiar (en el Perú son totalmente gratuitos). Los niveles educativos de las mujeres han aumentado a un ritmo más acelerado que el de los hombres en las últimas décadas (sin embargo, esto se evalúa a modo urbano, pues en las zonas rurales, son las mujeres las que tienen menor probabilidad de culminar la educación secundaria).
Uno de los motivos del retraso de la maternidad es el significado que conlleva, ya que en el “pasado” se consideraba el tener hijos como pilar fundamental de la familia y la aspiración o finalidad de la mujer. Actualmente, en muchas sociedades, esta percepción ha cambiado ya que la trayectoria escuela-matrimonio-hijos dejó de ser el curso de vida normal para las mujeres.
Lo que sucede actualmente es que la vida de una mujer ya no gira en torno al matrimonio, pareja e hijos, asimismo, no existe una “edad ideal” en la cual una persona deba cumplir estos hitos como proyecto de vida. Lo que la juventud se cuestiona es: “¿Estaré preparada?”, “¿Será el momento indicado?”, “¿Afectará mi futuro profesional?”, por otra parte, los cambios que han experimentado la familia y las relaciones de pareja también han sido influyentes en las decisiones sobre la maternidad. Una vez que la familia y las parejas tienen sus cimientos en satisfacciones psicológicas, los hijos dejan de estar en el centro de la familia. Se busca más bien una vida de pareja donde no se pierda la «magia», el enamoramiento, para lo cual no es indispensable tener hijos.
Asimismo , la educación femenina es un pilar influyente, este tiene un doble efecto de retraso en la edad del primer nacimiento. Se habla sobre dos efectos:
Efecto de incapacitación, porque el inicio y la finalización de la educación son actividades que no son compatibles con la crianza de los hijos.
Efecto de aspiración, ya que la persona primero aspira a obtener mayores beneficios económicos en el mercado laboral.
Si bien a nivel emocional, psicológico, económico, etc., puede que sea gratificante o recompensable el postergar la maternidad, sin embargo, fisiológicamente cada persona tiene un reloj, uno que no retrocede, por lo tanto, nuestro organismo ya no es el mismo que hace quince minutos; por lo que, al envejecer, los folículos ováricos de la mujer también lo hacen (a diferencia de los espermatozoides, ya que ellos están en constante renovación).
Los folículos ováricos tienen la misma edad cronológica de la mujer que los posee, y, a medida que el tiempo avanza, ellos también envejecen, entonces, con el paso de los años se da una disminución de la reserva ovárica y disminución de la calidad ovocitaria, que involucra un aumento en la incidencia de fallas de fecundación y embriones con bajo potencial de desarrollo y aneuploidías dependientes, fundamentalmente, de la edad materna, así como el envejecimiento uterino y sus consecuencias en el desarrollo y función placentaria. El enfoque se centra fundamentalmente en la mujer, pero incluye aspectos de la contribución masculina.
Si hablamos de otros factores de riesgo asociados a la maternidad postergada, tenemos: aumento de frecuencia de abortos espontáneos, aumento de enfermedades hipertensivas del embarazo, mayor probabilidad de anomalías congénitas, prematuridad, aumento de morbi-mortalidad materno perinatal, incremento de cesáreas, enfermedades maternas asociadas, entre otras.
A ciencia cierta, no podríamos asegurar que la postergación de la maternidad constituya un patrón que se mantenga o propague a toda la población, pero existe mayor probabilidad de que los hijos de gestaciones deseadas o planificadas tengan una mejor calidad de vida.
En América Latina existen bastantes desigualdades económicas y los procesos sociales influyen en los cambios en el tamaño familiar, estos también son influidos por los estratos sociales. ¿Por qué? Pues, en zonas urbanas es más probable que los ciudadanos se acerquen a los establecimientos de salud por planificación familiar, donde el personal de salud brinda una asesoría personalizada de acuerdo a las necesidades de cada persona.
Entonces, podríamos decir que estas personas tienen mayor probabilidad de tener una maternidad deseada. Sin embargo, en zonas rurales, el acercamiento a los establecimientos de salud por estos temas no está muy difundido. Pero entre los aspectos que se tiene en común como sociedad es que la planificación familiar esta influenciada por bastantes variables:
Machismo: “Mi marido no está de acuerdo con que me cuide, porque desconfía de mi”, “No he conversado con mi marido sobre esto”, “La gente dice que si yo me cuido es porque tengo muchas parejas sexuales”, etc.
Religión: En muchas de estas, se considera que uso de estos métodos como contradictorios a los designios de la divinidad.
Creencias personales, tabúes o miedo.
Falta de educación: Generalmente, son las personas analfabetas o con poca educación quienes no logran comprender el gran beneficio que conlleva poder planificar la maternidad.
Considerar que todos los métodos anticonceptivos son “abortivos”.
Esta polarización socioeconómica que caracteriza a muchas sociedades latinoamericanas, representa una barrera difícil de derrumbar con respecto a la familia, la paternidad y el calendario óptimo para las transiciones de la edad adulta.
Pero también veamos el otro punto de este tema, en nuestra sociedad gravemente afectada por el machismo, el hecho de tener hijos recae en mayor medida en una mujer, por lo que, si hablamos de carreras profesionales o tener trabajo estable, quien tiene que retrasar o perder su ocupación, es la mujer, sin embargo, eso no sucede de la misma manera con el sexo opuesto, ya que, aparentemente, tener un hijo no interfiere en su futuro laboral.
Felizmente, en muchas personas ha quedado atrás la necesidad de mantener un matrimonio por los hijos.
Referencias
Fuentes, A., Sequeira, K., & Tapia-Pizarro, A. (2021). Efectos demográficos, clínicos y biológicos de la postergación de la maternidad. Revista Médica Clínica Las Condes.
Montilva, M. (2024). Postergación de la maternidad de mujeres profesionales jóvenes en dos metrópolis latinoamericanas. Utopìa y Praxis Latinoamericana.
Paredes, N. (2013). Maternidad postergada. Horiz Med.
No sé en qué momento comencé a contemplar la maternidad. De hecho, no estoy segura si esta reflexión surgió como un deseo genuino o si fue influida por mi entorno: amigas y conocidas que empezaron a embarazarse (y ya no eran embarazos adolescentes), ¿o también podría se que la sociedad así lo demanda?
Puedo explicar, por medio de la siguiente metáfora, uno de los motivos por el cual maternar no esté en los planes de vida de algunas mujeres: Las personas que en alguna oportunidad hayamos viajado en avión, hemos escuchado el protocolo de seguridad que las aeromozas explican antes de despegar: en caso de despresurización en el vuelo, debemos colocarnos primero la máscara de oxígeno antes de ayudar a otros. A veces, en medio del caos, podríamos sentir la urgencia de ayudar a los demás antes que a nosotras mismos, con la posibilidad y el riesgo de sufrir algún tipo de descompensación o incluso la muerte. Y es esta enseñanza la que nos recuerda la necesidad de cuidarnos primero para estar en condiciones de cuidar a otros. Trasladando lo anterior a la maternidad, implica reconocer que intentar darles a nuestros futuros hijos algo que nosotras mismas carecemos (desde falta de estabilidad financiera, mental o emocional), podría resultar contraproducente. ¿Cómo brindaríamos cuidados a otro ser (que depende 100 % de una) si no nos cuidamos primero a nosotras mismas?
En el momento que me di cuenta de que la maternidad no figura entre mis prioridades actuales (ni siquiera cercanas) y comencé a compartir esta reflexión con personas de mi entorno, rápidamente me enfrente al juicio. Algunas personas me tildaron de “egoísta” o me dijeron frases como “cambiarás de opinión con el tiempo” o “tu instinto maternal llegará con los años”. Estas reacciones me llevaron a cuestionar dos cosas: ¿Realmente existe el “instinto maternal”?, ¿y por qué se consideraría egoísta la decisión de no querer traer hijos a este mundo?
La idea de querer tener hijos viene, en cierto punto, del deseo de supervivencia, asegurar nuestra continuidad y nuestro legado (tener a quien preceda nuestros apellidos, y herede nuestras pertenencias, “todo el trabajo duro que hicimos en vida”) para sentir que una parte de nosotros prevalece en la tierra, aun cuando nuestro cuerpo físico parta de esta dimensión y experiencia terrenal, sin embargo, ¿es esto realmente necesario? ¿Es justo esperar que otro ser nos dé sentido de trascendencia?
Es innegable que existe un rol social asignado a la mujer, un rol de reproducción, donde solemos ser vistas como complemento del varón (no se da de manera inversa), lo que le da un valor a la mujer asociado al rol de esposa y de madre (no de sí misma). En nuestra sociedad, hemos observado una dinámica donde el varón se establece como el proveedor del hogar, mientras que se asigna a la mujer el rol de cuidadora del esposo y los hijos, el cual es considerado como una obligación. Esto conlleva a una visión estereotipada de la mujer, lo cual la limita a únicamente al papel de madre (Recciutti, 2020). Este modelo permite que se pueda afirmar que la idea del instinto materno no es más que un constructo social, moldeado históricamente por el machismo. Las mujeres que se ven presionadas a conformarse con esta forma de maternidad, se arriesgan a sentirse culpables y transgresoras si no cumplen con el ideal maternal impuesto por la sociedad (Del Castillo y Polo, 2020); muchos hablan incluso de que el no tener hijos haría que la mujer no estaría cumpliendo con lo que “debería”, por lo tanto, no sería una “mujer completa”.Estas expectativas generan síntomas de ansiedad, impotencia y frustración por no encajar con la idea de ser “buenas madres”, más aún en una cultura machista que suele ver a las madres como “mujeres sacrificadas, puras, virtuosas y dignas”; y si una de ellas se sale de este estereotipo es rápidamente señalada y juzgada.
En este contexto, la mujer se encontraría restringida en su capacidad de elegir roles más allá de la maternidad, lo cual refleja una concepción arcaica. En el año 2024, la noción de que existe un instinto maternal “innato”, arraigado en la sociedad parece obsoleta y limitante.
En una perspectiva distinta, algunos sostienen que el deseo de no tener hijos es egoísta, disfrazado bajo la premisa de que “solo piensas en ti”. Sin embargo, ¿no es igualmente egoísta querer tener hijos con la expectativa de que cuidarán de nosotros en la vejez? Ya que se suele plantear la pregunta “¿quién te cuidará cuando envejezcas?” como una de las razones para elegir la maternidad. Pinilla y Sánchez (2020) analizaron el egoísmo en base al pensamiento de Hobbes, indicando que, desde la psicología, es la forma en la que una persona actúa solo en pro de sus intereses, y por ello, actúa de manera que “sea” o “parezca” conveniente, resaltando que existe una diferencia entre actuar en base a nuestros intereses personales y actuar en función de lo que nos interesa. El querer ejercer una maternidad, por lo tanto, tiene que nacer desde el interés real, no solo querer ser madres sino ejercer de manera presente.
Y otro punto a señalar es que otras personas (en especial mujeres que son madres) indican que la única forma en la que se experimenta el “verdadero amor” es solo siendo madres; en cierto punto, no dudo que sea así, es decir, las mujeres que se convierten en madres deben sentir un amor muy grande por sus hijos (por lo menos un porcentaje alto), sin embargo, desde mi perspectiva profesional y humana, creo firmemente que no es necesario ser madre para experimentar el “verdadero amor”.
El amor es uno de los sentimientos de más alta frecuencia, que nos permite vibrar ligeramente con la vida, y decir que solo se experimenta este sentimiento al ser madres es limitarlo (y el amor no tiene límites). Podemos sentir amor hacia nosotras mismo, nuestros padres, hermanos, hermanas, amigos, amigas, pareja, mascotas, incluso al contemplar un atardecer, o al tomar una taza de café o té; y no se trata de comparar que se ama más o menos, sino entender de que el amor tiene expresiones infinitas, y que ninguna es más o menos “verdadera”.
La maternidad puede dar lugar a experiencias que sean satisfactorias y empoderadoras, como también a experiencias traumáticas que pueden afectar el estado psíquico de la mujer que se convierte en madre, esto incluso puede llegar a afectar el vínculo que se pueda tener con el recién nacido (Del Castillo y Polo, 2020), aquí podríamos poner como ejemplo claro a la depresión post-parto. Es decir, algunas mujeres no atraviesan por ese “momento mágico” de dicha y felicidad, sino que algunas tienen miedo, ansiedad y frustración, emociones completamente válidas al viaje de la vida que empiezan: el cuidado de otro ser humano que depende completamente de una.
Decidir no tener hijos también es una elección valida, especialmente en una cultura que idealiza la maternidad. No ser madres no nos hace “menos mujer” o “mujeres incompletas”, todas somos igualmente valiosas, ya sea si elegimos maternar o no.
Para las personas que juzgan acerca de ello, es bueno comprender que nuestra verdad no siempre será replicable a otras personas o contextos, así que antes de emitir algún tipo de juicio mejor escuchemos con atención: si alguna mujer te comenta su deseo de no ser mamá, escucha con apertura y amor, respetando la opinión y decisión que tome.
El traer a alguien a esta vida es un milagro, de por si la vida misma es un milagro, sin embargo, ese “milagro” o coloquialmente llamado “bendición” requiere de cuidados, en especial en sus primeros años de vida (si no es en toda su vida o la vida de la madre), cuidados que tienen un coste económico, mental y emocional.
¿Qué ocurre si en ningún momento me llego a sentir preparada para asumir ese rol? Pues nada, soy una persona egoísta, y tacho esta palabra porque simplemente soy una persona que decide, con toda libertad, no ejercer la maternidad.
Por último, deseo aplaudir la responsabilidad y carga física, mental y emocional que las madres llevan (ya sea que lo hayan decidió o que les haya tocado). Criar a un ser humano es una tarea apoteósica y difícil por donde lo veamos, que requiere no solo de esfuerzo si no de mucho sacrificio; y fuera como se haya dado la situación, requiere a veces de posponer o dejar de lado por completo metas propias para proveer y criar a otra persona. Hay que entender que las madres, antes de serlo, son personas con sueños y metas propias que atraviesan un cambio emocional desde que se enteran del embarazo, además, es necesario reconocer y respetar su identidad más allá de la maternidad.
Referencias
Del Castillo, R., & Polo, C. (2020). Maternidad e identidad materna: deconstrucción terapéutica de narrativas. Rev. Asoc. Esp. Neuropsiq 40(138), 33 – 54. https://doi.org/ 10.4321/S0211-573520200020003
Pinilla, D., & Sánchez, P. (2020). El egoísmo en el pensamiento de Thomas Hobbes. Interpretación y racionalidad cooperativa. Cinta moebio, (69), 241 – 254. https://doi.org/10.4067/S0717-554X2020000300241
Recciutti, P. (2020). Los artificios del Instinto Materno. Representaciones de la madre universal. Universidad de la República – Uruguay. https://www.colibri.udelar.edu.uy/jspui/bitstream/20.500.12008/29363/1/tfg_paula_recciutti_2.pdf
Antes de escribir este artículo, me limitaban mucho mis ideas de exponer mi vida e imagen como profesional de la salud mental envuelta en esta situación. Quienes saben un poco más de mi, conocen mi historia familiar; soy casada, tengo dos hijas, una de once años, otra de seis, y un pequeño bebé con apenas días de nacido, que me ha llevado a conectar con mi vulnerabilidad y esa parte sensible que no me gusta reconocer en mí. Es más fácil mostrarse fría, tener las cosas bajo control, y con una respuesta que ayude a la esperanza. Pero, decidí hacerlo porque es una forma de sanar.
A quienes son mis pacientes, muchas veces, les dije que escribir es terapéutico, y que las veces en que he escrito artículos para el blog han sido durante momentos que necesitaba conectar conmigo y reconocer mis emociones. Espero poder ayudar a algunas mamás que estén pasando esta etapa. Ya seas primeriza o tengas tu cuarto hijo, cada experiencia es distinta.
Este tiempo he estado leyendo mucho sobre la depresión postparto, o artículos de cómo puede afectarnos la llegada de un nuevo ser a nuestra vida; nadie niega que no lo hayas esperado tanto y que deberías estar contenta y agradecida, porque ya está contigo; pero se olvidaron de decirnos que la maternidad duele. Duele ya no tenerlo en tu vientre, no poder hacer las cosas que hacías antes, dejar de sentirte reconocida en tu trabajo; duele dar de lactar; las malas noches; el cansancio; ver que tu cuerpo que ya no es el de antes; afecta esa carga hormonal que estaba a mil con el bebé dentro, y hoy, ya no está; frustra la ansiedad que sientes por si acaso podrás terminar tus cosas a tiempo, antes de que despierte el bebé; apena no tener tiempo de pareja, y pensar que tu relación puede llegar a su fin, porque eres invisible para él; destroza no tener el mismo tiempo, ni la sonrisa y energía para los tuyos cómo te veían antes… Y así, una lista interminable de la que no se habla mucho, porque se ha idealizado «la maternidad».
Según la sociedad, el fin y felicidad de toda mujer debe ser el tener una familia o casarse; cuanta mentira nos metieron las novelas y cuentos de hadas, desde esas creencias absurdas de que «el amor debe ser sufrido» y que «el matrimonio es para siempre, así tu salud mental o física esté en peligro», Todos esos mensajes equivocados han hecho que veamos el amor hacia el otro y no hacia uno mismo, lo que hace que anulemos o posterguemos nuestras necesidades y satisfagamos la de los otros. ¿Y por qué menciono esto? Porque al comienzo la maternidad puede verse así, dar de lactar o dar biberones antes de tomar desayuno, despertarse por alguien que necesita que lo atiendas, así no hayas pegado el ojo toda la noche… La maternidad, al inicio, es de alta demanda y sí se sufre; no pretendas que en el primer mes, puedas hacer todo lo que hacías antes, o estar súper-arreglada, bañarte todos los días, tener una sonrisa deslumbrante… Ideas completamente falsas; por eso, cuando nace un bebé, él estará protegido y con buenos cuidados, más sin embargo, quien necesita apoyo es la nueva mamá para manejar los cambios de su ser, de su cuerpo y de su antes vida.
Las redes sociales y medios de comunicación ponen imágenes de mamás puerperinas, alegres, sin ojeras y dando de lactar, completamente realizadas, poco real, ¿no? Eso te hace sentir como una extraterrestre, con miles de dudas de por qué yo no vivo mi maternidad así. Por qué me duele cada vez que doy teta, o por qué mi ropa termina manchada de leche; mi mirada anda perdida por extrañar mi yo de antes, y me pregunto, ¿qué estaría haciendo hoy, meses atrás? Pero la realidad no es esa, la realidad es que estoy en mi cuarto, metida las veinticuatro horas, siete días a la semana, atendiendo las necesidades de un ser pequeñito, tomando muchísimo líquido para tener leche, y, con mis emociones cómo una montaña rusa, que van desde sentir ternura, hasta querer desaparecer por un momento.
Así es cómo hoy me siento, y qué bueno es hablarlo con mi red de apoyo, porque no soy la única que vivió su postparto así. Debido a mi alta vulnerabilidad, conversé con muchas amigas mamás, donde tuve que quitarme el papel de psicóloga, mostrarme humana y frágil; al fin me sentí comprendida… Muchas pasaron depresión postparto, otras, melancolía postparto, varias la manejaron más rápido, y algunas ni la sintieron. Seguro que has escuchado de ese término…
Aquí te lo defino teóricamente: La depresión posparto o posnatal es diferente de la melancolía que se siente después del parto. Suele aparecer entre dos y ocho semanas después de dar a luz, pero puede darse hasta un año después del nacimiento del bebé. “Uno de los aspectos importantes de la depresión posparto es que no es solo un sentimiento de tristeza”. (Stuebe, en Rich, s/f). Los sentimientos de ansiedad intensa, también son una característica común de la depresión posparto.
Algunos síntomas de la depresión posparto, a los que debe prestarse atención, son la sensación de agobio, el llanto persistente, la falta de lazos de afecto con el bebé, y las dudas sobre la propia capacidad para cuidar de una misma y de la criatura.
“Todos nos preocupamos por nuestros hijos, pero [las mujeres que viven una depresión posparto] están tan preocupadas, que eso les impide disfrutar de su bebé y de su vida” (Stuebe, en Rich, s/f). La depresión posparto también puede dificultar el cuidado de una misma y el del pequeño. Ahora, que ya tenemos la definición, vamos a hablar de lo que yo pasé, muchos lo confunden con «depresión postparto», pero se le dice «melancolía postparto». ¿Melancolía posterior al parto?
Alrededor de dos o tres días después de dar a luz, son comunes los sentimientos de depresión y ansiedad. Es posible que llores sin motivo, tengas dificultades para dormir, o dudes de tu capacidad para cuidar a tu bebé recién nacido. “Esto se debe, sobre todo, al cambio en los niveles de progesterona», me lo explicó mi ginecólogo. Sin embargo, es poco probable que los cambios hormonales sean la única causa. Además de estos cambios, existen otros factores que pueden provocar esos sentimientos, tales como los períodos prolongados de cansancio o agotamiento, las dificultades con la lactancia, y otras complicaciones posparto.
Estos son otros factores que también pueden intervenir:
Problemas previos de salud mental.
Causas biológicas.
Falta de apoyo.
Experiencias difíciles durante la infancia.
Poca comunicación con tu pareja.
Sentirte invalidada emocionalmente.
Experiencias de abusos.
Baja autoestima.
Condiciones de vida estresantes.
Con un buen apoyo de la familia, los seres queridos y los amigos, estos sentimientos suelen desaparecer en unas dos semanas, sin necesidad de tratamiento. No estoy aun a mi 100 %, quizá estoy en un 30 o 40 % de mi esencia, pero déjame decirte que todo lo que sientes en esta etapa es válido. Es normal no querer ver a nadie durante un tiempo, así los quieras y sean parte de tu vida; a veces, una necesita una pausa, más aún cuando estamos transformándonos en cuidadoras; es normal llorar en el baño, al caer la noche o de día; recuerdo que hubo una vez en la que lloré mares, fue el día de bañarme después del parto… Me dolía todo, la herida de la cesárea, que hasta me daba miedo pasar mi mano por ahí; el pecho, por la angustia; la soledad… Todo.
No te juzgues si lloras una o trecientos sesenta y cinco veces por lo mismo, no seas tan dura y juiciosa contigo. Reconoce tus emociones, exprésalas; si no tienes una red de apoyo, puedes hacerlo mediante la escritura, la pintura, o el dibujo… Vivamos un día a la vez, hoy no es siempre. Para terminar, te dejo algunas ideas que, hoy en día, me sirven para sobrellevar este tiempo:
Agradece, a si sea por lo más mínimo.
Habla de lo que sientes, dilo una y mil veces sin prejuicios.
Desconéctate de redes sociales o grupos, si sientes que es necesario, pero al mismo tiempo, busca una red de apoyo que te sostenga.
Canta las canciones que siempre te ayudaron en momentos de tinieblas.
Ponte límites a ti misma, no estás con toda tu fuerza; prioriza lo que es necesario y delega si tienes oportunidad.
Poco a poco y según tus fuerzas, trata de volver a tu rutina de antes.
Confía y espera en Dios, si eres católica esto puede ayudarte.
Y por último, déjame recordarte que, aunque el bebé esté sano, así haya sido un parto increíble, y lleves una lactancia admirable; aunque tengamos todo lo necesario, dinero, comida y amor; aunque hayamos deseado con todas nuestras fuerzas a este bebé, aún lloramos, y eso está bien. Lloramos porque nuestro cuerpo duele, el cabello se nos cae, el tiempo y nuestra identidad se desvanece; lloramos por quién éramos hace apenas unos días atrás; lloramos porque nuestras hormonas se descontrolan y desconocíamos su poder sobre nuestra complexión física y sobre nuestras emociones; lloramos de cansancio, sí, lloramos de un agotamiento enorme. Pero somos fuertes, poderosas, creadoras, y también lloramos, eso es completamente sano, que nadie te diga lo contrario. Lo estás haciendo bien.
Referencia
Rich, M. (s/f). ¿Qué es la depresión posparto? Aprende cuáles son las señales y cómo encontrar apoyo. https://www.unicef.org/parenting/es/salud-mental/que-es-la-depresion-posparto
El otro día, me encontraba buscando páginas sobre adopcion de niños en Perú, pero solo encontré dos grupos; sin embargo, lo que si pude ver fue ¡una gran cantidad de páginas de adopción de animales! Creo que esto es una ventana que nos hace ver que la gente esta cada día más comprometida con hacer un bien social, pero hay más compromisos que atender…
Una adopción puede resolver problemas de diversa índole; en el más común de los casos, problemas de infertilidad en los padres. Además, puede resolver traumas o desavenencias en torno al tema de la maternidad, tales como: haber sufrido un aborto espontáneo o planificado, la muerte de un hijo, y, por supuesto, el latente deseo de ayudar al prójimo.
Es así como aporta un bienestar a nuestra psiquis humana, una idea un tanto controversial, pero de mucha redención. El salir de nuestros propios convencionalismos, puede llevarnos a una esfera libre de nuestras propias limitaciones mentales y afectivas.
Si te gustan las películas: «Familia al instante», «Bekas», «Corazones rasgados», películas sobre adopción que recomiendo, este artículo te puede gustar.
Fotograma de la pelicula «Familia al instante» (2018)
Conozcamos el proceso de adopción en el Perú
Pasos:
Charlas informativas: Donde se explican las clases de adopción, las modalidades en nuestro país, etc., se responden preguntas clásicas y se desmienten mitos
Talleres: Son tres, así se va adjuntando un expediente donde serán evaluados.
Evaluaciones:
Evaluación legal: Se exigen requisitos para ver si se está calificado para una adopción.
Evaluación psicológica: Informes psicológicos de los candidatos.
Evaluación social: Efectuada por una asistenta social que estima el espectro social de los padres.
Designación: Equipos multidisciplinarios clasifican según paridad, duplas o ternas en igualdad de condiciones. Buscan que las familias que compitan por una adopción deban tener características similares. Esto se pone a conocimiento del Consejo nacional de adopciones (el cual otorga las adopciones), que lo conforman tres miembros del Ministerio de la mujer y poblaciones vulnerables.
Integración familiar: Los padres son presentados al menor. Se le prepara al niño para hacer el famoso «clic» y empatizar entre ellos. Hay un plazo de cinco días para conocerse, luego, viene el acogimiento preadoptivo, donde se lo llevan a su casa por diez días, y se espera que el niño se integre al hogar.
Etapa post-adoptiva (tres años): Se visita semestralmente el hogar donde se estableció la adopción, con el propósito de velar por el bienestar del menor (Mattos, 2020).
Niños ansiosos por ser adoptados
Ejemplo a seguir
El caso de la profesora que adoptó a su alumna de 17 años, después de que la joven abandonara el colegio.
Miriam Coronel, es una docente de Lengua y Literatura, que vive en la ciudad de Buenos Aires. En una ocasión, le pidió a una alumna que le dijera a Camila que “la profe la extraña y la quiere ver”. Al día siguiente, Camila volvió muy contenta a clase, pues estaba faltando ya una semana, y la maestra, preocupada, averiguó su situación, y se enteró de que la adolescente vivía en un hogar de chicos. El interés en ella fue creciendo; pues relata que es una chica tímida pero destacada en los estudios. Es así como inició las gestiones para tramitar la adopción. Miriam tiene tres hijos adoptivos junto a su esposo Néstor, que presentaba reparos en la decisión de su esposa: tenía temor de encariñarse. “Le daba miedo perderla, porque ya tenía 17 años. ¡Va a crecer, se va a ir!, me comentaba. Pero yo pensaba distinto, el vínculo crecerá hasta donde tenga que llegar” (Otaño, 2021).
La adopción puede aliviar tensiones sobre la maternidad
En estos tiempos, se trabaja el doble; por un lado, las responsabilidades en el hogar y en el centro laboral ahora van para ambos géneros, y es así como las mujeres, cada vez más consciente o inconscientemente, posponen la maternidad hacia un momento más seguro en su vida. Por otro lado, se ven casos de millennials y adultos de la Generación z que tienen, aparte de sus obligaciones personales, obligaciones con sus padres, y por tanto, deben conseguir más dinero en un mundo lleno de alzas. Es así como la adopción se vuelve una alternativa atractiva. Imaginemos adoptar un niño de 4 años, a la edad de 42, ¡ya no necesitarías cambiarle el pañal, te ahorraste el embarazo y toda la hospitalización, y más importante aun, estarías haciendo un bien a la humanidad!
Todo empieza con dar una orden a nuestro propio yo y permitirse entrar al mundo de estos bebes, niños y adolescentes, y conmoverse. Después de eso, seguro se estará firmando los papeles de adopción.
La llegada del primer bebé dentro de la familia es un acontecimiento de lo más importante, ya que conlleva un cambio dentro del núcleo familiar que no solo hace referencia a la emoción, preocupación o sentimientos encontrados al enterarse que pronto llegara la cigüeña o, también, decidir hacerle el pedido de traer este esperado regalo.
Al iniciar la vida en pareja, papá y mamá llevarán con ellos los equipajes que les dejaron los abuelos, y unidos formarán sus propias costumbres, reglas y límites dentro de su relación. Allí comenzará la formación de la familia.
Dentro del ciclo familiar, según Moratalla, Carreras y Villegas (2007), el arribo del primer hijo se considera una crisis que hay que superar, ya que es un momento de transición; se presentarán adaptaciones en las pautas, reglas y funciones; la familia deberá encontrar nuevas formas de funcionamiento que se adecuen a la nueva situación; la pareja abrazará nuevos roles parentales y, así como ellos, la familia extensa se acoplará a los nuevos papeles que les tocará representar.
Ya que será la primera entrega de la cigüeña, algo que no han vivido antes, los nuevos padres modificarán su funcionamiento y organización como primer paso hacia la adaptación y abrirá camino a cambios más importantes que involucrarán valores, creencias y tradiciones.
Hay tres puntos importantes que las parejas suelen buscar para superar la crisis del cambio: adaptación a una nueva persona, un nuevo papel y la conservación de la relación de pareja. La llegada de este nuevo miembro, en ocasiones, conlleva conflictos como la intolerancia por parte del padre en cuanto a ocupar un lugar secundario durante los primeros meses; excesiva participación de la familia extensa en el cuidado del bebé; problemas al asumir el rol de padres; y reincorporación de la mujer al trabajo (distribución del tiempo laboral vs. el familiar).
Por ello, es de vital importancia una preparación y disposición emocional dentro de la pareja, y de ajuste en ciertas áreas de vida. Suarez (2022) hace referencia a las áreas que necesitan mayor cuidado según Estrada: área de la identidad, área de la sexualidad, área de la economía y área del fortalecimiento del yo.
Estrada (1994) refiere que estas áreas tienen importancia vital para el desarrollo a largo plazo, tanto para la relación de pareja como para el desarrollo del niño; es necesario que exista una comunicación abierta entre la pareja en todo sentido y de manera especial para con los límites, tanto relacionados a la crianza como a la intervención de la familia extensa de ambos lados; asimismo, alentar los sueños del compañero o compañera, organizarse en el área económica y no olvidar que, aunque ahora vayan a ser papá y mamá, no dejan de ser los individuos que fueron en un inicio.
Un dar mutuo los llevará al éxito en este nuevo paso y en el recibimiento de la pequeña encomienda de la cigüeña.
Referencias
Estrada, L. (1994). El ciclo vital de la familia. México: Editorial Posada.
Suarez, M. (2022). La llegada de los hijos: una nueva experiencia transformadora y significativa. https://www.margaritasuarezvelez.com/post/la-llegada-de-los-hijos-una-nueva-experiencia-transformadora-y-significativa
Moratalla, T., Carreras, A., Villegas, J. APUNTES SOBRE CICLIO VITAL INDIVIDUAL Y FAMILIAR.
Podría jurar, pensar o maldecir, pero ninguno de los multiuniversos/escenarios imaginarios servirán para definirla, porque toda o ninguna abarcaría en su complejidad lo difícil que es ser mamá y aún más siéndolo con TLP/DRE…
Creo que solo quiero permitirme ser real, espontánea (en este artículo y fuera de él), evidentemente responsable, no ser juzgada pero sí ser audaz, y lo suficientemente resuelta, astuta e inteligente para ser capaz de superar cada valla que se me atraviesa como al caballo o al jinete en las competencias. Pero en mi propia competencia, porque no estoy luchando contra nadie que no sea conmigo misma, que no sea con mi maternidad cargando a cuestas una condición médica, física, o un diagnóstico de patología mental osease la adversidad con la que salí sorteada. No compito con nadie… atravieso el fuego.
Maternidad y TLP/ DRE (Desregulación Emocional)
Marco contextual: datos generales
El Trastorno límite de la personalidad (TLP) se caracteriza por un patrón de relaciones intensas y ambivalentes, ira incontrolable, control deficiente de los impulsos, inestabilidad afectiva, trastornos cognitivos y de identidad, y conducta suicida recurrente. Es probable que las personas con TLP se enfrenten a una serie de resultados negativos, incluida una mala respuesta al tratamiento y malos resultados sociales, laborales y académicos (Bagge, Nickell, Stepp, Durrett, Jackson y Trull, 2004; Bender et al., 2001; Skodol et al, 2002).
El día a día de las personas con este trastorno está plagado de altos niveles de miseria, que a menudo persiste incluso después de que remitan los síntomas de impulsividad y las conductas suicidas (Zanarini, Frankenburg, Hennen y Silk, 2003). En entornos clínicos, el 75% de los que tienen un diagnóstico de TLP son mujeres (Skodol y Bender, 2003), y se estima que hay más de seis millones de mujeres en los Estados Unidos diagnosticadas con TLP (Friedel, 2004). Es probable que haya un gran número de mujeres con TLP que también son madres, lo que, combinado con las amplias deficiencias funcionales asociadas con este trastorno, representa un problema de enorme preocupación pública. Por lo tanto, es algo sorprendente que los efectos del TLP materno en los resultados de los niños hayan sido el foco de poca atención empírica o esfuerzos de desarrollo de tratamientos. Dado que la crianza impacta tanto a la madre como al niño, creemos que, desarrollar una intervención de crianza específicamente para esta población de alto riesgo, es un esfuerzo particularmente importante.
En los estudios revisados, se postula que la madre tiene estrategias de crianza caracterizadas por oscilaciones entre la participación excesiva y la participación insuficiente. Vemos estas oscilaciones como extremas formas de inconsistencia. Tales como las que se presentan en prácticas de socialización de las emociones, así como en las estrategias de disciplina y vigilancia parecen contribuir al desarrollo del TLP (Bezirganian et al., 1993).
Enfoque de la crianza en TLP/DRE:
Los hijos de madres con TLP están en riesgo de problemas psicosociales. Los resultados y la transmisión de esta vulnerabilidad pueden deberse a ciertos déficits en las habilidades de crianza. No existen intervenciones diseñadas específicamente para madres con TLP y sus hijos;sin embargo, los autores han hecho recomendaciones generales a favor de las terapias de apego. (cf., Macfie, Fitzpatrick, Rivas y Cox, 2008).
Programas de psicoeducación familiar, para las personas con enfermedades mentales graves, han recibido un amplio apoyo empírico para reducir las tasas de recaída y la reducción del estrés familiar y carga (para una revisión ver Cohen et al., 2008). El impacto de la psicoeducación familiar para las personas con TLP ha sido inferior al de otras formas de enfermedad mental grave, especialmente esquizofrenia. Gunderson, Berkowitz y Ruiz-Sancho (1997) abogan por un enfoque psicoeducativo familiar.
Aproximación al tratamiento del TLP
El desarrollo de un programa piloto de Grupos Familiares Múltiples (MFG) informó mejoras en la comunicación familiar y carga familiar después de seis meses de tratamiento. Ahí son tres los tratamientos que incluyen la psicoeducación familiar como uno de los componentes del modelo de tratamiento y han publicado al menos un artículo empírico sobre la efectividad de la intervención para familias con TLP: Familia Conexiones (FC; Fruzzetti & Hoffman, 2004), Sistemas de Capacitación para la Previsibilidad Emocional y la Resolución de Problemas (STEPPS; Blum, Pfohl, St. John, Monahan y Black, 2002), y Entrenamiento de Habilidades Familiares Multigrupales como parte de Terapia dialéctica conductual para adolescentes (Miller, Rathus y Linehan, 2006).
Para reflexionar…
En resumen, las vulnerabilidades genéticas y ambientales ponen en riesgo a los hijos de madres con TLP y psicopatología relacionada. Un contexto ambiental que puede conferir riesgo, es la crianza de los hijos. Las madres con BPD (Borderline Personality Disorder) pueden encontrar desafíos únicos de crianza, especialmente a la luz de la falta de eficacia que sienten como padres. La estrategia de crianza que sería más perjudicial para los hijos de madres con BPD puede ser oscilaciones entre formas extremas de control y pasividad, que dan poca consistencia a la experiencia del día a día del niño. Al abordar habilidades de crianza, esperamos ver mejoras en las interacciones entre padres e hijos, lo que conducirá a la reducción de la angustia de la madre y el niño. Con base en una minuciosa revisión de la literatura, podremos esbozar varios puntos para una intervención de crianza, a saber, psicoeducación, consistencia en la programación y el seguimiento, la coherencia en calidez y cuidado, así como la aplicación de estrategias de crianza basadas en la atención plena.
“Morir no duele mucho:
nos duele más la vida.
Pero el morir es cosa diferente,
tras la puerta escondida:
la costumbre del sur, cuando los pájaros
antes que el hielo venga,
van a un clima mejor. Nosotros somos
pájaros que se quedan:
los temblorosos junto al umbral campesino,
que la migaja buscan,
brindada avaramente, hasta que ya la nieve
piadosa hacia el hogar nos empuja las plumas”.
-Emily Dickinson-
Bibliografía:
Cohen, P. (1996). Childhood risks for young adult symptoms of personality disorder: Method and substance. Multivariate Behavioral Research, 31, 121–148
Gunderson, J. G., Berkowitz, C., & Ruiz-Sancho, A. (1997). Families of borderline patients: A psychoeducational approach. Bulletin of the Menninger Clinic, 61, 446 – 457.
Linehan, M. M. (1993). Cognitive-behavioral treatment of borderline personality disorder. New York, NY: Guilford Press.
En un día habitual, mamá regresa del trabajo, deja la cartera y demás cachivaches de protección contra cierto virus y se dirige al baño a asearse, sin respetar, los 20 segundos que recomiendan para el lavado de manos porque unas voces demandantes, persistentes, aparentemente indolentes y muy directas la acechan desde su llegada.
Le reclaman su atención, le recriminan su ausencia, se quejan de sus decisiones y actos apenas los ejecuta, cuestionan sus razones y además de eso, le señalan cada error pasado y le anticipa todos los deseos a cumplir hacia el futuro inmediato.
Esa voz inquisitiva es la de su hijo.
«¿Por qué llegas a esta hora, mamá?», «siempre dices que llegaras temprano, mentirosa». ¿Dónde está mi mochila?, ¿ya saldremos?, ¿vas a cocinar ahora? ¡Tengo hambre!
Ante esta escena, que más parece crónica de un desesperante texto de revista de suspenso antes de la ejecución de un crimen, resulta más bien una anécdota.
Y eso, sin contar situaciones que pasan debajo de mesa y según quienes las viven son más «adaptativas»
– «Partes de la cotidianidad Brenda, por favor, acostúmbrate»- me dice la mamá crispada por mi cara de horror- hago mención también a situaciones tales como: «mamá, vete, no quiero tu opinión, el profesor ha dicho que debo hacerlo así todo, ¡no me digas más nada!». Y ante esta escena que me deja también estupefacta, la sonrisa nerviosa de la mamá se asoma con un: «tranquilito hijito, ya, ya lo hago». Increíble.
Ante este panorama, hay quienes se detienen a señalar desde lo alto de un pedestal de concreto cuál medida es mejor tomar en esos casos para los “impíos que osan privar de su paciencia al adulto”, cuál castigo a modo de ejecución total estarían dispuestos a tomar, otros, llevando su cabeza de lado a lado saborean desde su “privilegiada” inexperiencia mil maneras de increpar a la madre por su “blandengue” inactividad tras el arrebato de su hijo. Pero, ¿quién es el valiente que se impulsa a diseccionar el cadáver de la situación y desmiembra sección por sección los factores y pormenores de lo que sucede, lo que sucedió y sucederá? Muy pocos, realmente.
No obstante, hoy, de la mano conmigo vamos a levantar la escena del crimen que se ha dado y descubriremos quién mató la paciencia de mamá, quién finiquitó realmente esas ganas de solicitar un por favor y devolver un gracias, quién realmente obstruyó esas ganas de levantarse a diario con la intención de cuidar mediante el mimo y no sobre la necesidad de calmar el palpito de urgencia por creer que ese pequeño fulanito está mal. Básicamente, veremos más allá del crimen (gritar) y observaremos el anecdotario y las pistas que, desperdigadas anuncian la consumación de este hecho, para algunos, en extremo repudiable.
Asimismo, desde la base, veremos que el grito a modo de arma decapitó por unos instantes las emociones de una madre y de su hijo.
“Te concebí, eres mío”
Desde que recibió su muestra de embarazo positiva, desde que sus síntomas se fueron acrecentando y notó la transformación de su cuerpo, dio a luz antes de tiempo, simplemente, alumbró un par de ideas: Mi/su cuerpo, ya no será mío/de él, ahora, es nuestro.
Cada latido, cada mueca, cada sonrisa, sensación de placer, dolor y angustia fueron compartidos desde ese día, un sentido de pertenencia abismal, que dura en muchas madres hasta que se despiden de la vida. Inclusive, demuestran un nivel de fortaleza ante adversidades muy superior a lo que habían demostrado antes, dándose casos muy lamentables donde se toleran las más terribles injusticias en nombre de ellos, los hijos. Bajo este respecto, me es bastante familiar recordar este verso de una canción de Rosalía (cantautora española) que, en su álbum número dos titulado “El mal querer” (2018) interpreta: “Bueno, yo por amor, uff, bueno, hasta bajé al infierno. Eso sí, como subí con dos ángeles” (0:25).
Esta referencia, hace mención a una serie de abusos recibidos durante la vida matrimonial, llegando a rescatar como algo positivo el tener dos hijos. Para algunos un precio ampliamente cuestionable de pagar, para otros, existe una justificación enorme. En torno a esto, una realidad que inclusive viven muchas personas, más de las que imaginamos. ¿De dónde surge este sentido de pertenencia aún por sobre la vida de la “procreadora”?
Badinter (1993) citado por Recciuti (2020), presenta este concepto como un saber espontáneo de toda madre que surge con un conjunto de saber hacer que viene de manera genética en la mujer, haciéndola la mejor cuidadora posible en la tarea de maternar. Pero, ¿Realmente es así?, ¿es cultura o es biología?, ¿cuánto es de uno y cuánto es de lo otro?
Si nos adherimos a la definición anterior, encontramos una perspectiva biologicista, donde la anatomía de la mujer ya determina lo que sucederá en la vida, a través del tiempo sin trascender aparentemente. Realmente, muchas veces no ocurre así y es un error inexcusable solo apegarnos a estas instancias, ya que muchas veces la cultura y la educación pueden llevar a caminos distintos, como ejemplo clave: la división de tareas y de “roles” en tanto que hombres ahora están en instancias “privadas” del hogar y mujeres en el trabajo, activando la cultura y política de su entorno. Sí bien es un tema que hoy en día se toma con pinzas, es necesario revisar que muchas de estas concepciones no solo eran de unas generaciones atrás sino que en muchas civilizaciones todavía se persiguen como un ideal. Por lo tanto, dejando la mente abierta a encarar ideas y discursos dispares a los habituales, observemos estos dos caminos: en primer lugar, cuidar y soportar molestias por un tema de dificultad educativa, carencias económicas y afectivas para sí mismas, resignación ante la situación y noción del castigo como un elemento de aprendizaje necesario. En segundo lugar, cuidar y tolerar situaciones a veces de incomodidad extrema por considerar que el problema es irresoluble y “así debe ser” por patrones familiares arrastrados, rechazo a tomar la iniciativa para innovar nuevas estrategias para afrontar los problemas y fatiga crónica ante el estrés constante. Veamos un caso ilustrativo.
Sasi en Barrio Bajo y Lili en Villa Arco
Una, es una chica menor a los 35 años, tiene dos hijos, educación primaria a duras penas terminada y es ama de casa, no demuestra esmero en su vestimenta diaria ni para celebraciones, su casa, su lugar de trabajo diario y no remunerado está impecable, con la comida siempre a la hora y sus hijos inmaculadamente bien cuidados.
Para el desayuno, el cual hace cuando el sol aún no alcanza la alborada siempre está pensado para los demás antes que su propia nutrición, su esposo e hijos merecen “la gran presa” ella… ya tendrá alguito más.
Asimismo, tolera explosiones de ira de su pareja ante cualquier cosa como una toalla mal colgada o una camisa sin planchar. Ante esto, el día a día con los hijos se torna una lucha de supervivencia, alimentarlos, asearlos, educarlos ante travesuras y reforzarles durante las tareas lo visto en la escuela aun con los escasos conocimientos que tiene y, además, tener algo de paciencia para sí misma y ellos.
Mantiene cada respiro de su existencia con base al alivio que llegará el día que sus hijos puedan levantarse por sí mismos, cuidarse y cuidarla y así alejarse de las penurias que la vida conyugal le ha proporcionado. No hay que ser muy listo para deducir que muchas de sus instrucciones son del tipo: “eso te pasa por estúpido, hazlo de nuevo”, “si no mejoras acabaras limpiando, estando como yo, mantenida y pobre”.
Mucho resentimiento, frustración y deseos de expiar cada dolor mantenido durante años no son la excusa para palabras tan crudas, pero, existen y son distintivas de situaciones tan desesperanzadoras como la descrita. Ahora, veamos el caso de Sasi.
Hermosa, bien portada, muy cuidada en sus maneras, discreta y sonriente fuera de casa. Tiene 3 hijos, uno más travieso que el anterior, vivaces y muy audaces para conseguir lo que desean. No están enmarcados dentro de la habitual familia que vive bajo el mismo techo, al contrario, son familia pero viven de a temporadas en casa de cada progenitor, que, gracias a sus profesiones pueden permitirse una casa en un buen lugar de la ciudad.
La vida en estas instancias no está tan diluida en mieles y azúcares como pudiéramos imaginarnos, resulta que la cotidianidad de Sasi es la de ir arreando a su pequeña tropa, si, arreando porque en su casa no se mueve un dedo sino lo demarcan unos altos decibelios en más de cinco llamados, resulta que sus hijos luchando entre ellos por atención desarrollaron ciertas conductas que buscan de la manera que sea la atención de la dulce Sasi, cuya casa está destinada al azar y la aventura, lo primordial es el trabajo “para mantenerlos adecuadamente sin tanta ayuda del padre”.
Ante esto, el empuje para criarlos levantándose cada mañana, el de poder corregirlos ante quien esté, mimándolos cada que puede bien sea por capricho de ellos y su facilidad para “domesticarla” o porque simplemente le surgía de su interior, ella, es una fuerza arrolladora que al mismo tiempo de sacar la colada de la lavandería se cuestiona ¿lo haré bien?, ¿por qué conmigo no obedecen y con el papá sí?, ¿y sí los dejo con mi hermana y me voy de vacaciones un fin de semana?, ¿seré una mala madre por esto? y tras breves segundos de introspección surge nuevamente el llamado de la cotidianidad exigiendo algo baladí a lo que la respuesta que surge de su garganta son del calibre de: “nunca ves nada, está allí, ¡ciego!”, “jamás se te ha ocurrido buscar acá, es que no piensas”, “acostúmbrate a hacerlo tú solito, ya estás grande, no puedo hacerlo todo yo siempre”, “el día que me vaya tú tendrás que valerte por ti mismo, aprende de una vez”.
Ambas instancias, una más altisonante que la otra (para algunos) nos denotan dos realidades de las múltiples que existen, son comunes, pero no significan que sean aceptables dentro de los deseos de lo saludable y de bienestar, primordialmente porque están repletas de desdichas y reproches que lejos de levantarlas de la situación las hunde todavía más.
Gritar para sentir
A este punto, gracias por no aferrarte a un paradigma y seguir explorando el tema que trasciende el grito de una persona, en este caso, de una madre, que desde esta postura las vislumbra como seres que han estado en observación y de los que se detallan estas características, para los padres, ya existirá otro momento para hablar sobre ellos donde hay mucha tela que cortar también.
Entonces, siguiendo la línea de la comprensión y no de la excusa, ya sabemos qué trasfondos existen y que sucede allí entorno al grito y es que existen muchos disparadores que pueden predisponer todavía más una situación de crisis, vamos a enunciarlos y hagamos un pequeño ejercicio, sí respondes más de cinco “sí” por favor, busca apoyo, no serás señalado, anímate a revertir la situación. Empecemos.
Discuto constantemente con mi pareja, familiares cercanos y me irrito fácilmente.
Veo las noticias y la situación país me altera, provocando que me moleste y hable de cualquier modo con mis hijos.
No me detengo a pensar qué consecuencias puede desencadenar el que les grite y ellos se callen.
Casi nunca les pregunto a mis hijos cómo se sienten tras una discusión.
Me siento rebasado casi todo el tiempo, ante el mínimo estímulo “estallo” con todos en casa.
No ofrezco disculpas casi nunca o nunca.
Los problemas de mi familia se resuelven en casa, pienso que las cosas suceden por etapas, se disipan solas.
Si todo está en calma no vuelvo a tocar el tema de la anterior discusión, si nadie habla, ya se resolvió.
Acepto que muchas veces hablo a mis familiares con improperios y descalificaciones en lugar de ir al meollo de los problemas tratados.
Al ver un problema, juzgo, señalo, increpo al que lo cometió culpandolo inmediatamente de la situación en lugar de comprender y resolver.
Busco culpables de las situaciones para regodearme en lo que han hecho para sentirme mejor.
Espero que mis hijos siempre sean ordenados y condescendientes respecto al trabajo y rol que desempeño en casa más que por mi persona.
Me molesto fácilmente si me mencionan alguno de mis errores, más si lo hace alguno de mis hijos.
¿Turbio, ¿no? estas situaciones arriba enunciadas a modo de cuestionario son muchas de las instancias que en terapia se visualizan de manera casi total cuando a terapia familiar se refiere, y no lo comentan los padres o madres angustiadas, no, lo hace ese hijo que no se concentra en clase, que no puede acercarse a otros por problemas de confianza, entre otros, sí, son los hijos los síntomas de la situación de fondo que atraviesan los padres.
Una baja autoestima, una necesidad casi eterna por desear descansar física y emocionalmente, incapacidad para controlar las reacciones emocionales, pobre capacidad para gestionar excesos conductuales de parte de los niños, esto es, lo que tradicionalmente llamamos “berrinches” pueden ser detonantes de una serie de desgastes familiares que traen como consecuencias los gritos desaforados de quién se siente responsable total por la vida de sus infantes.
Finalmente, algunas sugerencias de la mano de las revistas Healthy Children (2020) y Guía Infantil (Padilla, 2021) demuestran algunas estrategias importantes a considerar, aquí un resumen de ellas:
Tómate un momento para visualizar quejas, en papel, por escrito en el teléfono o en la pc, lo importante es poder saber qué sucede y cuántas veces se repiten estas situaciones y cómo resolverlas.
Sí bien el trabajo es vital, no puede llevarse a casa siempre. Un terreno de esparcimiento, un refugio ante la vida arrolladora es lo que debe significar un hogar, procura no evadir las situaciones de casa empleando como excusa el tener mucho trabajo.
procura mantenerte atenta a los placeres de la vida, que aunque se vean pequeños y cotidianos pueden significar un momento de meditación activa muy reconfortante, tal como el apreciar un aroma de la comida que consumes, apreciar la sonrisa que tus hijos te devuelven, agradecer por las cosas que te has podido proveer, entre otras.
Piensa que no todos tienen un mismo objetivo dentro de la familia, bien sea por la diferencia de edad, pensamiento, cultura, educación etc. todos son distintos, por lo tanto, no todos perseguirán la misma meta, no obstante, que esto no signifique hacer planes familiares, escucha la opinión de todos y en familia conduce el camino.
Piensa antes de estallar ¿esto lo amerita? Hay cosas que no son estrictamente necesarias para resolver de inmediato, puedes aplazar actividades en pro de una jerarquía más funcional, como el relajarte unos instantes y luego retomar las tareas de casa; en lugar de gritar e irritarte porque no están las cosas tal como las prefieres.
En situaciones sociales, destaca lo positivo, una reunión familiar amena no tiene por qué volverse un centro de quejas, al contrario, gózalo y disfrútalo, en otro momento, apropiado y privado compártelo y desahoga tus vivencias, hay un contexto para todo.
Comprende la conducta de tus hijos, vuélvete más observadora, muchas de las actividades que pueden irritarte pueden ser causa de un sentimiento de aburrimiento y de querer llamar tu atención sobre ellos, de manera negativa, pero atención al fin, de modo que, redirige la conducta, una actividad entretenida y educativa que pueda satisfacerlos a ellos y te sientas tranquila tú.
halagos, mimos y afecto. No dudes en dar los abrazos que siempre quisiste recibir, estimula el proveer afecto sin razón aparente más allá que la del amor, de ese modo, los lazos afectivos serán todavía más profundos y lograrás mayor cohesión familiar y por sobretodo te sentirás alegre de dar dulzura frente a los embates de la vida.
Finalmente, si estás en una situación de violencia, recurre a los organismos de apoyo, tus hijos no tienen por qué ser una barrera entre tú y tu estabilidad física, emocional y mental, además que no tienen que recibir el maltrato y abuso que por tu frustración arrastra, al contrario, contágiate de la fortaleza que ellos pueden darte y sal adelante, busca apoyo y brilla.
Referencias
Vila, Rosalía. (2018). Preso (Cap.6: Clausura) [Canción]. El mal querer. Sony
Recciuti, P. Los artificios del instinto materno : representaciones de la madre universal [en línea]. Trabajo final de grado. Montevideo : Udelar. FP, 2020.