La obra de Hermann Hesse tiene un profundo entendimiento del ser humano. Y como se podría inferir, el factor psicológico se hace presente en las ideas que plasmó en el papel. Entre ellas tiene unas reflexiones acerca de la Navidad.

A Hesse le tocó vivir cuatro Navidades dentro de la I Guerra Mundial, en la que se ocupó de atender caritativamente a los prisioneros de guerra. Pensó que para ellos, la Navidad sería una «fiesta de la nostalgia, la fiesta del recuerdo de las cosas perdidas: El hogar, la infancia, la paz, y la dicha que de la paz nace» (2007, p. 134). De igual modo, los prisioneros en campo enemigo y toda las víctimas de la Guerra anhelarían con todo su corazón la «paz en la tierra» que el evangelio de la natividad anuncia (Hesse, 2007, p.134).
Por supuesto, no hace falta ser una víctima de tan terrible categoría, sentirse afligido, triste, melancólico o simplemente con un bajón emocional. La naturaleza humana está siempre insatisfecha, pero, estar insatisfecho no significa que se menosprecie lo que está presente. Una inquietud honesta que se identifique con un deseo —o nostalgia— de infinito o de bondad, es totalmente legítima.

A veces, el descontento se puede acentuar más en épocas navideñas, ¿pero, por qué? Quizá sea debido a que muchos olvidan o descuidan el auténtico significado de la Navidad, que es, por supuesto, el nacimiento de Cristo y todo lo que implica. Pero esto no significa que la felicidad de la Navidad tenga un acceso restringido solo para los creyentes. En tanto una persona tenga apertura al amor y a los demás, es suficiente para que sea bienvenida a este día del año que suele opacarse debido a los problemas de los otros 364.
Debemos tener siempre presente que, si queremos estar alegres (o mejor aún, felices), tenemos que saber el porqué de esa alegría (o felicidad). Cuando uno no sabe por qué intenta o pretende estar alegre, ese estado puede flaquear, y desvanecerse sin ofrecer mayor resistencia. Ojalá que los creyentes, siempre recordemos que la Navidad se trata de Cristo venido al mundo para redimirlo, que allí esté nuestro consuelo y esperanza. Y que los que tengan otras creencias o descreencias, recuerden que el amor al prójimo basta para sobreponerse —o empezar a sobreponerse— a cualquier cosa. Hesse (2007, p. 134) nos dice que la Navidad es el momento que nos une en el deseo universal de redención, y aunque esta pueda ser distinta en las personas, el pensamiento de redención por el amor es una posibilidad que vive en todo corazón humano. Asimismo, nos advierte que la Navidad no es solo un consuelo, tampoco es solamente añoro o agradecimiento de lo que hemos vivido; la Navidad es también un esfuerzo por despertar o fortalecer la buena voluntad.
Hesse nos menciona que, tener buena voluntad es tener compromiso, seguir la voz de nuestra conciencia, y despertar lo mejor y más vivo de nosotros mismos. Solo así podremos ver el valor y simbolismo de las luces, las campanas, las canciones y los regalos de la Navidad (2007, p. 135). Como puede apreciar, ninguna persona queda excluida de esta posibilidad. Sea cual sea la manera de cómo uno ve la vida. Independientemente de nuestros estados emocionales, siempre se puede obrar con buena voluntad y ello puede llevarnos a una auténtica felicidad.
Que esa atención de conciencia, esa honestidad, y compromiso, acompañe y guíe a los buenos deseos y a las buenas intenciones. Los buenos deseos a veces no llegan a ningún lado por no ponerse en marcha, y las buenas intenciones pueden tener resultados contraproducentes; la buena voluntad, junto con el amor, están para prevenir esos riesgos.

Coda
Y ya que líneas más arriba Hesse mencionó a los regalos, él también nos sugiere cómo reaccionar ante ellos. Primero, que apreciemos no solo al regalo en sí mismo, sino al esfuerzo hecho para que pueda ser entregado; imaginemos la historia que pudo estar detrás del mismo; hagamos que, gracias a este, podamos evocar a una persona, lugar o momento del pasado. Por último, esforzarse en hacerlo con cualquier tipo de regalo, ya sea un dibujo hecho por un niño, un libro, un ramo de flores, o una carta, ejemplos que el autor puso sobre la mesa (2007, pp. 388, 391, 392). ¿Verdad que son regalos excelentes? Pero claro, todo lo obsequiado con buena voluntad también lo será.
¡Feliz Navidad!
Referencia: Hesse, H. (2007). Pequeñas alegrías. Madrid: Alianza editorial.





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