Melissa Carolina Zea Vega

Psicóloga Clínica, mamá de 3 hij@s, esposa y mujer . Apasionada por la psicología , con 10 años de experiencia en la atención y consejería. Creadora de la página de Facebook y canal de YouTube "Diario de mamá psicóloga"

Las psicólogas también lloran

Gran parte de los pacientes que acuden a pedir ayuda psicológica tienen como expectativa “no estar tristes”, y muchos al verme sentada como toda una profesional tendrán pensamientos reflejados en frases como “seguro su vida es perfecta”, “debe saber manejar sus emociones”, “mi psicóloga nunca está triste”, etc.  Y aquí vengo a responderles desde una línea horizontal que no, yo también lloro, tengo días en que siento que la tristeza me invade y me inhabilita, y que muchas veces me encierro en mi baño, me meto una lloradita intensa y luego veo las cosas con mayor luz.

“Ya no llores”, “no estés triste”, “pero tú eres fuerte”, “hay que salir para que se te pase”. Seguro que, a lo largo de la vida, nos han dicho estas mismas frases montones de veces, y nosotros se las hemos dicho a otros. Vivimos en una cultura de idealizar el bienestar que aborrece todo lo que no sea la felicidad y el placer inmediato, y que, incluso, ha terminado por llamar negativas a todas las emociones donde no se experimente dicho placer. Es más, no solo rechazamos nuestro propio dolor, sino que nos aterra y nos incomoda verlo en los demás, de ahí el recurrir a frases rápidas y aprendidas de memoria como las de arriba. Necesitamos que el otro deje de llorar porque no nos gusta el sufrimiento de ningún tipo, ni siquiera el empático —aunque no sea propio—, y casi sin pensarlo, como un resorte, le decimos que él puede con eso y con más. No podemos juzgar a las personas que nos han visto tristes por no saber lidiar con nuestra tristeza, lo más probable es que tampoco ellos sepan manejar la suya.

Los medios nos bombardean con las sensaciones placenteras, hemos de ser atractivos, exitosos, amados, divertidos, alegres y «siempre felices»; pero ser feliz eternamente es sencillamente imposible para una persona, y tratar de lograrlo constantemente, agotador. No es posible sentir felicidad siempre, de la misma manera en que no es posible sentir permanentemente una misma emoción, por ejemplo, el asco; porque la maravillosa complejidad del ser humano radica en nuestro cambio constante de emociones, no en seleccionar una y experimentarla sin descanso.

Como dato curioso y trágico de la influencia de los medios, hay aldeas en África donde los padres de familia se gastan el poco dinero que tienen en comprar Coca Cola a sus hijos, para que crezcan alegres y vitales como los niños de los anuncios; y aunque esto solo les traiga desnutrición y perder dientes, siguen comprándola para lograr lo prometido. Hay personas que combaten su sufrimiento comprando artículos cuyos anuncios muestran gente feliz, y personas que solo adquieren productos en los que hay escritas frases positivas para no permitirse que decaiga el ánimo.

¿Pero la tristeza tan mala es?

Ciertamente, ni es buena ni es mala; como toda emoción, cumple una función necesaria. La tristeza reduce la actividad, a la vez que disminuye la atención en el mundo externo para focalizarla en el mundo interno. Esto favorece el auto-diálogo, la reflexión y el análisis, necesarios tras una pérdida o fracaso. Además, esta paralización facilita la restauración de energía después de épocas de mucho desgaste. Otra de sus funciones es procurarnos la ayuda de los demás, ya que despierta la cercanía y la atención de los otros, o el apaciguamiento de las reacciones de agresión, que se reducen al ver a la persona triste.

¿Y por qué es tan importante conocerla? Porque, así como cuando otras personas no saben lidiar con su tristeza (o con cualquier emoción desagradable) y terminan por decirnos cosas que no nos gustan o no nos funcionan, pues, si tu no la sabes manejar, evidentemente, tampoco vas a poder acompañar a otros de una forma adecuada.

Hemos pasado, de generación en generación, formas de llevarla que no nos fueron funcionales; todo lo que sabíamos antes está resultando obsoleto para la forma en que vivimos la tristeza hoy en día. No solo tenemos la responsabilidad de crear nuevos recursos emocionales para las nuevas generaciones, para llevarla mejor, sino que nosotros mismos también los necesitamos. Desde que somos pequeños nos invalidan esa emoción, cada vez que nos pasa algo se nos dice “no pasa nada”, o el clásico “los niños buenos no lloran”. Igualmente, ocurre cuando vamos creciendo y enfrentándonos a distintos grados de tristeza, como un suspenso, el primer corazón roto en la adolescencia, perder al abuelo… A menudo tratamos de demostrarles que la vida sigue igual, que el dolor no nos va a parar, y es también con nuestro propio ejemplo, como de nuevo aprenden a invalidar esta emoción. Cuando sean mayores, muchos se unirán al club de los adultos con problemas depresivos que no se explican cómo pueden ser tan débiles, si lo tienen «todo».

¿Qué debo hacer entonces?

Lo primero que tenemos que hacer es dejar de ver a la tristeza como algo malo, si la pasas mal cuando te sientes triste, es porque no sabes atravesar esa emoción de la forma adecuada;  no quiero que se malinterprete y que, cuando tenga algún bajón emocional diga: “ay que lindo la paso cuando me pongo triste”, sino que no sea muy incómodo, porque no está bien estar peleados con ninguna emoción, todo eso puede solucionarse cuando aprendemos a conocernos en ese estado; como cuando tienes que hacer cola en el banco y sabes que va ser aburrido, entonces llevas tus audífonos con tu playlist favorita para que se haga mas llevadero. De igual forma, tenemos que hacerle frente a la tristeza, y si no te gusta sentirla, pues te tengo una mala noticia: la vas a sentir toda la vida en distintos momentos, no para siempre ni para toda la vida, pero la tristeza es nuestra fiel amiga. Entonces evadirla o ponerle un curita a la herida no va a evitar que te desangres, y llevarte mal con ella es una crónica de muerte anunciada porque significa que cada vez que la sientas va a ser una pesadilla.

En segundo lugar, debemos empezar a crear recursos emocionales, ¿y qué son? Los recursos emocionales son las habilidades que tenemos para poder enfrentar y sobrellevar emociones incómodas. Se dice que las grandes obras maestras, como los poemas de Pablo Neruda, las canciones de Romeo, las pintura de Van Gogh, y los grandes eventos de la vida, tienen cómo esencia la tristeza, todas parten de ahí. Escribir, dibujar, y contar lo que se siente pueden ser herramientas para empezar a manejarla. Así como cuando hacemos catarsis con otras personas, encontramos refugio y consuelo en sus palabras; en nosotros mismos, deberíamos encontrar un hogar seguro, como un castillo con todos los lujos para poder atravesar tranquilos esta emoción. Y está bien si cuando estas cruzándote con ella, te quieres quedar metido en tu habitación sin hablar con nadie, si quieres llorar un día entero escuchando esas canciones que traen recuerdos o abren heridas, o si quieres salir de fiesta todos los días, mientras sepas lo que funciona para ti.

Ello debe ser seguido por la búsqueda de referentes. Alguien alguna vez ya se sintió como tú, probablemente ya lo sobrellevaron antes que tú de formas que puedan funcionarte. Por eso, cuando viene a visitarte la tristeza, es bueno que puedas apoyarte en otras personas, en libros, o canciones. Infórmate, busca las cosas que te daban felicidad antes de este encuentro y hagamos el esfuerzo de retomarlas, conócete en la tristeza, puede que sea una herramienta con la cual podamos enseñar a las otras personas a transitar por esta emoción en paz. Para finalizar este artículo, quiero dejarte algunas ideas útiles para acompañar a alguien cuando se siente afligido:

  • Preguntemos, ¿qué puedo hacer por ti? A veces no sabemos cómo ayudar y está bien no saber, es mucho mejor que le demos espacio a esa persona y que nos comunique cómo ser de ayuda.
  • ¿Quieres estar sola o quieres compañía? Si nos responde que quiere estar sola, hay que respetar su decisión, dándole la seguridad de que estaremos ahí ante cualquier mensaje o llamada. Si indica querer compañía, podemos preguntarle si quiere hablar de lo que está pasando o si necesita que le ayudemos a distraerse.

Recuerda no preocuparte tanto por lo que vas a decir o por brindar las soluciones para aliviar el malestar; presta más atención en escuchar; en estar presente; pregunta; ofrece ayuda y compañía; y eso va ser suficiente. Tenemos la inclinación a sentirnos con cierta responsabilidad de arreglar a la otra persona como si el estar triste fuera algo como estar enfermo o descompuesto, y no es así, es mucho más significativo acompañar. Así como hemos aprendido que es importante sentir la tristeza y no evadirla; es de igual importancia para los demás que se permitan experimentarla de forma segura, sin juicios, ni apuro. Si podemos aprender algo de la tristeza, me gustaría decir que es una herramienta; a mí me ha servido muchas veces para crear, replantear mi vida, amarme un poco más. Cuando tocas fondo sé que es doloroso y se siente interminable, pero eres consciente de que no puedes ir mas abajo y que en algún momento vamos a tener que subir; entonces no le tengamos miedo a la tristeza y aprendamos a pedir ayuda cuando sabemos que ya no podemos por nuestra propia cuenta; es más fácil transitarla con una red de apoyo.

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