Hola, me presento, soy Brenda y además soy psicóloga, hace unas semanas me he quedado a cuadros pensando en lo que me ha dicho mi psicóloga (sí, a nosotros también nos toca ir a terapia) y ha sido algo muy simple pero tajante: Brenda, que no tienes amor propio, lo que haces y cómo te sientes después no tiene otro camino que el de despreciarte.

Muy fuerte, y si te sientes mal imagínate cómo me sentí yo. Iniciando además por la parte donde yo he estudiado un montón y resulta que eso, que yo también se lo he llegado a decir a otros, también lo tengo yo.
Un poco de historia, para desempolvar lo que no parece tan evidente ahora. El inicio es muy clásico, una niña en un entorno de clase media baja que lucha constantemente porque la vean, la aprecien y, sobre todo, le digan lo que vale. A eso, le sumamos una adolescencia en un medio no muy seguro, acechado por la delincuencia y que, además, el hecho de estudiar y destacar es visto como una excusa para que te apedreen. En líneas generales, la búsqueda de un soplo de aprobación, de conseguir mi camino y mi rumbo se transformó en un pozo de los deseos concedidos, algo así como una lámpara mágica que cada que alguien la frotara (bueno, a mi nadie se me acercaba ni con un palo) se le concedía un deseo.
De este modo, me adapté a vivir dando, ofreciendo, proponiendo y ejecutando, por supuesto que sí, para todos, pero no para mí.

– ¿Dónde está Brenda? –
– En el coro, ensayando.
– No, que está en dirección aprendiendo a declamar para el festival.
-Para nada, está en la biblioteca preparando el periódico mural…
Y así, yo estaba metida en cuanta cosa se atravesara. Sí en casa no había reconocimiento, el profesor de lentes y mirada lasciva de seguro que sí aprovecharía mis talentos (gracias al cielo, nunca de manera sexual, al menos, no conmigo). De este modo llegamos a la adultez, la cual pinta a grandes rasgos así:
“Sí cobro demás por haberme quedado dos horas extras, estoy siendo terrible, mi jefe necesitaba que lo apoyara, no puedo ser una rata.
Pero ¿qué te pasa? ¡Calla! tonta, que no tienes jefes, que para algo en pandemia te independizaste y ya trabajas por tu cuenta ofreciendo tus servicios que para eso estudiaste y encima te especializaste.” (Brenda, diálogo mental en un día cualquiera, aplazando cobrar sus honorarios, 2017 en adelante) .
De esta manera, ridícula y lamentable te invito a reflexionar sí te ha pasado por la cabeza algo como esto:
- Creer que sí no das, no serás apreciada.
- Considerar que sí exiges una retribución justa entonces eres una mala persona, una rata.
- Pensar que, si das tu opinión genuina, la gente se irá.
- Preocuparte porque no encontrarás otro trabajo u otra persona que te quiera.
- Convencerte de que tu valor no es lo suficiente y por eso mereces cualquier cosa.
En mi trabajo, cosas como estas pasan debajo de la mesa, no se nota a menos que en procesos de terapia se descubran como hallazgo de un fósil en Tierra del Fuego. Aquí, algunas de las cosas que he aprendido:
- Mi trabajo, como el de muchos, tiene que ser minucioso y con mis conocimientos, soy capaz de ofrecerlo. Pero eso no significa que tenga que devaluarse por una situación personal, mis asuntos los resuelvo yo, no en el momento de trabajar.
- Ser realista, las personas que estarán dispuestas a aprovecharse consciente o inconscientemente, lo harán sin miramientos. Así que, levántate en armas y sincérate sobre cómo te sientas, el riesgo es: quedarse sin esa persona y sentirte mejor por no sentirte un martillo que usan y luego dejan echado en la caja de herramientas.
- Sobre el dinero, no vives del aire ni del sol. Las plantas ya lo tienen ganado y, aun así, como el mango o el cocotero se esfuerzan en ascender y obtener la mejor luz. Tú, haz lo propio. Manda ese mensaje educadamente, cobra y lanza el teléfono al sofá, lee un libro o ve una serie, olvídate de esa presión estomacal y asume lo que venga.
Por último, recuerda que sí temes sentirte mal… mal ya estás ahora, ¿qué puede ser peor? ¿Qué te paguen, feliciten, te den la razón? No todas las alternativas son negativas, solo eso. Y bueno, me voy que tengo deudas que saldar ¿y tú?






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