Maria Alejandra Muñoz Muñoz

Directora Consultora Warayana Psicóloga Clínica

Síndrome de indefensión aprendida

En los años setenta Martin Seligman, reconocido psicólogo, efectuó un proceso de análisis sobre un fenómeno en el que veía reincidir a sus pacientes, al cual más adelante denominó como: “El síndrome de la indefensión aprendida”.

Inicialmente, Seligman junto a Overmier (1964), efectuaron diversos experimentos de laboratorio con animales (Aprendizaje clásico, aprendizaje operante), identificando este síndrome primeramente en ellos. Posteriormente, correlacionó principios que aplicaban también a las personas.

Básicamente, la indefensión aprendida, nos lleva a suponer que somos incapaces de cambiar una situación que causa dolor, en cualquiera de sus modalidades.

Todo esto tiene un trasfondo centrado en las experiencias aversivas previas que fueron incontrolables e inevitables por las personas; lo que generó que desarrollaran un autoconcepto negativo, en donde creyeron que no existía posibilidad alguna de defenderse, ni de liberarse.

Del mismo modo, al no haber logrado encontrar una solución a los problemas vivenciados. Al haberse «rendido», no encuentran bases de experiencias positivas que los lleven a confiar en sí mismos, contradiciendo esta primera creencia.

La indefensión aprendida es una celda invisible que nosotros mismos hemos construido, en donde cada uno de los barrotes han sido colocados por las atribuciones negativas de los demás mediante actos de manipulación, coacción, etc. Hechos que al ser sostenibles en el tiempo generaron la creencia de no poder liberarse de dicha situación o problema. Aun cuando quizá, al inicio se intentó nadar a contracorriente.

La indefensión aprendida es un fenómeno psicológico que puede afectar cognitiva, afectiva y conductualmente.

Cambia nuestro pensamiento, nuestra percepción, el modo de ver el mundo e incluso a nosotros mismos. Nos convertimos en las marionetas de nadie.

La percepción de indefensión, puede llegar a generalizarse hacia otros aspectos de vida, aunque no estuviesen relacionados al hecho por el cual se sufre.

La sensación de perder el control sobre la propia vida, en una forma desmedida, inhibe a la persona, la hace tener un rol de pasividad inducida, tal como si fuera un mero espectador, de la que se supone, es su vida.

Durante el proceso del desarrollo de la indefensión aprendida, hay una lucha entre el «querer hacer», y la negativa percepción con el «poder hacer». Esto resuena como una de las más grandes disonancias de la vida, y genera que la persona tenga una grave dificultad para aprender, y por ende, para reaprender.

Entrar en este síndrome, es tan destructivo, como estar en medio de un tornado, y el salir, también denota las claras secuelas, en donde una de las principales, vuelve a ser la «culpa» de no haber logrado «salir a tiempo».

Un aliado de este síndrome, son los pensamientos rumiantes, los cuales son abruptos, constantes, son ecos mentales de mensajes que refuerzan la creencia de no ser lo suficientemente capaces de tener una vida digna, ni merecedores de la misma.

Es como que, tantas veces les dijeron que no podían, que las palabras se tatuaron en el lóbulo frontal.

Mientras no se quiten la «venda de los ojos», para observar dentro de los nuevos paisajes, los tantos caminos que se empiezan a abrir.

Para identificar este síndrome, es necesario tener en cuenta la interpretación que cada persona le otorga a la falta de relación entre la respuesta emitida y la consecuencia obtenida.

Con este síndrome, el estado psicológico se coloca en riesgo, ya que al percibir que no hay escapatoria, uno se termina por conformar.

Se pueden pasar años, en una misma situación, como por ejemplo, la violencia doméstica. En donde, se requiere un tratamiento psicológico constante, para que llegue el despertar, la motivación y el accionar.

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