Podríamos decir que somos como somos debido a lo que hemos vivido, desde que nacemos estamos expuestos a situaciones que influirán poco o mucho en nuestra forma de ser. De bebés no tenemos consciencia del mundo y somos completamente dependientes de otros para sobrevivir tanto física como emocionalmente; pasarán muchos años hasta que podamos desarrollar la cualidad que nos hará quienes somos: la conciencia.
Nuestra conciencia nos permitirá elegir cómo pensar, qué decir, cómo comportarnos y qué tipo de decisiones tomar para construir nuestro propio camino en la vida. Antes de nacer tenemos una unión y conexión profunda con nuestra madre, sin embargo, en el nacimiento se produce el primer gran trauma de nuestras vidas: la separación de esa unión y conexión que nos deja a merced del gran y peligroso mundo; de pronto, al encontrarnos solos, con frío, hambre y necesidad de seguridad y protección, empezamos a sentir una perpetua sed de cariño, ternura y amor (Vilaseca, 2013).


Según Vilaseca (2013), cada herida que sufrimos se cura con el tiempo, sin embargo, el trauma del nacimiento es tan cruel que nos deja una marca de por vida -informalmente conocida como ombligo-, esta permanece en nuestro cuerpo hasta la muerte, recordándonos aquello que necesitábamos para el vínculo esencial que en su tiempo todos experimentamos.
Si bien Sigmund Freud y Aristóteles han hablado sobre lo consciente e inconsciente del ser, cada uno con diferentes teorías y argumentos, ambos concuerdan con que hay una parte en lo profundo de nosotros que nos hace ser quienes realmente somos y otra, más superficial, que mostramos ante el mundo. La esencia es el lugar donde se encuentra nuestra verdadera naturaleza, es una conexión intensa con lo que realmente somos. Según la Real Academia Española (RAE), la esencia es: “Aquello que constituye la naturaleza de las cosas, lo permanente e invariable de ellas”. La esencia está relacionada al arte de ser y estar, cuando empezamos a vivir de dentro hacia afuera. Y por más que todo a nuestro alrededor siga igual, si nosotros cambiamos, de pronto todo empezará a cambiar.

Vilaseca (2019) señala que la oposición de la esencia es el ego, siendo este un instinto de supervivencia emocional, el ego nos hace construir un personaje con el que interactuamos en sociedad, este surge al victimizarnos, al culpar a los demás por lo que nos sucede, cuando tomamos las cosas que nos pasan o los comentarios de los demás como una ofensa personal, o al dejarnos llevar por lo que dicen los demás acerca de nosotros. Aunque nos identifiquemos con él, no somos nuestro ego, es una creación individual, tintada con pensamientos y creencias. Con el paso del tiempo solemos sentirnos guiados, no por nosotros, sino por nuestras reacciones emocionales, en consecuencia, nos volvemos esclavos de nuestras circunstancias.

Nuestro ego nunca tiene suficiente, siempre quiere más. Sin embargo, gracias al sufrimiento que nos provoca nuestro ego, cuestionamos el sistema de creencias que nos mantiene mimetizados a él. Y es allí cuando empezamos un camino de aprendizaje para reconectar nuevamente con nuestra verdadera esencia.
A raíz de todo esto, podríamos decir que la esencia es lo que somos realmente, y el ego, lo que aparentamos ser. La primera permanece, aunque oculta la mayoría parte del tiempo y la segunda está regida por las diferentes vivencias, contextos y culturas a las que estamos expuestos.

Referencias
Vilaseca, B. (2019). Encantado de conocerme. Editorial: S.A.U. Barcelona.
Freud, S. (1923). El yo y el ello. España: AMORRORTU.
Perez Arenzana, M. T. (2016). La esencia aristotélica, sus implicaciones y aplicaciones a la realidad natural. Universidad de Málaga.
Real Academia Española (2014). Diccionario de la lengua española (23a ed.).






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