Al hablar de afecto, cariño o amor, todos podemos llegar a la conclusión de que no basta con demostrarlo de una manera meramente física, sino con otro tipo de procesos como lo son la atención, el interés y el respeto. Pero ¿por qué estos son necesarios para que otra persona sienta una demostración verdadera de afecto?
En Psicología se utiliza un término interesante para hablar de esto. Con el fin de entenderlo, regresaremos a cuando éramos niños, y a pesar de no saber decir una palabra, podíamos demostrar lo que sentíamos sin rodeos.
El apego es una palabra utilizada para describir la relación afectiva más íntima. Cuando somos bebés esta relación nos ayuda a desarrollar nuestra confianza y seguridad.

Durante años este concepto ha sido estudiado y conceptualizado, podríamos remontarnos a la Segunda Guerra Mundial, en la que los huérfanos e infantes sin hogar empezaron a presentar dificultades en diferentes aspectos, por lo que la ONU solicitó al psiquiatra y psicoanalista John Bowlby que desarrollara un panfleto sobre el tema, mismo que título Privación materna; posteriormente, con base en las teorías del amor de Freud y continuando con una investigación más profunda se refirió al apego como una conexión psicológica duradera que se da en los humanos de forma natural. (Bretherton.1992; Jersild, 1978)
Bowlby (en Delgado, 2004) postuló tres claves en su teoría del apego:
1. La primera expuso que un niño presentará menos miedo al sentir plena confianza en que su cuidador siempre estará disponible para él.

2. Esta confianza se construye durante la infancia y la adolescencia (etapas críticas del desarrollo), también dependerá de las expectativas que el niño desarrolle, todo esto lo acompañará por el resto de su vida.
3. Por último, explicó que las expectativas antes mencionadas están directamente relacionadas con la experiencia de la persona; un niño esperará que su cuidador esté disponible para él si en el pasado ya lo ha estado.
A partir de esta información, podemos darnos cuenta de lo importante que es este vínculo en nuestras vidas. Según Erick Erickson (en Delgado, 2004), está relacionado a la confianza desconfianza en un entorno motivacional psicosocial, lo que nos hace pensar en que mientras mejor se desarrolle el apego con nuestro cuidador primario, gozaremos de más seguridad al momento de relacionarnos con nuestro entorno.

En 1964, Schaffer y Emerson (en Jersild, 2004) descubrieron hechos a partir de una investigación en un hospital, entre un grupo de niños con enfermedades graves más no virales, y otro de niños con tuberculosis. Con el primero, las enfermeras tuvieron sólo los cuidados necesarios y se permitieron visitas esporádicas de los padres; sin embargo, en el otro grupo no se permitían las visitas, pero las enfermeras les brindaron más atención y cuidados. Después de meses, observaron que, al reencuentro de los niños del primer grupo con sus madres, estos se presentaron más emocionados y ansiosos que los del grupo de tuberculosis Concluyeron que lo importante en relación al apego no es el contacto físico, sino la atención y la exposición a estímulos diferentes al presentar necesidades emocionales.
Podríamos decir que la mejor forma de demostrar cariño es la proximidad emocional más no la física, ustedes se preguntarán ¿Cómo emocional? La edad en la que se da la máxima fijación por el cuidador principal son los siete meses, y a los ocho se presenta el máximo miedo a personas desconocidas, curiosamente se ha observado que los niños menores de dos años lloran o demuestran pena al separarse de su figura principal de apego más que cualquier otra persona, en cambio, a los cinco años, el niño se sentirá apenado por separarse de toda persona que sea de su agrado. Según Ainsworth et al (1978) podemos encontrar tres tipos de apego:

1. Apego seguro: Creado por una relación de respuesta inmediata a las necesidades emocionales y físicas del niño ( sueño, tristeza, dolor o frustración, etc.). Este tipo de apego le hará sentir al niño seguridad de explorar el mundo externo, ya que reconocerá que tiene un lugar al cual volver y se sentirá seguro de sí mismo y su cuidador.

2. Apego Inseguro – Evitativo: La relación en este tipo de apego es ajena a la unión, significa que el niño no tomará como base segura a su cuidador principal; podrá explorar, pero suelen ignorar la ayuda o atención de su cuidador. Ainsworth observó que tenían conductas similares a niños que habían tenido separaciones dolorosas.

3. Apego Inseguro – Ambivalente: Caracterizada por una preocupación del paradero del cuidador por parte del infante, lo que no deja que el niño disfrute de la experiencia de exploración. Asimismo, se presentan picos de emociones por parte del niño cuando el cuidador se aleja; cuando este vuelva encontrará una respuesta de irritabilidad, resistencia al contacto, al acercamiento, y las conductas de mantenimiento de contacto.
En los últimos dos casos, es probable que el niño perciba el mundo como un lugar peligroso; sentirá que no tiene un lugar seguro al cual volver
Garrido (2006) postula la importancia del apego en relación al control emocional y desarrollo de relaciones saludables, se piensa que un niño con apego seguro tendrá un mejor desarrollo en los dos puntos antes mencionados.
Respondiendo a la pregunta que nos llevó a dar este preludio, definitivamente no basta con un abrazo o un momento de cariño. Debe demostrarse la atención, interés, respeto y consideración hacia la persona en todo sentido, dando a entender que estamos presentes no solo física sino también emocionalmente.
Palabras clave: apego, atención, niño, desarrollo, confianza.
Bibliografía
Ainsworth, B., Blehar, M., Waters, E., Wall, S. (2015). Patterns of attachment: A psychological study of the strange situation. New York: Classic Editions.
Bretherton, I. (1992). The origins of attachment theory: John Bowlby and Mary Ainsworth.
Developmental psychology, 28(5), 759.
Delgado, A. O. (2004). Estado actual de la teoría del apego. Revista de psiquiatría y psicología del niño y del adolescente, 4(1), 65-81.
Garrido-Rojas, L. (2006). Apego, emoción y regulación emocional. Implicaciones para la salud. Revista Latinoamericana de Psicología, 38, 3.
Gratiot-Alphandery. H., Razzo, R. (1972). Tratado de psicología del niño. Madrid: Ediciones
Morata.
Jersild, A. (1978). Psicología del Niño. Buenos Aires: Editorial Universitaria de Buenos Aires.












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