«La amiguita esa»: La culpa como persona.

Acto I: El encuentro.

Cinco de la tarde en punto y estoy esperando cabizbaja a que mi cita llegue, generalmente, sus llamados son espontáneos y me sacan de más de un momento ameno. Ella es así, no puedo controlarla, no se cómo podría hacerlo, siempre me ha acompañado, así que supongo que es tarde para decirle que sus «formas y manías» me asfixian un poco; inclusive, me parece la más toxica de mis amistades.

Nuestros encuentros suelen ser así, desesperantes, intensos y llenos de murmuraciones, es como si ella entrara en mi cabeza e hiciera y deshiciera mi vida y experiencias, y luego, como si nada, se va, me hace ghosting y ni se preocupa en indagar si quedé bien con nuestro encuentro. A veces, tan solo quisiera que se preocupara un poco, y no me señalara ni juzgara. Me deja deshecha; y, todavía con eso, apenas siento su presencia, ya salgo corriendo y detengo el mundo para venir a su encuentro.

No la veo llegar bamboleándose con su sonrisa de victoria que sabe que lo logró otra vez, pero su esencia de lo que ella representa ya me inquieta, es como un dolor de cabeza ligero que, sí no le prestas atención se va, y si piensas en ello, o algo te lo recuerda, viene como un rayo, fiero y altanero. Pero, además, debo mencionar lo del estómago, en otros amigos en común, me he enterado que les provoca un hambre voraz y luego un episodio diarreico terrible, mientras que a otros amigos simplemente les quita la ilusión de consentirse, hacerse algo rico y saludable, prefiriendo entonces agazaparse y enrollarse en su madriguera como si de un conejo miedoso se tratara, llegando a extremos de pasar días enteros sin bocado o, solamente, con los necesarios para no marearse y funcionar.

Ya la veo llegar, estacionándose donde todo el mundo pueda notarla y verla en su esplendor, le gusta hacerse notar, cuando ella llega todos deben saber que me frecuento con la culpa, no hay manera de doblar la esquina y desviarme, siempre me consigue. Nuestra agitada conversación de minutos, que se siente como una eternidad inicia así:

—Te veo bastante tranquila. Me enteré de esas reprogramaciones con tu familia, no lo entiendo, tenías tiempo ¿Por qué no aceptaste?

—Bueno, es que yo me sentía…

—Si, tú y tus excusas, es que tu pretendes resolver el problema del universo ignorando a todos, las cosas no son así, te conozco, tú no eres así. Además, esas nuevas actitudes tuyas de querer desprestigiar y no aceptar lo que la gente hace por ti. ¡Aprende a valorar lo que otros te dan!

—Precisamente, he cambiado y pienso que…

—Mira, de verdad que cansas, te quedarás sola de seguir así, tu madre siempre espera que la llames, que le invites cosas, ni que decir de tu padre quien te adora y extraña. Hasta tu adorado hermano, al que dices que extrañas y te importa, siempre huyes, ¿no te da vergüenza tanto desdén?

—Tengo mis razones y estas son…

—¿Sabes qué? Déjalo así, eres una traidora, tu círculo familiar está mejor sin ti y tus cargas. No entiendo como puedes dejar desbancada a la gente, pensar en ti a estas alturas con la supuesta idea de querer «trascender» me resulta una tontería ¿Quién te crees que eres para decirle a la gente tus opiniones e ideas y hacer lo contrario? Te desconozco, tu siempre estabas para todos, conoces lo bonito de esa sensación, no entiendo porqué la dejas de lado. En fin, quédate allí, con tus ideas extrañas, pero eso sí, espero que pienses en lo que te dije.

Acto II: La agitación en casa

Ella se ha marchado y fue una bomba lo que dejó en mi. Me molesta mi mascota, detesto la ropa que cargo, ¿qué estoy haciendo con mi vida?, definitivamente no debí besar a ese chico en esa reunión, ¿en qué estaba pensando? Definitivamente soy un desastre, ella tiene razón.

A veces, pensar en mi me aísla, ¿o estaré haciendo lo correcto? Quizás aquella vez que no contesté la llamada de mi exjefa, aún hoy tendría una puerta abierta, pese a ya no querer trabajar allí, ¿habré hecho lo correcto? No tiene sentido que en este momento me esté reformulando todos los reproches que Culpa me ha dicho en toda mi vida. Necesito que mi cerebro se apagué, dormiré. No me importa tener los dientes sucios, el estómago vacío y la ropa de la calle, solo quiero olvidar.

Acto III: Aceptación y búsqueda de terapia.

Me cansé, ya no soporto estos vaivenes ni ser tratada como una muñeca que debe obedecer a todos, sin embargo, cuando intento zafarme, algo ocurre y vuelvo a entrar en el bucle de castigo, como si mereciera no comer porque expresé lo que pensaba. Necesito ayuda.

Acto IV: En el consultorio. Entendiendo a la «amiga»

—Ella, más que una amiga es un quiste, es una acumulación que se ha formado a partir de los comentarios de otros. De hecho, es muy valiente de tu parte que la hayas reconocido, y sobre todo, aceptado que se trata de un problema en tu vida, muchas personas la toman como su filosofía para seguir con vida, engañándose, pensando que una vida bajo sus lineamientos involucra cero dolor, y es falso. La complacencia desmedida, el servilismo oportuno y siempre disponible agota, y es una fachada terrible que anuncia que, interiormente, estamos tan deshechos que preferimos encargarnos de otros antes que de nosotros mismos. ¿Te suena familiar?

—¿Cómo que otros la han conformado en mi?

—Definitivamente, la culpa no es un sentimiento que surja de primera mano en nosotros, se constituye cuando socialmente creamos normas y formas de proceder, es decir, lo que para nuestro entorno y contexto es normal como bailar merengue bien apretado y juntando las manos, en otros países puede considerarse inapropiado o solo reservado para parejas. ¿lo ves? Las normas son relativas, pero, cuando se inculcan en nosotros, es difícil reconocerlas como tal, creemos que son parte nuestra, y no, no es así.

—Entiendo, en mi caso, siempre fui la niña idónea que podía cumplir con todo. Nunca pensaba en mí y cuando lo hacía, lo posponía, lo excusaba, simplemente me desdibujé para dibujar una sonrisa en otros.

—La culpa nos lleva a eso, es como dos instancias donde una está juzgando con soberbia y altanería a la contraparte que está mísera y llena de amargura. En tal caso, estas dividida en dos, un juez que te corroe y un preso que clama por su libertad y decisiones. ¿Te resulta familiar?

—¡Eso! Justamente así estoy, no puedo dejar de sentir que tengo que defenderme de mí misma. Tengo muchos pensamientos en mi contra que me dicen que no puedo comprarme nada, que no merezco si quiera un halago, que no puedo salir y hacer mis actividades porque vengo yo en mi mente a gritarme que estas cosas no son para mí, por razones externas o internas. «No salgas a la calle porque si te pasa algo, tú te lo buscaste», «no hables con esos hombres porque tú sabes lo que buscan y sí ocurre algo tú eres la culpable», «no gastes en ropa, tú familia necesita cosas y tu pensando en tonterías»… Es una historia de nunca acabar.

—¿Qué pasaría sí a esta disputa de dos, incluimos un tercero?

—Buen punto, supongo que traería el equilibrio. Sí somos dos, no hay punto de inflexión, pero, el tercero traería el desempate, ¿no es así?

—Exactamente, incluiríamos la culpa que sana a esto, lo podemos llamar Responsabilidad. ¿Qué es para ti la responsabilidad?

Acto V: Poniéndote a prueba

—Ha pasado mucho tiempo. Qué gusto verte de nuevo en sesión. ¿Qué tal tu semana?

—Ha sido un revoltijo total. Me he sentido triste y desanimada, pero, al mismo tiempo, con la esperanza de que las cosas han estado yendo por el cauce que siempre anhelé. Mi amiga, ya sabes cuál, me llamó. Resulta que se enteró que planeo salir de mi trabajo actual. Como siempre, nos citamos y ella llegó bamboleante, altanera y máxima. Y recordé que la responsabilidad es el poder asumir lo que está en mis manos y en mi capacidad de resolución. La situación fue así:

—¿Qué tal? He visto que has salido con otra amiga, «la psicóloga» la llamas. ¿Acaso te ayudará?, estas perdiendo la plata. Aquí lo que funciona es contrariarte de la serie de sandeces que estas cometiendo. No estás aprovechando…

—No te dejaré hablar, lo que hago ahora, lo que hice y lo que haré, está con base a mi bienestar y no el de otros, primero estoy yo y las consecuencias, no la que los demás determinen.

—¿Ah? ¿Cómo te atreves a decir que los demás no tienen necesidades y opiniones? Yo creo que…

—Aburres, los demás pueden hacer de su vida un teatro, yo haré de la mía una obra de arte, con tantas tonalidades que me atreveré por fin a perderme entre ellas y asumir lo consecuente. Responsabilizarme y no victimizarme, o culparme, es el mejor regalo que puedo darme y puedo ofrecer. Adiós, si te veo de nuevo, créeme que será una charla como está, racional, equilibrada, sin disculpas por actos que no cometí o de los que no soy responsable, pero, por sobre todo, con base central en mí. ¿Culpa, te quedas o te vas?

Elaborar la propia historia de vida: Un ejercicio que sana

¿Quién no conoce su vida? 

Todos en algún momento hemos narrado y compartido con alguien nuestros orígenes y relatos de experiencias malas o buenas, valorizando cada hecho a partir de una emoción que puede ser gratificante y placentera, o por el contrario, dolorosa y amarga. Nuestras experiencias pueden ser momentos que nos dejen huellas o heridas que nos perturbarán a lo largo de la vida.

Epícteto, filósofo griego, dijo: “Lo que nos perturba no son los hechos, sino lo que pensamos sobre ellos”. Es a través de nuestros propios constructos y registros como vamos elaborando nuestra historia. Establecemos significados diversos para variedad de hechos como: familia, amor, amistad, trabajo, matrimonio, religión, fe, entre muchos otros. 

Empezar a elaborar un relato de la propia vida en función a recuerdos no es algo fácil, hay que trabajar en ello, pues sólo evocarlo puede despertar miedos y angustias que, incluso pudieron haber sido borradas de la memoria justamente por ser muy perturbadoras. De ahí el trauma o herida que interferirá negativamente a lo largo de la propia vida.

Carrera de Psicología | Pregrado UPC

El hacer terapia psicológica, posibilita a la persona a transitar por sus historias acompañada, en un ambiente que brinde respeto, contención y seguridad; revalorizando y reelaborando estos constructos dolorosos de tal forma que le devuelva una visión distinta de ésta. En donde, además, descubra que hubieron ganancias, ganancias que de otra forma no se hubieran logrado. 

Otro beneficio de elaborar nuestra propia historia en terapia, es el descubrir cómo nos construimos en ella. Al escucharnos, evidenciamos relatos donde, por ejemplo, sentimos que somos merecedores de afecto, que nuestros actos y sentimientos pierden valor frente a algún hecho en sí, o de cuánto podemos percibirnos como dueños de lo que hacemos y sentimos, etc. 

Es el psicoterapeuta, preparado para escuchar y acompañar a la persona en su relato, ayudarla a descubrir que existen, por ejemplo, partes del relato sin contenido, partes fragmentadas, partes poco comprensibles, partes olvidadas, partes dolorosas, partes silenciadas que alimentan la culpa, y vacíos difíciles de ser llenados, etc. El lograr reelaborar todo este bagaje de información, permitirá unir a todas estas partes en una continuidad de historia que la integra y sana. 

Elaborar una historia de vida, se entiende como una mirada sobre los hechos, con un enorme potencial para revestirla y con la posibilidad de darle un sentido de identidad propio e integrado. En donde la ganancia está en que la persona surge y sale de ese capullo convertido en mariposa para elevar sus alas y darle color y belleza a su propia existencia y a la vida en sí.

Referencias

  • Albornoz Carrillo, Andrés, & Mardones Ibacache, Rodrigo (2014). UNA REFLEXIÓN SOBRE LA TERAPIA NARRATIVA EN CONTEXTO DE FORMACIÓN Y APLICACIÓN. Ajayu. Órgano de Difusión Científica del Departamento de Psicología de la Universidad Católica Boliviana «San Pablo», 12(1),100-119.[fecha de Consulta 14 de Septiembre de 2022]. ISSN: https://www.redalyc.org/articulo.oa?id=461545457006
  • Jiménez Morago, J.; Martínez Cabeza, R..; Mata Fernández, E. (2010) Guía para trabajar la historia de vida con niños y niñas. Sevilla: Consejería para la Igualdad y Bienestar social. Junta de Andalucía.
  • Raquel, L. R. (29 de junio de 2022). lamenteesmaravillosa.com. https://lamenteesmaravillosa.com/5-frases-de-epicteto-para-dejar-de-sufrir/